La Revolución Industrial

La transición al mundo contemporáneo

Imagen: cartel de la Exposición Universal de París de 1889. En las exposiciones universales del siglo XIX se mostraban los grandes progresos logrados por los países participantes en campos como la arquitectura, las comunicaciones, el transporte, la ciencia y la tecnología. Un reflejo de como estaba cambiando el mundo aceleradamente debido a la Revolución Industrial. Fuente.

Primera fase (1760-1860)

Los orígenes de la Revolución Industrial se sitúan en Gran Bretaña. Entre 1760 y 1810 el país experimentó un gran crecimiento de la población, que a su vez influyó en un gran desarrollo de la producción industrial que culminó con un gran aumento de la renta nacional. Durante ese periodo la producción manufacturera pasó a representar un porcentaje entre el 18% y el 30% del PIB británico, sobre todo de la industria textil.

La primera aparición del término fue en el ciclo de conferencias Sobre la Revolución Industrial en Inglaterra de Arnold Toynbee (1852-1883), publicado póstumamente en 1884. En la observación del fenómeno, Toynbee exponía que había producido un cambio profundo de la sociedad en un tiempo muy corto y extendiéndose por todo el mundo.

Hay cuatro características destacables de la primera fase de la Revolución Industrial:

  • Un ritmo de crecimiento de la producción industrial más rápido que el de la población.
  • La producción agrícola no creció tan rápidamente como la industrial y, por tanto,
  • No hubo una mejora de las condiciones de vida generales.
  • Se introdujeron nuevas máquinas, lo que aumentó la producción industrial.

La máquina de hilar algodón de Whitney, por ejemplo, de 1792 logró que se pasara de hilar 4’5 kg por persona al día a 23 Kg y posteriores innovaciones en los años siguientes lograron que se llegara a 136 Kg al día. En general se aplicaba y se difundía el conocimiento científico a la maquinaría productiva, lo que creaba un gran crecimiento de la producción que se destinaba al mercado exterior, rompiendo con el autoconsumo anterior y los mercados de carácter regional.

Los beneficios de las empresas aumentaron y junto a la masificación de trabajadores se llegó a una despersonalización de los negocios y a una multiplicación del número de industrias. Las empresas familiares dieron paso a las sociedades y a las acciones. Hubo paralelamente un incremento de la urbanización debido a las migraciones desde el campo, en 1840 Gran Bretaña poseía un 40% de población urbana, contra el 20% de media en el resto de Europa (actualmente en la Unión Europea es el 76%; Banco Mundial, 2019). Se produjo un uso extensivo e intensivo del capital, desplazando al trabajo manual. Se invertía en capital y no en la mano de obra. En consecuencia nuevas clases sociales surgieron durante la Revolución, unos trabajadores industriales empobrecidos y unos empresarios que se enriquecían.

La Revolución en Inglaterra se vio impulsada por una tradición textil propia del país junto a la presencia de carbón y de hierro en abundancia. Además también se benefició de un sistema financiero que permitía dotar de crédito a las incipientes industrias gracias a un gran sistema bancario. El mercado en el que se inscribía la economía británica era integral y de gran tamaño, lo que le permitía crecer enormemente. Por un lado extraía las primeras materias de las colonias y vendía las manufacturas en un mercado interior creciente y en el resto de Europa. Las nuevas maquinarias aumentaron la productividad agraria e hicieron que mucha mano de obra no fuese necesaria lo que provocó migraciones de mano de obra barata a las ciudades.

El crecimiento de la hilatura de algodón provocó a partir de 1830 un aumento en la producción de telares para transformarla en tejidos que a su vez estimuló la manufactura de ropa. Todas estas fases del proceso productivo se mecanizaron rápidamente y dominaron el sector textil: en 1772 el algodón representaba solamente el 4% de la producción textil, en 1799 ya era el 51% y en 1812 el 65%. El carbón, por su parte, ofrecía inicialmente dificultades en su combustión y transporte; por un lado se crearon canales para favorecer su llegada de la mina a la fábrica y por otro las máquinas de vapor se fueron optimizando (mejora del diseño de Newcomen por parte de Watt en 1769, por ejemplo) lo que permitía utilizar menos combustible. Las máquinas de vapor también se utilizaron para extraer carbón y hierro de las minas, lo que, juntamente a los canales, abarató en gran medida los costes de producción.

El nuevo proletariado inglés, por otra parte, se veía abocado al desarraigo social debido a la migración y las condiciones alienantes de la ciudad, además del desarraigo natural creado por a la tiranía del horario, Junto a jornadas laborales maratonianas de hasta 14 horas diarias.

Segunda fase (1860-1914)

En 1856 se firmó el Tratado de París que finalizaba la Guerra de Crimea y mantuvo la paz en Europa hasta 1914 creando el marco de la llamada Belle Époque. Solamente la breve Guerra Franco-Prusiana rompería ese periodo de paz, aunque ya desde la caída de Napoleón en 1815 Europa en general gozaba de amplia estabilidad.

Durante esta fase se consolidó una civilización mecanizada, todos los tramos de la producción, desde el campo y pasando por los transportes, usaban máquinas. Se produjeron descubrimientos científicos con aplicaciones reales, como los realizados por Robert Koch y Louis Pasteur, que mejoraron la salud pública. Charles Darwin publicó El Origen de las Especies en 1859 revolucionando la sociedad y la comunidad científica. Las ideas nuevas y las invenciones produjeron un optimismo científico que dio pie al nacimiento del Positivismo; había un renacimiento del conocimiento. Parecía que no existía límite a lo que la ciencia podía lograr para el uso cotidiano, por ejemplo:

  • Electricidad: iluminación, motores y refrigeración.
  • Transportes: locomotoras, navíos a vapor y automóviles.
  • Comunicaciones: telégrafo y teléfono.

El crecimiento urbanístico continuó en este periodo, la caída de la mortalidad hizo aumentar el crecimiento natural de la población en gran medida. Se produjeron grandes migraciones exteriores debido a que las mejoras en la productividad hicieron aumentar el desempleo y esto se combinó con un aumento de la población. Los salarios por otro lado también bajaron por el diferencial de oferta y demanda, si le añadimos el abaratamiento en el transporte marítimo la migración se convirtió en una salida muy atractiva a la pobreza.

A partir de 1870 muchos europeos emigraron hacia América en busca de oportunidades, y en menor medida a las colonias de sus países de origen. Los países con mayores inmigrantes fueron Gran Bretaña e Irlanda (mayoritariamente), Alemania, Italia, España, Portugal y Austria-Hungría. El país con mayor número de receptores fue en gran medida los Estados Unidos de América, seguido de lejos por Argentina, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Brasil.

El libre mercado surgido de las revoluciones liberales produjo una concentración de capitales en la forma de trusts, uniones de varias empresas del mismo sector para controlarlo y ejercer de forma efectiva un monopolio. A pesar de la creación de leyes para evitar los monopolios, las grandes empresas se organizaron en entramados de cooperación mutua que englobaban todas las actividades del mercado, desde las financieras, las energéticas, los transportes, las industriales, las extractivas o las siderúrgicas. De esta manera la influencia empresarial en el desarrollo político y económico del planeta se volvió enorme. Al no existir apenas regulaciones tampoco se podían controlar las crisis de sobreproducción y las burbujas especulativas produciéndose reiteradas catástrofes financieras como la del Viernes Negro de 1873.

En la parte baja de la pirámide social el empobrecimiento de los trabajadores era bastante patente. En 1880 se produjeron los primeros estudios serios sobre las condiciones de vida de los trabajadores, aunque ya habían empezado a mejorar su situación (débilmente) desde 1850 con la reducción paulatina de la jornada laboral, el aumento de los salarios de los trabajadores especializados y una dieta más adecuada. Estas mejoras no pudieron lograrse sin la organización de los trabajadores para ejercer presión a las empresas.

El ludismo fue una de las primeras resistencias obreras a lo que ellos veían como una amenaza para sus condiciones vitales: la mecanización. Su medida más problemática fue la destrucción de maquinaria, pero tuvieron escaso éxito. La intelectualidad del siglo XIX apoyaba las mejoras sociales y económicas de los trabajadores mediante las obras de Robert Owen, Charles Fourier, Pierre-Joseph Proudhon o Claude-Henri de Rouvroy, propulsores del Socialismo Utópico, que denunciaban los problemas sociales proponiendo soluciones ideales, pero poco realistas.

El movimiento obrero encontró, en cambio, en el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels de 1848 una visión más pragmática, que llevaría a la creación de la Primera Internacional en 1864. La Internacional era una organización de trabajadores de varios países que aglutinaba a comunistas (como Marx y Engels) y anarquistas (como Mijáil Bakunin y Piotr Kropotkin). Su objetivo era la defensa política de los trabajadores y la organización de líneas de acción para producir una revolución que acabara con las desigualdades sociales. Las diferencias tanto en el método como en los objetivos a corto plazo entre las distintas facciones produjeron su disolución en 1871.

En 1889 se fundó la Segunda Internacional que aglutinaba a partidos políticos socialistas y laboristas, de carácter más moderado que la anterior ya que no buscaba la revolución sino la mejora de la clase obrera a partir del sistema democrático liberal. Los anarquistas y los sindicatos fueron excluidos de esta nueva organización. Durante la I Guerra Mundial se disolvió debido al apoyo que dio cada partido a su país en lugar de oponerse al conflicto como un todo. También se produjo una revisión del modelo de lucha marxista bajo la tutela de Eduard Bernstein y Karl Kautsky. Estos autores criticaban varios aspectos clave del marxismo y defendían la consecución del socialismo mediante reformas graduales y no violentas.

Pero todo el optimismo de la Belle Époque se esfumó al empezar la I Guerra Mundial en 1914. La ciencia y la maquinaria pasaron de ser un progreso para la humanidad a convertirse en sus destructoras. Ametralladoras, gases, cañones y carros de combate segaron la vida de millones de jóvenes en el frente. De repente toda la gloria y la esperanza en el futuro se vieron abocadas a la oscuridad y el barro de la trinchera.

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