Las ciudades en España (IV)

Finales del siglo XX y principios del XXI

Imagen: Mercado de la Encarnación en Sevilla, llamado también Setas de Sevilla, visitado por turistas, todo un cambio respecto a la ciudad franquista. Fotografía de Joan Oger. Fuente.

Entrega final con el análisis de las ciudades españolas, esta vez nos centraremos en la ciudad más próxima en el tiempo, la de finales del siglo XX y principios del XXI.

La ciudad actual

Los años del cambio

Existen factores políticos y sociales que han influido mucho en el desarrollo de la ciudad actual derivados de la Transición Política entre 1975 y 1978, el interregno municipal entre 1975 y 1979 y la crisis económica mundial entre 1973 y 1985.

Primero se produjo una contracción del crecimiento urbano debido a un mercado de trabajo en recesión, se estancó la edificación e incluso se redujo. Se contempló el final de una etapa expansiva con un entorno de crisis política que produjo inseguridad, miedo y cambios en el gobierno del estado. También hubo una crisis industrial y económica, causando directamente la mengua del mercado de trabajo que comentábamos. Las expectativas de mejora de la calidad de vida que se crearon durante el desarrollismo no se vieron cumplidas cuando las instituciones municipales fueron insuficientes para gestionar el cambio y las mejoras a partir de 1979.

Las ciudades fracasaron y el tejido urbano se desindustrializó. Sobre todo afectó a las áreas de industria tradicional proletaria y de productos básicos, como la siderúrgica, la naval, el textil y los electrodomésticos. Normalmente esas industrias utilizaban tecnología obsoleta y debido a la crisis económica hicieron fallida, desplazándose a lugares con menos costes laborales. Ciudades como Sagunto, Bilbao o Terrassa fueron las afligidas por esta dinámica. En Euskadi también se produjo una migración de industrias fuera de su territorio debido a la presión terrorista, lo que afectó a su desarrollo económico.

Las empresas medianas y la existencia de una economía variada permitió a muchas ciudades sobrevivir a la crisis, pero provocando el crecimiento de la economía sumergida, con pagos de salarios y facturas en “negro” para evitar los impuestos y cotizaciones. La tranquilidad que existía fuera de las ciudades, con menor presencia de sindicatos y reivindicaciones, también favoreció la desindustrialización del núcleo urbano hacia la periferia. Las grandes metrópolis como Madrid, Barcelona o Bilbao, ciudades en desarrollo como Sevilla o Zaragoza o áreas industriales especializadas, como Sagunto, permitieron la aparición de grupos críticos con el sistema, arropados por el conglomerado urbano.

El desempleo subió de un 10% a casi un 30%, aumentando el volumen de parados en las grandes ciudades y potenciando la conflictividad social. El conflicto desincentivó la iniciativa empresarial que a su vez se contrajo debido a la caída de demanda de servicios. Menos consumo implicaba reducir costes para mantener los beneficios, lo que hacía aumentar el paro creando un circuito retroalimentado de crisis.

En 1982 el estado intervino cuando el país estaba en una situación crítica. Se estableció una política de reconversión industrial y urbana a partir de las Zonas de Urgente Reindustrialización (ZUR). Se pretendía sanear los sectores en crisis destapando la economía sumergida y potenciando actividades alternativas, nuevas industrias, de poca mano de obra y alta cualificación. Para lograrlo se crearon una serie de estímulos económicos para las nuevas industrias para que se situaran en los núcleos de las antiguas factorías y así recolocar excedentes laborales y potenciar la industria privada. Pero esta política no tuvo mucho éxito, la nueva industria se situó en lugares estratégicos para ella, como las autopistas, con tranquilidad social; mientras que la economía sumergida continuó, por ejemplo con prejubilaciones a los 60 años manteniendo al empleado trabajando en “negro”. Fue un final bastante traumático para el sistema productivo desarrollista, basado en la concentración industrial y urbana.

La ciudad postindustrial

Ya en 1988 con el final de la crisis económica se vivió un marco político y económico diferente, que tendía a la estabilidad, disminuyendo las tensiones políticas y sociales. Uno de los factores que intervino fue la democracia y el estado de las autonomías, que permitía una mayor participación de la sociedad y una intervención en el territorio de una administración más cercana. A partir de 1985 hubo una reactivación económica mundial que afectó no solamente a la industria sino también a otros sectores. Otros factores importantes fueron la integración en 1986 en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE, precedente de la actual Unión Europea), la prosperidad de los servicios superiores y la construcción (ligada en parte al turismo y la especulación) y el final de las migraciones internas y la reducción del crecimiento de la población. Estos dos últimos factores influyeron mucho en la morfología de la ciudad española durante los últimos 30 años; en general la ciudad actual repudia la industria y la visión de la urbe como almacén de personas.

Frente a este nuevo modelo existió el aporte de nuevas industrias, relativamente selectas, que buscaban localizaciones concretas. Se situaban sobre todo en los principales ejes de comunicación buscando rendimiento en la relación distancia-tiempo. Si no existían esos ejes se localizaban en lugares baratos, pero en los que se preveía la aparición de un eje en los siguientes años.

La antigua industria tuvo que reordenarse, tanto la situada en los ensanches como en los lugares más periféricos. Se reutilizaron los edificios y espacios abandonados por la industria creando parques, edificios públicos, escuelas, etc. Las manufacturas huyeron de la ciudad, manteniéndose solamente en algunas zonas periféricas.

Gracias al importante crecimiento de los servicios la ciudad se especializó y se necesitaron más lugares dedicados a esa actividad, con fácil accesibilidad. Aparecen nuevos CBD, prolongando los ya existentes a partir de los ejes viarios o creando nuevos en lugares estratégicos. Debido a que el centro de las ciudades empezaba a estar saturado las ampliaciones de los CBD se expanden por ejes periféricos.

Se crearon también vías que rodeaban las ciudades, las rondas de circunvalación, para comunicar barrios entre ellos y poder conectar la periferia de la ciudad. Las autopistas periurbanas vinieron más tarde para poder desviar el tránsito que no quería pasar por el núcleo urbano y de esta manera descongestionar los distintos ejes radiales de la ciudad, mejorando al mismo tiempo la movilidad del transporte interurbano.

Distanciándose del desarrollismo, los barrios de lujo de la ciudad actual se basan en viviendas adosadas unifamiliares al estilo de los suburbios norteamericanos, lejos de las ciudades. Inicialmente es un suelo más barato que permitía obtener alta rentabilidad con la construcción de este tipo de viviendas y, además, era imposible construir en las ciudades, completamente saturadas de edificación. Se situaron en las autopistas periféricas, apoyados en algunos caso en núcleos rurales.

Una parte de los servicios y el comercio se instaló en la periferia, en los grandes ejes de comunicación o al final de los CBD, creando los servicios periurbanos. Debido a su proximidad a las autopistas y a la incapacidad de las vías de absorber a tantos clientes empezaron a provocar retenciones en el tráfico. Gracias a la influencia de este tipo de servicios y a los barrios de lujo muchos núcleos rurales se urbanizaron. El crecimiento se trasladó del centro a la periferia de las ciudades, normalmente sin actividades de tipo industrial.

Alternativa productiva

A finales del siglo XX se empezaron a aplicar nuevas tecnologías a la industria urbana remodelándola a partir de la informática, nuevos sectores productivos industriales, nuevas formas de comercio y nuevos servicios. Se crearon polígonos industriales, de bajo coste, pero atractivos para las nuevas tecnologías que huían de la masificación del desarrollismo, propiciando una cierta especialización. Para poder atraer estos nuevos tipos de industria se recalificaron terrenos en municipios periféricos a las grandes ciudades. De esta manera se buscaba captar empresas y producir riqueza. Los municipios buscaban industrias específicas, normalmente de alta tecnología, y acabaron formándose los primeros parques tecnológicos, con suelo barato y reducciones fiscales. Las nuevas empresas por su parte requieren de un acceso a la red de universidades, infraestructuras adecuadas, buenas comunicaciones y entornos donde el ocio y el deporte sean viables, con un clima adecuado y un ambiente natural limpio.

La viaja industria por su parte se recuperaba gracias a la capacidad del sector terciario superior de ofrecerle ayuda, apoyo y atractivo para entrar en el nuevo sistema productivo. Este sector permitía aplicar innovación tecnológica mediante la mecanización y la informatización, también mayor comunicación a partir de la publicidad, la mejora de transportes y la difusión del producto y una mejor comercialización dedicándose a vender ellos los productos en lugar de la industria creadora, realizando estudios de mercado y ofertas flexibles.

Grandes operaciones urbanísticas como las Olimpiadas de Barcelona 1992, la Exposición Universal de Sevilla del mismo año o el Fórum de las Culturas, también de Barcelona, en 2004 se realizaron para reconvertir áreas degradadas y rediseñar infraestructuras haciendo comercial la propia ciudad (Barcelona, la millor botiga del món – Barcelona, la mejor tienda del mundo), vendiéndola como un producto más.

Todo lo anterior llevó a un nuevo concepto de ciudad que rompía claramente con el desarrollismo. Si durante el franquismo se vivía en la ciudad, ahora se vive la ciudad, se procura satisfacer las necesidades de la población. Para poder conseguirlo había que suplir la carencia de servicios que provocó el desarrollismo, cuando la ciudad era un almacén de personas y se buscaba un crecimiento rápido de ese almacén.

La ciudad se convirtió en un espacio de consumo social debido a las necesidades de salud y ocio, por ejemplo, con un proceso ya iniciado por grupos clandestinos durante el franquismo. Se buscaba una mejora de la calidad de vida urbana y finalizar con el sistema productivo anterior que veía la ciudad como una máquina productora, una fábrica-almacén donde vivían y trabajaban los obreros. Se trasformó la ciudad de un espacio de producción a uno de consumo, de fábrica a tienda.

Las actuaciones públicas y privadas produjeron una mejora de la calidad residencial; al acabarse las migraciones rurales el problema de la vivienda se terminó. Se crearon muchas viviendas unifamiliares en la periferia de las ciudades y se rehabilitaron otras, destruyendo parte de los centros históricos, expulsando a los habitantes anteriores que no podían volver debido al aumento de los precios y atrayendo a personas de clase más alta, iniciando un proceso de gentrificación.

Los servicios públicos se reestructuraron por categorías tanto en salud como en educación, siendo mucho más frecuente la categoría más baja de servicios básicos, y más rara las de servicios superiores, con una categoría intermedia. Anteriormente ya existían estos servicios pero estaban muy mal distribuidos, con la reestructuración el acceso es mucho mayor por parte de la población. También se procuró crear espacios públicos, como plazas o bibliotecas, y se empezó a conservar el patrimonio cambiando de una postura que rozaba el odio a lo antiguo hasta una que bordeaba la conservación enfermiza de cualquier resto. Se concedieron subvenciones para rehabilitar fachadas y cascos antiguos, además de buscar el apoyo de la UNESCO para declarar determinados lugares patrimonio de la Humanidad.

La ciudad del siglo XXI

Actualmente las ciudades españolas se están polarizando. Los municipios pequeños tienden a tener cada vez menos población, sobre todo en el mundo rural, mientras que los grandes no dejan de crecer. En este último caso no siempre es posible debido a los límites municipales y de densidad, lo que provoca el crecimiento de municipios adyacentes. En todo caso, se produce una concentración urbana en pocas áreas metropolitanas, dejando un espacio “vacío” de carácter rural y casi sin actividades económicas entre ellas.

En esas áreas las actividades tienden a estar situadas lejos de las residencias (cada vez más alejadas del centro), lo que ha hecho aumentar la conmutación y, consecuentemente, un aumento del transporte privado. El centro urbano continúa con las actividades más prestigiosas y el precio del suelo en esa zona cada vez es más alto, expulsando a sus habitantes y a los negocios menos competitivos.

En ese sentido, debido a las reformas en el centro histórico y a las actuaciones de mejora de infraestructuras de los barrios periféricos se ha producido un proceso de gentrificación, donde la población y actividades de un barrio son substituidas por población foránea de clase social más alta con actividades menos necesarias, eliminando el comercio de proximidad y en muchos casos el de alimentación. Esos barrios sufren un cambio acusado en su paisaje y no solamente por el aumento del precio del alquiler y del suelo, sino por la destrucción del tejido social previo, cuyas principales víctimas son la gente mayor.

Relacionado con la gentrificación encontramos el aumento del turismo. El propio turismo y los pisos alquilados para pernoctar pocas noches también provocan un aumento del precio del alquiler y el suelo, expulsando de la misma manera a la población anterior como en el caso de la gentrificación. La población de esos barrios, frecuentemente en el centro urbano, emigra hacia barrios más baratos que a su vez son afectados por estos dos fenómenos a medida que el aumento del precio del suelo se va extendiendo en coronas sucesivas. Poco a poco la población solamente tiene la solución de ir a una corona metropolitana cada vez más lejana del centro para poder tener una vivienda, mientras las actividades económicas de su nueva población no pueden acogerlos, obligándoles a una conmutación cada vez más lejana.

El turismo (junto con otros factores), por otro lado, también provoca una homogeneización del tejido comercial, un aumento de las franquicias y pérdida de identidad. Excepto en algunos pocos hitos urbanos, el aspecto de los centros de las ciudades, al igual que los aeropuertos, empieza a ser cada vez más parecido. Además el aumento de población temporal en la ciudad y los transportes utilizados para llevarla allí provocan un aumento de la contaminación y el uso de recursos, como el agua que estresan el medio ambiente. El transporte privado también ha aumentado y las emisiones de CO₂ no han parado de crecer. ¿Es posible la Integración de la ciudad con el medio ambiente? Normalmente se realiza una actuación por sectores y no hay una visión integral, muy a menudo también se interviene por motivos políticos y no racionales, y las ciudades se han convertido en mamotretos que cuesta mucho gestionar.

Pero el precio de la vivienda también estuvo afectado por una concesión de crédito casi libre para la compra desde 1998 hasta 2007, influida por una Ley del Suelo que liberalizaba su transformación en suelo urbano y, sobre todo, por la necesidad de colocar productos de deuda, como ya hemos comentado en otra entrada. Esto provocó una burbuja especulativa donde muchas familias no compraban para vivir, si no para invertir y el crecimiento de la inmigración extranjera, que buscaba un hogar, potenció aún más este proceso.

¿Qué retos tiene la ciudad actual? Principalmente el acceso a la vivienda, que se ha convertido en un gran problema para los jóvenes y para las nuevas familias. La movilidad es otro de los retos importantes, ligada a la contaminación provocada por los automóviles de motor de combustión. Por otro lado la economía española depende mucho del turismo y de industrias poco competitivas, lo que se ha puesto de manifiesto con la crisis de la COVID-19, así que las actividades de las ciudades tienen también el reto de adaptarse y poder generar empleo que no dependa de las visitas extranjeras. Como hemos visto, cada época ha tenido retos diferentes y se han tomado decisiones con consecuencias positivas y negativas ¿Cuál es vuestra opinión sobre la ciudad actual?

Las ciudades en España (III)

Imagen: mujeres pidiendo viviendas dignas en Carabanchel Bajo, Madrid, durante la transición política hacia la democracia en España (1975-1981). La vivienda precaria, o infravivienda, fue un fenómeno común durante el final del franquismo que tuvo que resolver la sociedad de la transición. Fuente.

Tercera parte del análisis de las ciudades españolas, esta vez nos adentramos más en las características de la ciudad franquista, dentro de los dos periodos de esta época, la autarquía y el desarrollismo.

La autarquía

Hasta 1955 el régimen franquista promovió la autarquía en España. La autarquía es un enfoque económico típico de regímenes autoritarios nacionalistas. Pretende conseguir la autosuficiencia en sectores estratégicos fundamentales, tales como la industria pesada (metalúrgica y química) y la energía, mediante un gobierno muy intervencionista. Este enfoque puede tener éxito en países grandes como los Estados Unidos de América o la antigua Unión Soviética (o incluso en la Rusia actual), pero en España existe una deficiencia muy grande en estos sectores para poder ser autosuficiente, produciendo por tanto una economía de perfil bajo.

La ciudad española había quedado muy deteriorada tras la Guerra Civil y debido a la nueva autarquía se hacía muy complicado desarrollar los sectores industriales y de servicios necesarios. El intervencionismo del estado franquista era total en toda actividad económica, vigilando no solo que se cumplieran las expectativas autárquicas sino que además no se subvirtiera el régimen. La ciudad representaba un peligro para el estado debido a la clase obrera, la presencia de sindicatos y al ser un nexo de culturas e ideas de todo el mundo. Pero a la vez quería transformarla en una urbe que personificara las virtudes del nuevo régimen a través del Plan Nacional de Reconstrucción, que resultó utópico e irrealizable. Por otro lado se promocionó un retorno al campo y una repoblación de zonas abandonadas para poder ejercer un mayor control sobre ellas.

Madrid sería el escaparate del régimen, la ciudad ejemplo de España, para frenar el desarrollo de ciudades como Bilbao o Barcelona. El control estatal de la economía permitió que Madrid fuera el foco de la industria junto a ciudades consideradas “no Rojas” como Cartagena o Cádiz. El Instituto Nacional de Industria se creó en 1941 para promocionar ciudades intermedias que complementaran a la capital, “La Ciudad” de España. Las anteriores ciudades industriales se empezaron a reactivar a pesar de un mercado interior pequeño, pero gracias a la nula competencia externa. No se produjo ningún cambio sustancial en el resto de ciudades durante la autarquía excepto en aquellas que el régimen escogió para ciertas actividades. Se crearon viviendas baratas para acoger a los nuevos inmigrantes, pero fueron insuficientes y consecuentemente empezaron a proliferar las barracas o chabolas.

En 1956 se redactó la Ley del Suelo y Ordenación Urbana, aunque no se llevaría a la práctica en su totalidad. La ley consideraba la ciudad como parte integral del territorio y no un ente aislado y se constituyeron planeamientos a diversas escalas: estatal, provincial, comarcal y municipal. También pretendía, en teoría, facilitar el desarrollo equilibrado del territorio y las ciudades, mediante la prevalencia del interés colectivo verso el individual, pero a su vez permitía la participación privada en todo el proceso de intervención territorial.

El desarrollismo

A partir de entonces y hasta 1975 se produjo un gran crecimiento urbano en contraposición al anterior periodo. La autarquía fue un fracaso y el régimen tuvo que reconvertirse. Tras las derrotas del Eje durante la II Guerra Mundial en 1943 también había ido menguando la influencia del Movimiento Nacional, partido único que aglutinaba a varias facciones de corte fascista o tradicionalista como Falange Española, las JONS y los carlistas. El régimen franquista pivotó hacia la llamada tecnocracia ligada al Opus Dei y a una apertura e integración económica hacia el capitalismo que culminó con el Plan de Estabilización de 1959. El objetivo era la concentración de los medios de producción para mejorar la productividad y la creación de grandes mercados de consumo y trabajo, en otras palabras, grandes ciudades.

El inicio del proceso se realizó mediante la industrialización y urbanización de Madrid, Barcelona y Vizcaya que acabó generando una concentración de más del 40% de la producción estatal ese triángulo. Esto atrajo mano de obra del campo hacia esos polos, ya que no encontraban empleo en las zonas rurales donde se había producido un aumento de la población debido a la bajada de la mortalidad gracias a las mejoras en la dieta. Los inmigrantes encontrarían trabajo en las nuevas fábricas creando ese gran mercado necesario para la dinámica capitalista y a su vez provocando un gran crecimiento urbano.

No obstante la rápida concentración creó des-economías que impidieron aprovechar todas las ventajas que aparecían. Existieron planes de descongestión urbana para diseñar polígonos industriales alrededor de las ciudades o en emplazamientos desiertos mediante subvenciones estatales. La hiper-concentración también provocaba desequilibrios territoriales que se intentaron remediar mediante el desarrollo de polos industriales en regiones que se estaban abandonando, como Zaragoza o Valladolid, intentando evitarlo.

El desarrollo que se promovía preveía un crecimiento urbano equilibrado mientras se buscaba una rentabilidad alta y en poco tiempo. Aun así la teoría del desarrollo implantada y la realizada diferían bastante, llevando a un periodo de grandes contradicciones. El interés económico de industriales y promotores inmobiliarios sobrepasó, mediante los grupos de presión (lobbies), a la legalidad, aunque sí que hubo ocasiones en que ambos coincidieron. La participación ciudadana era nula, excepto a partir de los años 70 cuando hubieron algunos movimientos sociales.

  • Los ensanches de clase media

Se continuó su desarrollo mediante actuaciones puntuales de casas individuales entre 50 y 100 viviendas mediante muchas empresas constructoras que podríamos clasificar como PYME. El capital privado invertido era pequeño y directo, se buscaba la densificación y no se invertía en espacios verdes ni en servicios públicos. En cambio la estructura de la vivienda era de calidad con bastante espacio habitable, entre 80 y 100 metros cuadrados, normalmente.

  • Periferia urbana de clase baja (barrios dormitorio)

Se crearon grandes conjuntos residenciales de más de 1000 viviendas mediante la reconversión del suelo rural. Los promotores eran grandes constructoras y grupos empresariales y se necesitó hacer llegar ejes de transporte a estos nuevos barrios mediante capital público-privado. Los proyectos carecían de espacios urbanizados que contuviesen aceras o iluminado público, por ejemplo, y también disponían de un transporte deficiente, por tanto se generaba un espacio poco densificado. Las viviendas eran de mala calidad, con poco espacio (entre 60 y 70 metros cuadrados, habitualmente) que se agravaba por el comportamiento natal heredado del campo, con muchos hijos. También carecían de saneamiento, agua e incluso de ventanas apropiadas.

Los costes sociales y ambientales de esta política fueron altos, sobre todo por la falta de concienciación medioambiental de esa época. Para el inmigrante rural no repercutía en un cambio sustancial de su modo de vida anterior la ausencia de asfalto, la presencia de malos olores o el dedicar mucho tiempo para llegar al trabajo, pero en la década de los 70 empezaron a ser conscientes de las malas condiciones en las que vivían. Por motivos políticos, para evitar tumultos en las ciudades y presentar una buena imagen, no por motivos sociales, el régimen empezó a solucionar esos problemas.

Durante el desarrollismo el medio ambiente era lo contrario a lo urbano. La contaminación significaba progreso, mejores salarios y más empleo. También se puso más interés en el consumo de recursos por parte de la industria que no por parte de la ciudadanía. Se destruyeron bosques, se produjeron salinizaciones de acuíferos y se hacían vertidos de residuos sin demasiado control. También se acabó destruyendo a la agricultura de proximidad, a pesar de las leyes que la protegían, y no se tenían en cuenta los factores climáticos ni agrícolas para las actuaciones en el territorio, como en la creación de la Autopista del Mediterráneo, por ejemplo. Dentro de las ciudades también se destruyó patrimonio considerándolo “edificios viejos”.

Las áreas metropolitanas

Para poder coordinar todas la actuaciones y servicios (transportes e infraestructuras principalmente) en un entorno urbano de rápido crecimiento se creó la figura del área metropolitana a partir de una urbe dominante entre una serie de áreas periurbanas colindantes.

Las principales áreas metropolitanas fueron Madrid, Barcelona y Bilbao, seguidas en un tamaño inferior por Valencia, Sevilla y Zaragoza. En algunos casos donde había mayor equilibrio se optó por una co-dominancia entre dos ciudades, o más, como fueron Sabadell/Terrassa, La Coruña/Ferrol, San Sebastián/Irún o Cádiz y su entorno.

Las ciudades en España (II)

La ciudad contemporánea y franquista

Imagen: bombardeo de la ciudad de Barcelona del 17 de marzo de 1938, fotografía tomada desde un bombardero italiano. Puede apreciarse la ciudad medieval en el centro de la imagen y parte del Ensanche (1860) en las partes derecha e inferior. También el parque donde se situaba la antigua ciudadela, a la izquierda, y justo encima el barrio de la Barceloneta (1753) y el puerto. Las bombas con menor nube de la imagen cayeron en el barrio del Rabal (antiguo arrabal medieval), muy cerca de la Ramblas y el mercado de la Boquería; las de mayor nube en la Plaza Cataluña y la confluencia de la Gran Vía de las Cortes Catalanas con Paseo de Gracia. Fuente.

Continuamos con el análisis de las ciudades españolas, tratando en esta entrada la ciudad del siglo XIX y principios del XX.

La ciudad contemporánea

En el siglo XIX y hasta la Guerra Civil (1936-1939) apareció la industria y se situó fuera de las ciudades españolas, próxima a fuentes de energía, y conectada a ellas mediante vías de comunicación importantes. Las fuentes de energía utilizadas fueron el carbón y la hidroeléctrica. También aparecieron otros núcleos industriales en el mundo rural próximo a las ciudades, aunque no tenían por qué estar inicialmente bien conectados con estas. Paralelamente se construyeron cerca de las industrias viviendas para los trabajadores, de baja calidad, y aparecieron los ensanches alrededor de los centros urbanos, de diseño más o menos racional y espíritu burgués, con calles amplias que permitían los flujos internos de la ciudad.

Nuevos ejes de comunicación, como las carreteras y el ferrocarril, conectaron la ciudad con el exterior, pero no favorecieron la movilidad interna; funcionaban del interior de la ciudad hacia la periferia. Todo esto (industrias, ejes de comunicación, viviendas obreras, ensanches) provocó la reconversión de los núcleos rurales adyacentes a la ciudad que se tornaron urbanos.

La poca importancia urbana en el territorio hizo necesario la creación de obra pública para poder realizar una organización adecuada, con muy poca industria inicial. La ciudad se vio potenciada por el sector público que a su vez generó actividad y beneficios para la burguesía industrial, propietaria del suelo y del comercio. Los polos de desarrollo industrial durante esta época en España fueron Barcelona y Bilbao. La burguesía marcaba el ritmo de construcción urbano mediante dos tipos de modificaciones:

  • Internas: remodelación viaria, desamortizaciones para crear suelo urbanizable y mejora de servicios urbanos. Todo esto acabó provocando un aumento de la densificación urbana, una degradación interna y una saturación del crecimiento.
  • Externas: planificación de ensanches, crecimiento espontáneo no planificado, anexión en el extrarradio de suburbios, arrabales y otros núcleos urbanos. Las consecuencias fueron un crecimiento no homogéneo, la convivencia de fábricas, viviendas y agricultura, y disputas entre la autoridad de la burguesía y los ayuntamientos.

Las actuaciones interiores eran una herencia de la dinastía Borbónica (saneamiento, iluminación, pavimentación), fundamentalmente una regularización de las calles para favorecer la circulación, destruyendo y reconstruyendo vías. Era un proceso lento y realmente poco útil. La desamortización del suelo eclesiástico, pareció dar algo mejor resultado, normalmente para edificar viviendas, pero de forma excepcional también se construía en él mercados, plazas y edificios públicos. La iluminación viaria, la pavimentación y el alcantarillado densificaron más la ciudad con la consecuente degradación y pérdida de seguridad.

Todas estas medidas no acabaron de funcionar para la burguesía, por tanto se buscó la creación de ensanches, que se antojaban racionales, previsibles y equilibrados. Además aportaban un cambio en el uso del suelo que era más rentable cambiando un terreno rural hacia otro tipo como el residencial, el comercial, el industrial o el viario. Los ayuntamientos intentaron regular los procesos junto a la planificación, sin éxito.

En 1859 se planteó el Plà Cerdà en Barcelona por parte del Ministerio de Gobernación y en 1860 el Plan Castro en Madrid. La planificación estaba centrada en el límite municipal sin tener en cuenta el ámbito territorial, lo que creó un crecimiento espontáneo en los límites de municipios colindantes que unía el centro municipal con el límite exterior del ensanche. Los arquitectos del GATPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos catalanes Por la Arquitectura Contemporánea) buscaron que se construyeran equipamientos y servicios, pero en general había una falta de funcionalismo racional en las ampliaciones urbanísticas.

La influencia de burgueses de prestigio provocaba que al final se construyera lo que a ellos les interesaba en lugar de lo planificado. Aun así, sí se logró levantar algunos edificios de interés público y se pudo oxigenar la antigua ciudad preindustrial mediante nuevas vías que la atravesaban y unían con la nueva, donde se construirían edificios acordes a los intereses burgueses. Los núcleos colindantes se acabarían anexionando a la ciudad creciente en un continuo urbano. Los usos del suelo se tornaron diversos y caóticos, en una mezcla de almacenes, fábricas, residencias, vaquerías, funerarias, mataderos, universidades, etc. La falta de planeamiento y su irracionalidad era el resultado de las tensiones y conflictos entre los propietarios, los comerciantes, los constructores y la administración.

La ciudad franquista

Antes de entrar en la ciudad durante la dictadura del general Franco (1939-1975) hay que dejar claro que muchas ciudades españolas no tienen un ensanche entre la ciudad antigua y la creada por el desarrollismo franquista. El desarrollismo es una mentalidad que busca un crecimiento económico lo más rápido e intenso posible sin tener en cuenta otros aspectos sociales, culturales o políticos, por ejemplo. El crecimiento industrial fue el desencadenante, junto con un sistema productivo que consumía mano de obra barata, permitiendo un rápido crecimiento. Dependiendo de la tradición industrial de cada ciudad se iniciará antes o después.

La nueva industria se situó en regiones similares a la época de la Revolución Industrial, pero ya no tuvo en cuenta la cercanía a las fuentes de energía utilizando antiguos núcleos rurales periféricos o lugares cercanos a los principales ejes de comunicación. Progresivamente aparecerían los llamados barrios dormitorio para recibir a los inmigrantes que iban a trabajar en la nueva industria. Eran parajes poco urbanizados, carentes de servicios, adosados a las industrias y en algunos casos aislados.

Poco a poco fue creciendo un tejido urbano de clase media-baja entre los ensanches y los nuevos núcleos, de forma no planificada, utilizando el automóvil como herramienta de movilidad, sin grandes ejes viarios y, cómo decíamos, equipamientos deficitarios. La edificación fue impulsada por la iniciativa privada y sin demasiada regulación produciendo modificaciones en el ancho de las calles y la altura y el número de pisos de los edificios acorde al máximo beneficio del promotor y sin tener en cuenta el entorno. Los núcleos colindantes también crecieron de la misma manera, pero de forma más discreta.

Los ejes hacia el exterior se prolongaron, del centro de la ciudad hacia la periferia, de forma radial, mientras que la circulación entre barrios continuaba siendo muy complicada. Como el ferrocarril resultaba deficitario se construyó una red de autopistas para comunicar ciudades de forma rápida. No existía la comunicación interna en las ciudades de esta época, que hacían la función de centro industrial y de servicios, siendo las zonas residenciales más parecidas a “almacenes” de personas. De esta guisa se constituyeron los CBD (Central Business District) entorno a uno o dos grandes ejes viarios, con una gran concentración de servicios, administración y centros de decisión y de poder. En los CBD no existía prácticamente suelo residencial y exigían muy buena comunicación, en el caso de los CBD situados en ensanches se creó una convivencia entre edificios nuevos y viejos. También aparecieron los barrios de lujo para la nueva burguesía franquista, en zonas exteriores de la ciudad o directamente fuera de ellas, para disfrutar del privilegio de la falta de ruido y ausencia de contaminación.

En la siguiente entrada veremos las características de la autarquía franquista y en mayor detalle cómo se produjo el desarrollismo que desembocó en la ciudad de la Transición política  a la democracia en 1975.

Las ciudades en España (I)

Las ciudades antes del siglo XIX

Imagen: áreas urbanas en España por densidad de población en 2017, extraída a partir del Atlas Digital de las Áreas Urbanas. Podemos ver dos grandes aglomeraciones entorno a Madrid y Barcelona, una población distribuida mayoritariamente en la costa (excepto Madrid) y varios subsistemas urbanos como los de la costa gallega, la costa cantábrica desde Asturias hasta Euskadi, la costa catalana, valencia y murciana y la costa andaluza junto al valle del Guadalquivir. Fuente.

Con esta entrada iniciamos una serie en la que describiremos y analizaremos las ciudades españolas desde el punto de vista de la Geografía Regional. Aunque nos centraremos más en la ciudad de los dos últimos siglos, por ser la escala temporal que más afecta a las condiciones actuales, también daremos un breve repaso a la evolución de las urbes en el territorio que actualmente es el estado español.

Nuestro objetivo es entender mejor cómo y por qué son como son las ciudades, donde vivimos la mayoría de la población española y, debido a las dinámicas demográficas contemporáneas, cada vez más gente. El medio urbano ha caracterizado a muchas sociedades humanas desde hace milenios y no siempre ha cumplido las mismas funciones o ha tenido el mismo aspecto, veamos por qué.

Introducción

España es una región con una vida urbana antigua, compleja y diversa que se ha intensificado en los últimos 70 años. La ciudad española sintetiza un pasado que aún es perceptible en su morfología y arquitectura, un palimpsesto de calles y edificios, que nos muestra empíricamente quiénes han vivido ahí antes que nosotros.

Podemos considerar el objetivo de la urbe como la dominación y explotación de un territorio que permitiría a su vez la formación, la continuidad y el desarrollo de la propia ciudad. La ciudad, por tanto, necesita organizar y ordenar el territorio que la circunda para cubrir esas necesidades.

ciudad

 

La sociedad determina la forma y la localización de la ciudad, que será el elemento base que mantendrá a esa misma sociedad. Si la sociedad cambia, la ciudad cambia. Además cualquier otro cambio en el modo de explotación o en la visión política interna también hará cambiar la ciudad. Las necesidades de la nueva sociedad harán que no solamente cambie la morfología de la ciudad, afectará incluso a su localización, o la localización de las nuevas ciudades que se construyan. Cuando hay un cambio social pueden darse diversas situaciones para la “ciudad antigua”:

  • Destrucción: la ciudad antigua es totalmente arrasada y se construye la nueva ciudad encima de las ruinas de la anterior.
  • Marginación: la ciudad antigua es parcialmente abandonada y se degrada, creando barrios donde aumenta a pobreza y la marginalidad.
  • Reconversión: la ciudad antigua persiste, pero el uso de sus espacios cambia a otros acordes a los del nuevo modelo social.
  • Integración (muy difícil que se produzca): la ciudad antigua y la nueva coexisten paralelamente.

Así, en una ciudad en un momento dado nos encontraremos con la superposición o coexistencia de las diversas sociedades que han pasado por ella. La función de la ciudad, y su fundación, surgiría a partir de aquella que la sociedad que la originó quisiera dotarla.

Las primeras ciudades

A partir de la dominación romana de la Península Ibérica empezó la ciudad a tener una función de dominio del territorio y búsqueda de permanencia en ese dominio. Las ciudades fenicias (desde -800 aprox.) y griegas (desde de -600 aprox.) habían tenido un enfoque de mercado, de lugares de intercambio, no de organización territorial; fundamentalmente habían sido factorías o colonias comerciales. Los asentamientos prerromanos eran de carácter rural y carecían de capacidad organizativa territorial.

Desde aproximadamente -200, y especialmente desde -100, se instalaron las ciudades para dominar el territorio desde el punto de vista de la explotación económica y para mantener ese dominio hacía falta a su vez un control político y militar del propio territorio. Se creó una red de vías que formó una rejilla urbana permitiendo un dominio más eficiente del territorio peninsular. Esa red de carreteras y ciudades se ha mantenido durante el tiempo hasta nuestros días, aunque con notables modificaciones durante la Edad Media. Para las ciudades romanas se utilizaron tres modelos de instauración:

  • Aprovechamiento de asentamientos indígenas (en muchos casos fortificados).
  • Antiguos campamentos militares.
  • Nuevas construcciones en lugares estratégicos: puentes, terrenos elevados o puntos de control.

La organización de la ciudad romana era ortogonal centrada en el foro donde se cruzaban los dos ejes principales: el cardo (calle que discurría de Norte a Sur) y el decumano (calle en sentido Este a Oeste). La prolongación de estas calles fuera de la ciudad conectaba con una de las vías romanas, al final o en medio de una de ellas o con la previsión de construir una nueva; casi nunca encontramos una ciudad romana en la que no sucediera uno de esos tres supuestos.

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Principales ciudades y vías romanas en la Península Ibérica. Fuente.

Los objetivos económicos de la ciudad romana eran la explotación minera y agraria, sobre todo de trigo y olivo. Poseían una estructura con alcantarillado, agua corriente y fuentes (llevada a la ciudad mediante acueductos), centros públicos y representativos del poder, lugares de ocio, y en algunas ciudades también encontraríamos murallas; los edificios tenían un máximo de tres pisos de altura.

A partir del año 300, aproximadamente, la ciudad cayó en desuso por una ruralización de la sociedad romana, perdiendo su función de dominio militar y comercial del territorio. Muchas fueron abandonadas o perdieron muchos habitantes en favor del campo desde donde se ejerció el dominio del territorio de otras maneras.

La ciudad medieval

El sistema social que siguió a la dominación romana no tuvo a la ciudad como centro de poder hasta el siglo VIII en el caso de Al-Ándalus (Sur y centro de la Península Ibérica) y el siglo X en el de la Hispania cristiana (Norte de la Península Ibérica). Aunque las ciudades recobraron cierto protagonismo local en el Norte, esta parte de la península siempre fue rural durante este periodo, siendo la ciudad musulmana la única que mantuvo el carácter dominador y estructurador del territorio con una sociedad verdaderamente urbana.

La ciudad musulmana

La ciudad en Al-Ándalus fue fundamental para consolidar el domino del 75% de la Península Ibérica. La estructura básica se repetía en todas ellas y servía para establecer funciones militares, de ocupación y control del territorio y, como era tradicional entre árabes y bereberes, comerciales y artesanales. Los siguientes elementos formaban su estructura básica:

  • Alcázar o alcazaba junto con una mezquita (símbolos militares y religiosos).
  • Organización radial e irregular, no planificada, conteniendo calles sin salida y creada a medida que iba creciendo, de forma un tanto caótica.
  • Arrabales fuera de las murallas que precedían a posibles nuevas murallas posteriores.
  • Un centro económico de comerciantes y artesanos.
  • Barrios organizados según clases sociales y laborales.
  • Servicios colectivos: baños, almacenes y zocos especializados.

La casa musulmana contenía pocas aperturas hacia la calle, las entradas solían ser homogéneas con pocas distinciones entre las diferentes casas, y se organizaban entorno a un patio central. Las viviendas estaban enfocadas hacia la vida interior, sin signos externos de distinción. La sociedad musulmana fundó nuevas ciudades en la Península Ibérica como Almería o Guadalajara y también aprovecharon las ciudades romanas previas como en el caso de Córdoba o Sevilla.

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Fragmento del mapamundi de Al Idrisi (siglo XII) en el Libro de Rogerio (Tabula Rogeriana o Kitab Ruyar) donde se observa la Península Ibérica. Nótese que el mapa está orientado hacia el Sur. Fuente.

La ciudad cristiana

Como comentábamos, hasta el siglo X no se reestableció algo parecido a un mundo urbano en el Norte de la Península. Con la consolidación del Camino de Santiago se crearon, o refundaron, ciudades nuevas en su ruta con fueros específicos para poder controlarlo como Jaca, Burgos o Astorga, por ejemplo, con poblamiento franco en muchos casos. A partir del siglo XIII alrededor de esas ciudades y hacia el Sur se establecieron nuevos asentamientos ocupando los terrenos abandonados por los llamados moros.  Su economía era básicamente ganadera para evitar los saqueos y se organizaban alrededor de castillos o monasterios en puntos estratégicos para poder asegurar el terreno circundante, conformando así la estructura de las nuevas ciudades medievales. Estas estructuras solían contener todas o algunas de las siguientes edificaciones:

  • Castillo
  • Murallas
  • Monasterio
  • Iglesias

Inicialmente la función de la ciudad medieval era militar, pero el crecimiento demográfico permitió crear mercados que gozaban de la protección de la ciudad y de una cierta actividad artesanal, muchas veces ligada a antiguos ocupantes del asentamiento, moros o judíos. La morfología de las calles era irregular, pero ortogonal, con caminos principales uniendo los núcleos de poder (castillo, iglesia y ayuntamiento) con el exterior. Había una carencia importante de servicios, no existía alcantarillado ni suministro de agua. El crecimiento de la ciudad se organizaba a través de las iglesias, muy numerosas, que conformaban el núcleo de loe nuevos barrios. La ciudad medieval cristiana a menudo se consolidaba por la obtención de unos privilegios que estaban claramente delimitados por las murallas, que diferenciaban campo y ciudad. Solía ser un centro de intercambios, pero escasos, y sobre todo servía como lugar de refugio y defensa.

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Mapa de Barcelona a finales de la Edad Media. Se observa el contorno de la ya derruida muralla de la ciudad romana de sigo III y la inercia de las principales calles romanas cruzándose en el antiguo foro -centro de la ciudad-, en ese momento el convento de San Jaime (4) al lado de la Casa de la Ciudad -ayuntamiento- (34). También podemos ver al suroeste el arrabal entre las murallas de los siglos XIII y XIV y los diferentes caminos que salen de la ciudad. Fuente.

La ciudad moderna

En el siglo XVI se produjeron ciertas modificaciones en las ciudades de la Península. Las ciudades existentes no cambiaron sino que se añadieron nuevos elementos por parte de las dinastías de los Austrias, que gobernaron sobre los distintos estados territoriales peninsulares,  y los Borbones que unificaron la administración hacia la formación del Reino de España. Los ejes viarios de las ciudades continuaron siendo los mismos.

La ciudad de los Austrias

La nueva dinastía europea y sus nuevas necesidades provocaron cambios sutiles en las ciudades, ya que aún no era una sociedad que necesitara la ciudad para dominar el territorio. El nuevo estado territorial cambió la dinámica del poder respecto al anterior estado feudal. Si antes el poder radicaba en el vasallaje ahora eran los mercenarios los que proporcionaban la fuerza. Este cambio creaba la necesidad de abundantes cantidades de dinero y por tanto la necesidad de proteger la artesanía y el comercio, la propia ciudad y de convertir a la nobleza en comerciantes.

El comercio con América y Europa era fundamental y tanto la nobleza como la Iglesia dejaron su papel militar hacia un rol económico. La contrarreforma y el apoyo de los Austrias al catolicismo enardecieron el fervor religioso, lo que aumentó la capacidad de auto-fiscalidad de la Iglesia mediante diezmos, bulas y tierras. La Iglesia se convirtió en un gran poder urbano poseyendo innumerables tierras y edificaciones.

Como comentábamos, el nuevo poder se identificaba con la capacidad económica. En el siglo XVI los Austrias poseían el poder económico y militar, mientras que la Iglesia, además del económico, ostentaba poder territorial y moral. La economía en los territorios peninsulares se caracterizaba por un fluido comercio con América y Europa y en menor medida por una industria textil de carácter local. En el siglo XVII la monarquía entró en decadencia mientras que la Iglesia tuvo un aumento brutal de su poder gracias  a las bulas, la fiscalidad propia, el fervor religioso y los bienes inmuebles. Podemos hablar de una ciudad conventual donde la presencia de iglesias y conventos se sucedía calle tras calle.

Todo esto afectó a la ciudad moderna con una expansión del casco urbano extramuros mediante arrabales siguiendo los ejes de los caminos. Para poder organizar la expansión se construyeron las nuevas “Plazas Mayores” de forma rectangular y remarcar así el papel del poder por falta de espacio de construcción en el interior medieval. Los edificios importantes se empezaron a construir fuera de las murallas y se marginó a la ciudad medieval. Los caminos que salían de la nueva expansión originados en las plazas mayores llevaban a conventos y fincas señoriales semi-rurales que acabaron organizando las futuras expansiones mediante un crecimiento desorganizado a su alrededor.

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Crecimiento de Madrid durante la dinastía de los Austrias (siglos XVI-XVII). La corona representa el Alcázar de la ciudad musulmana donde se construiría el actual Palacio Real. La antigua muralla medieval se circunscribía a la parte más oriental del sector color crema, siendo la parte occidental los arrabales. También podemos ver la Plaza Mayor en el centro de la ciudad desde donde se organizaba la red de caminos. El gran crecimiento de la ciudad se debió a su condición de capital. Fuente.

La ciudad de los Borbones

La dinastía borbónica durante el siglo XVIII se caracterizó por actividades de reforma interior de las ciudades impulsadas por las ideas de la Ilustración. Principalmente realizaron obras de saneamiento, pavimentación e iluminado público. También se reorganizaron algunas calles y caminos favoreciendo la circulación, mediante la creación de paseos. Aunque se crearon también espacios verdes como parques y jardines, estos estaban destinados al uso privado de la monarquía o eran frecuentados casi exclusivamente por la nobleza. En general la ciudad borbónica no se expandió si no que se densificó aun más a pesar de los esfuerzos de intentar abrirla.

Por otro lado la monarquía borbónica buscaba la centralización, uniformización y jerarquización de España con lo que se marginaban las actuaciones en las ciudades más periféricas y se potenciaban las de la capital, Madrid, incluyendo una red de carreteras radial que se originaba en la Villa y Corte.

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Madrid durante el principio del reinado la dinastía de los Borbones (siglo XVIII). Se pueden ver las reformas realizadas en esa época. El jardín del Buen Retiro y el Palacio Real ya existían a finales del siglo XVII, pero fueron remodelados y ampliados en este periodo. Fuente.

Urbanismo (III)

Imagen: plano de la ciudad india de Chandigarh, fundada en 1966 para servir como capital de los estados de Punjab y Haryana. La ciudad fue planificada mediante los criterios progresistas, siendo el único proyecto urbano realizado por Le Corbusier.

Los planteamientos utópicos empezaron a perder sentido en el siglo XX gracias a las mejoras tecnológicas que permitieron resolver los problemas que planteaban las ciudades. En lugar de intentar diseñar un modelo urbano y social ideal que cambiara por completo el escenario se planteó resolver las dificultades una a una. Eso no quiere decir que se abandonara un planteamiento más holístico, pero en lugar de sociedades imaginarias se empezaron a diseñar modelos de simulación en los que se incluirían soluciones técnicas y se intentaría prever el resultado que se obtendría al aplicarlas.

El objetivo de esos modelos era el desarrollo económico y social de la ciudad y sus habitantes, intentando apartarse de la política hacia un enfoque más objetivo y práctico. Los urbanistas del siglo XX diferían de sus contrapartidas del siglo anterior, por un lado, en que dejaron de ser autores generalistas y pasaron a ser ingenieros y arquitectos y por otro en que abandonaron la política: observaban la ciudad como un problema de ingeniería a resolver.

Progresistas

El concepto de progreso y avance hacia una sociedad mejor no se abandonó con el nuevo siglo, pero, gracias a la capacidad de la ciencia de optimizar las condiciones de vida, fueron científicos y técnicos los nuevos progresistas, no pensadores y literatos. A través de sus soluciones prácticas a problemas concretos buscaban una nueva revolución industrial en el siglo XX. La unidad base con la que trabajan era el “ser humano típico”, que representaba la media de las necesidades humanas. También intentaban combinar la modernidad con el arte de vanguardia de principios de siglo como hicieron Le Corbusier y Ozenfant en la revista L’Esprit Nouveau (1920-1925).

Como buscaban la estandarización para que la arquitectura fuera usada por el mayor número de personas posible, las formas geométricas ideales se usaron como modelo y la mecanización del arte fue su objetivo. Esas formas tenían que ser adaptadas a un individuo con necesidades universales, las necesidades que todo ser humano posee, y por tanto sus medidas tenían que ser también universales, basadas en el “ser humano típico”. Las ciudades, los edificios y el mobiliario serían diseñados conforme a esas figuras ideales y a esas medidas estándar, soluciones derivadas de la experiencia industrial, la eficacia y la racionalidad. Le Corbusier crearía el Modulor en 1948 donde plasmó las medidas absolutas del ser humano y su entorno.

No solamente se definirían las medidas perfectas de los objetos cotidianos y los espacios arquitectónicos, también las necesidades humanas: vivienda, trabajo, ocio y circulación. Necesidades que se plasmarían en la Carta de Atenas de 1923 creada por el grupo formado en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM). Su planteamiento radicaba en que la ciudad sería más eficaz a medida que se cumplieran esas necesidades y para poder lograrlo se utilizaría una zonificación en base a módulos que se combinarían para adaptarse al crecimiento urbano. Brasilia, una ciudad nueva creación en 1960, seguiría esos principios.

El concepto de los progresistas de la ciudad se basaba en la urbe como herramienta humana que había de permitir el desarrollo industrial y económico. Valoraban el uso por encima de la estética y la higiene como mecanismo de prevención de las enfermedades; así como apreciaban el ahorro del espacio, construyendo en altura y con viviendas reducidas al menor tamaño posible, para poder acoger a la creciente población urbana. La planificación y proyección de las nuevas actuaciones urbanísticas era fundamental. La estandarización y la simplicidad estética fueron sus marcas de fábrica.

Tony Garnier fue el primer urbanista progresista y creador de los manifiestos que inspiraron al resto. Alumno de Paul Blondel, desarrolló sus ideas en el ámbito de la ciudad industrial planteando un ejercicio de simulación de una ciudad siderúrgica como modelo, no como ideal al que aspirar. La ciudad de Garnier era pequeña, con una planificación en zonas a dos niveles: residencial e industrial. Separaba las funciones en el espacio dejando zonas libres y descongestionadas entre ellas, utilizaba edificios estandarizados que disponían de acceso a la luz solar y al aire libre, con espacios ajardinados y equipamientos urbanos, y se definían por un gran uso del cristal y el metal. La nueva visión progresistas fue planteada por primera vez en Le cité industrielle de 1917.

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Símbolo de la escuela Bauhaus. Fuente.

Walter Gropius fundó la escuela de diseño Bauhaus en Alemania, donde desarrollaría todas sus ideas, además de desarrollar una carrera como profesor en Harvard. Fue alumno de Behrens y recibió influencias de su obra, que intentaba fusionar arquitectura e industria. Junto a Le Corbusier y Mies van der Rohe es uno de los creadores de la arquitectura racionalista, también llamada moderna o de estilo internacional. Fundamentalmente buscaban ciudades organizadas y zonificadas al estilo de las de Garnier, pero poniendo más énfasis en el diseño, la estandarización y la prefabricación. Las ideas de Gropius se pusieron en práctica en proyectos como la colonia Dammerstock, Siemensstadt o Berlín, buscando un equilibrio entre arte y artesanía, con objetos funcionales y bellos al mismo tiempo. Aun así los diseños de Gropius poseían gran sobriedad y el diseño de los interiores de las viviendas tenía una evidente simplificación comparado con los del siglo pasado.

Charles-Édouard Jeanneret sería más conocido como Le Corbusier, pseudónimo que adoptó en la revista L’Esprit Nouveau a partir del nombre de su abuelo materno. Su pensamiento base combinaba las ideas recuperadas de los culturalistas y progresistas del XIX, compartiendo su animadversión por el caos urbanístico. En esa línea buscaba unir el aire libre, la iluminación y la salud del campo con la protección y el desarrollo económico de la ciudad, con una densidad urbana escasa, pero suficiente para permitir economías de escala. Formuló la idea de las necesidades humanas universales, que las ciudades han de satisfacer y planteó un modelo urbano basado en la zonificación y especialización de funciones.

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Plano de la Ciudad Radiante de Le Corbusier. Fuente.

El modelo de la Ciudad Radiante (La Ville Radieuse) se organizaba alrededor de un espacio central para las empresas, hoteles, comercios y oficinas poblado de rascacielos y zonas verdes. Seguiría una zona residencial que rodearía esa suerte de Central Business District donde vivirían los trabajadores y residentes de la ciudad, una zona de relativa baja densidad que combinaría diversos tipos de viviendas, de mayor o menor lujo, en edificios de poca altura, hasta 30 metros. Finalmente la ciudad daría paso a la zona industrial. El plano urbano era ortogonal con grandes avenidas que cruzaban la rejilla formando rombos.

El centro de la planificación urbana de Le Corbusier era la vivienda, de la misma manera que el individuo era la base de su diseño arquitectónico. Diseñó tres tipos de vivienda: unifamiliares de clase alta, unifamiliares de clase media y edificios colectivos. Utilizaba el color blanco preferentemente, columnas de sujeción, líneas rectas, espacios abiertos, amplia entrada de luz y terrazas ajardinadas. El espacio urbano colectivo no le parecía adecuado para las relaciones humanas, solamente lo visualizaba como zona de transporte. Planteó, por tanto, una ciudad privada donde las relaciones se darían en el interior de las viviendas, no diseñó zonas de uso comunitario, lo que provocaba poca relación interpersonal y poca interacción en las calles.

Las casas colectivas estaban planteadas como una ciudad en altura, con pasillos que eran calles y con comercios y equipamientos situados en el interior de los edificios. La calle, como comentábamos, se transformaría en una pista de circulación para llegar de una función urbana a otra, eliminando cualquier otro uso del espacio público. Le Corbusier realizó el Plan Voisin para París en 1925 y el Plan Macià para Barcelona en 1935, pero ninguno de los dos fue llevado a cabo. Podemos encontrar su teorías sobre arquitectura y urbanismo en Vers une architecture (1923), Urbanisme (1925), La Charte d’Athènes (1943) y Manière de penser l’urbanisme (1946).

Culturalistas

La principal preocupación de los culturalistas del siglo XX era garantizar la unidad orgánica de la ciudad a partir del análisis de las dinámicas ciudadanas. En sus observaciones apreciaron que la ciudad estaba volviéndose cada vez más densa y la especulación urbanística con la vivienda y el suelo estaba produciendo segregación social. Ese crecimiento descontrolado en base al beneficio especulativo también estaba provocando la destrucción de espacios simbólicos del pasado de la ciudad y la desaparición de lugares públicos de relación social.

Visualizaban la ciudad como un todo que había de dar respuesta a las necesidades de los grupos sociales que la conforman antes que a las necesidades individuales. No tenían una visión universalista ya que la ciudad estaba integrada, cada vez más, por diferentes grupos sociales y culturales. Propiciaban, por tanto, los valores de integración, de cultura, de relaciones sociales y artísticas en lugar de los de producción y trabajo. Buscaban regular y delimitar las zonas de crecimiento urbano para evitar la reproducción descontrolada, creando espacios diversos para gente diversa (por ejemplo para edades o clases sociales diferentes) potenciando las relaciones humanas.

Camillo Sitte buscaba la realización espiritual de la ciudad, recuperando sus valores clásicos mediante el símbolo, y su principal preocupación era la estética y la psicología del arte. Veía las plazas como el centro de la vida pública junto a los mercados al aire libre, despreciando los establecimientos privados especializados. No estaba de acuerdo con la destrucción de barrios enteros para su remodelación, en su lugar prefería modificaciones parciales, respetando los edificios antiguos junto con el relieve natural y adecuando el tamaño a la escala humana y las necesidades diversas de poblaciones diversas. Su principal obra fue Der Städtebau nach seinen künnstlerischen Günddesätzen de 1889.

Ebenezer Howard fue el creador de la Ciudad Jardín en 1902. Desde 1879 se identificó con el socialismo inglés y empezó a plantear una tercera vía a la dicotomía ciudad-campo basándose en los polos de atracción que tiene cada uno de estos espacios y criticando la falta de realización humana que provoca cada uno por separado. Para solucionarlo expuso un tipo de ciudad de baja densidad urbana, con poca población y altamente planificada, rodeada de zonas agrarias y cuyos ciudadanos tuvieran una alta implicación en su desarrollo y administración. Podemos encontrar sus ideas en Tomorrow: A peaceful path to social reform de 1898.

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La Ciudad Lineal de Arturo Soria. Fuente.

Arturo Soria fue un urbanista español, famoso principalmente por el diseño de la Ciudad Lineal de Madrid. Se educó de forma autodidacta y a partir de 1886 se dedicó a su proyecto de la Ciudad Lineal bajo las ideas de Herbert Spencer e Ildefons Cerdà. Este innovador proyecto, con el que quería resolver los problemas de higiene, hacinamiento y transporte urbanos, consistía en una ciudad articulada a ambos lados de una ancha vía de 500 metros por donde discurría un ferrocarril. La longitud del ferrocarril en principio no estaba limitada, lo que posibilitaba el crecimiento de la ciudad, que se convertiría en un elemento estructurador del territorio. En dicha calle central se concentrarían los servicios públicos y las viviendas. Gracias a su conocimiento ferroviario fue uno de los impulsores del primer tranvía en Madrid, así como de un sistema de comunicación telefónica en 1887.

Naturalistas

Dentro del naturalismo urbanista encontramos como máximo exponente a Frank Lloyd Wright. La obra de Wright se basaba en la concepción del espacio como un todo orgánico, un entorno libre adaptado a sus características naturales, de ahí que diese muchísima importancia a los muros y los materiales de construcción que marcaban el linde entre lo natural y lo humano. Ciertamente su teoría urbanística estaba más cercana a un anti-urbanismo, una utopía denominada Broadacre City (1932). En los principios naturalistas se establecía que la ciudad se había convertido en una  máquina y el ciudadano no podía, por tanto, si no crear otras máquinas. Se habría pervertido el orden natural de las cosas: en lugar de ríos existían carreteras, las montañas se habían convertido en edificios y los bosques restaban confinados en parques sin características naturales. El propio ciudadano además se había trasformado en un parásito de sus semejantes, viviendo en celdas adosadas a otras celdas alquiladas a otros ciudadanos.

El naturalismo se focalizaba en la recuperación de la individualidad y los valores democráticos estadounidenses. Un retorno a la escala humana, del día a día, despreciando la escala de las máquinas. El modelo de Broadacre City intentaba recuperar esa ciudad tradicional americana, adaptando la maquinaria al ser humano y no al revés, buscando que el trabajo fuera algo más que hacer dinero para sobrevivir y que permitiera la realización de los deseos humanos.

La inspiración para Broadacre City fue la ciudad de la frontera, del Oeste Norteamericano, donde habría suficiente espacio para todos, viviendo en casas unifamiliares repartidas en parcelas de un acre de extensión (unos 4000 m², aproximadamente 64 por 64 metros). El transporte primario sería el automóvil y habría una muy baja densidad de población, con equipamientos repartidos a lo largo del territorio. El ideal del suburbio estadounidense.

Posmodernismo

Entre las décadas de 1950 y 1970 surgió una reacción a la arquitectura progresista dominante durante el siglo XX, a su rigidez doctrinal y uniformidad. Como aquel estilo se denominaba, entre otros nombres, como moderno, el nuevo estilo fue calificado como posmoderno, por ser inmediatamente posterior. El objetivo principal era resolver las limitaciones del anterior movimiento. Por un lado al ser edificios funcionales y baratos eran racionales y austeros, carentes de belleza, según los posmodernos. Por otro los modelos urbanísticos no habían resultado en la ciudad funcional deseada sino que se habían convertido en barrios degradados, sin servicios ni vida en el espacio público. Se buscaba, por tanto, dotar de belleza a los nuevos barrios, y volver a una escala humana que permitiera una vida social más cohesionada.

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El Museo Guggenheim de Bilbao, diseñado por un famoso arquitecto posmoderno, Frank Gehry. Fuente.

Denise Scott Brown fue la principal introductora del urbanismo posmoderno junto al arquitecto Robert Venturi. Mientras la máxima de Mies van der Rohe fue “menos es más” (less is more), los posmodernos respondieron “menos es un aburrimiento” (less is a bore). El nuevo estilo ofrecía formas complejas y contradicciones, mezclando múltiples estilos de diversas épocas frente a la funcionalidad y el maquinismo moderno.

Actualidad

José Miguel Fernández Güell en 2007 clasificó el urbanismo en diversas etapas según su influencia social:

Nacimiento        1880-1900          Correspondiente a los pre-urbanistas.

Despegue            1900-1920          Inicios del movimiento moderno.

Desarrollo           1920-1940          Auge del progresismo.

Madurez              1940-1960          Alta influencia social.

Crisis                   1960-1980          Entrada del posmodernismo, pérdida de influencia social.

Estancamiento  1980-2000          Influencia social moderada.

Güell explica que los principales problemas del urbanismo actual se deben a la incapacidad de abordar las complejas problemáticas urbanas. La lentitud burocrática para llevar a cabo los proyectos junto a la corrupción y la presión de los agentes económicos para dejar de lado la intervención pública han impedido una correcta planificación urbana.

Los factores que hay que tener en cuenta en las ciudades actuales son la transición demográfica hacia un envejecimiento poblacional, el modelo económico capitalista de consumo en lugar de producción, las nuevas tecnologías enfocadas a la informática y las telecomunicaciones, las demandas de una sociedad más democrática y participativa y la descentralización en un mundo cada vez más globalizado.

Para enfrentarse a esos retos plantea una planificación estratégica de las ciudades, donde la flexibilidad permita adaptarse a un entorno de rápidos cambios. Por tanto hace falta un enfoque estratégico y no director de las intervenciones urbanísticas, un proceso continuo de planificación, incorporación de las nuevas tecnologías, administraciones locales fuertes y mayor transparencia, orientándose a las demandas ciudadanas.

Françoise Choay planteaba en su obra “Urbanismo, utopías y realidades” (1965), ciertos principios que siguen siendo válidos para el urbanismo hoy en día:

  1. La ordenación de ciudades no es objeto de una ciencia rigurosa, el urbanismo científico es un mito de la sociedad industrial.
  2. Los modelos imaginarios están sujetos a la arbitrariedad.
  3. Toda actuación urbana debe basarse en un análisis de la realidad, a pesar de ello, la mayoría de actuaciones suelen ser parches que ignoran un planteamiento global.
  4. El urbanismo científico enmascara un sistema de valores. La ciudad es un sistema de relaciones sociales y económicas formado por personas, más compelo que cualquier modelo.
  5. Los asentamientos urbanos tiene múltiples significados para las personas que los habitan. Generalmente la planificación urbana está en manos de unos pocos que reproducen sus valores e intereses hacia muchos. De este modo los campos de actuación están restringidos a unos pocos grupos de decisión.
  6. Los ciudadanos actualmente delegan la creación de la ciudad a unos pocos especialistas, con lo que se pierde el valor democrático de la ciudad. El especialista debe dejar de observar la ciudad como un modelo abstracto y observar a las personas que la componen y el ciudadano debe obtener mayor consciencia de sí mismo y su papel transformador y director. Se deben evitar las fórmulas fijas y entrar en sistemas flexibles de relaciones.

Como acabamos de ver la realidad de la ciudad es muy compleja. No existen fórmulas fijas para poder resolver sus problemas y no podemos dejar en manos de unos pocos, generalmente los agentes con mayor influencia económica, su desarrollo, ya que sus intereses tienden a chocar con los intereses de la mayoría de ciudadanos. Es la ciudadanía, a través del ejercicio de la democracia y la participación social, quien mejor puede decidir hacia donde navega la ciudad. Además gracias a las nuevas tecnologías podemos adaptarnos mucho mejor a los entornos cambiantes en los que estamos inmersos y adecuar la ciudad para que sea un espacio que permita una vida digna a sus habitantes, teniendo en cuenta que la urbe del siglo XXI se encuentra dentro de un mundo globalizado, de miles de flujos de personas, mercancías y capitales. Flujos que convergen siempre en las ciudades.

Urbanismo (II)

Los Pre-urbanistas

Imagen: Estampa con las obras de construcción y urbanización de la madrileña calle Claudio Coello en 1872, actualmente en el barrio de Salamanca. El ensanche de Madrid, realizado mediante el Plan Castro, recogía varias de las ideas higienistas que veremos a continuación. Fuente.

El urbanismo tal y como lo conocemos actualmente proviene del siglo XIX y la Revolución Industrial y etimológicamente procede de la palabra latina Urbs/Urbis que significa ciudad. Por tanto el urbanismo sería la disciplina que estudia las ciudades: su diseño, planificación, construcción, ordenamiento y adaptación. Según Gaston Bardet el término urbanismo surgió alrededor de 1910, aunque podemos encontrar ejemplos de diseño urbano ya en la Edad Antigua.

Sin embargo la diferencia con las artes urbanas anteriores al siglo XVIII radicaba en que la nueva disciplina era reflexiva, crítica y tenía pretensión científica. El nuevo urbanismo pretendía solucionar los problemas de las nuevas ciudades industriales, las ciudades de las máquinas, aspirando a tener un carácter universal, científico y verdadero. La teoría urbanística como tal surgió tras la I Guerra Mundial ligada a los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron y que hicieron de la ciudad un centro para esos cambios, modificándola o creando otras nuevas.

Pero anteriormente, en el siglo XIX, surgieron una serie de pensadores y críticos de la situación de la ciudad europea. Una ciudad que, como hemos visto, tuvo grandes cambios, muchos de ellos no para mejor. Estos pensadores los podemos llamar pre-urbanistas, ya que si bien tenían la ciudad como punto central de su discurso, analizaban toda la sociedad europea en su conjunto y pretendían un cambio social más que una alteración de la morfología urbana. Estos pensadores se ocupaban de las problemáticas de las ciudades sin disociarlas de las cuestiones surgidas en torno a la estructura social. Françoise Choay clasificó a estos intelectuales en tres grupos: Cuantitativistas, Higienistas y Críticos-políticos.

Cuantitativistas

El primer grupo englobaba a aquellos observadores y registradores de los fenómenos urbanos como las epidemias, las condiciones de vida de sus habitantes o el crecimiento demográfico y urbano. Eran principalmente estadísticos, de ahí su nombre, y no ahondaban más allá de señalar los problemas de los ciudadanos. Alfred Legoyt estudió la ciudad de París y la emigración francesa, Pierre Émile Levasseur analizó el comercio y los factores geográficos que lo influyen, Frédéric Le Play observó la vida en los hogares, principalmente de los mineros, y la influencia de los salarios, Adolphe Quetelet aplicó el método estadístico a la sociología y Adna Ferrin Weber, en Estados Unidos, investigó el crecimiento urbano.

Higienistas

El segundo grupo lo componían aquellos preocupados por la mortalidad en las ciudades, interesados en crear leyes que la redujeran, en su mayoría eran sacerdotes y médicos. Según Francesc Nadal la medicina preventiva y las vacunas influyeron para crear métodos de defensa a priori contra la enfermedad en lugar de una medicina curativa basada en remedios a posteriori. También surgieron ideales poblacionistas que aspiraban a prevenir las enfermedades mediante la higiene y la alimentación, así como intereses entre los empleadores para poder tener una mano de obra industrial sana y productiva.

Las ideas higienistas se basaban en evitar la contaminación industrial, aumentar la entrada de luz solar en calles y viviendas, desinfectar las superficies y crear fuentes de proteínas para los obreros, como los prados urbanos para el pasto de ganado. Para lograrlo presionaron para expulsar las fábricas del núcleo urbano, evitar el chabolismo mediante viviendas planificadas, abrir la trama urbana creando ventilación y buscaron dotar a los barrios de equipamientos como hospitales y zonas verdes. El derribo de las murallas también fue una idea higienista ya que impedían el desarrollo del resto de medidas, como constata el proyecto Abajo las murallas (1841) de Pere Felip Monlau.

Críticos-políticos

El grupo más numeroso y heterogéneo es el tercero, compuesto por pensadores que a partir de un diagnóstico global de la sociedad realizaban propuestas para configurar un nuevo orden social en el cual debía existir un nuevo modelo de ciudad. Choay dividió este grupo a su vez en otros tres: Progresistas, Culturalistas y Progresistas sin modelo.

a) Progresistas

Los progresistas eran defensores del progreso técnico y buscaban terminar con las necesidades humanas mediante la ciencia, resolviendo los problemas de la relación humanidad-medio ambiente y entre los seres humanos entre sí gracias al conocimiento científico. El principal problema que identificaron fue la propiedad privada de los medios técnicos que provocaba dominación y explotación de unos seres humanos hacia otros. Su propuesta para solucionarlo era una sociedad imaginaria sin dominación ni propiedad de los medios de producción, en la que se desarrollaría una humanidad perfecta cuyas necesidades universales, deducibles científicamente, estarían plenamente cubiertas.

Su vertiente política era muy cercana al socialismo utópico y se dedicaban a analizar, clasificar y zonificar el espacio urbano teniendo también en cuenta elementos de los higienistas como el acceso al agua corriente o la iluminación. En general tenían bastante aprecio por la austeridad y las figuras geométricas, en contraposición al barroquismo de la burguesía, el modernismo.

Eran críticos con los anteriores grupos de pre-urbanistas acusándoles de ser demasiado pasivos, simplemente descriptivos, entendiendo ellos que es más importante la solución que la crítica. En ese sentido identificaron la ciudad como el elemento vinculante de la sociedad industrial y el capitalismo, donde era más palpable la alienación, la explotación, las desigualdades y los conflictos. Para poder corregir esta situación insostenible crearon sociedades perfectas alternativas al capitalismo a las que había que aspirar y como elemento fundamental se encontraba el modelo urbano perfecto de esa sociedad.

Robert Owen, como socialista primerizo, fundamentó sus teorías en la educación para formar mejores personas, más morales, capaces de dominar la máquina mediante el conocimiento técnico y de esta manera mejorar el rendimiento industrial. Se oponía a la lucha de clases y buscaba el cooperativismo, siendo la escuela el aspecto más determinante de la nueva sociedad a la que aspirar. Escribió A new view of Society (1813), Report to the country of Lanark (1816) y The book of the new moral world (1836).

Charles Fourier fue un autor muy detallista e incisivo, cuyo ambicioso objetivo, tal vez inalcanzable, era la armonía universal. Sus principales críticas iban dirigidas hacia la competencia a la que se ven abocados los trabajadores y la división del trabajo, a las que culpaba de la alienación obrera. Creía que erradicando los principales rasgos del capitalismo se llegaría a un estado definitivo de sociedad perfecta. Su propuesta más concreta fue el falansterio, una unidad habitacional basada en la libre consecución de las necesidades personales, respetando a su vez la libertad personal de todos sus miembros. El falansterio sería la unidad básica de la nueva sociedad, articulado como un palacio y con una distribución ordenada de las funciones urbanas en base a un sistema de pequeños propietarios. Fourier diseñó al detalle tanto la nueva sociedad que imaginaba como los falansterios en sus obras Théorie des quatre mouvements (1808), Traité de l’association domestique (1822) y Le nouveau monde industriel et sociétaire (1829).

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Falansterio y tierras circundantes, diseñado por Fourier en 1822. Fuente.

Pierre-Joseph Proudhon fue un destacado anarquista promotor del cisma con el comunismo. Defendía a ultranza la libertad individual y era muy crítico con lo que llamaba “Ciudad Museo”, una urbe orientada al espectáculo, el turismo y al embellecimiento de calles y edificios históricos. Proudhon exaltaba el papel de la industria en la nueva sociedad que él creía se estaba formando y fomentaba el valor de uso contra la estética, a la que identificaba como patrimonio de la burguesía. Para esta nueva sociedad buscaba garantizar la libertad personal y por tanto era necesario proporcionar viviendas dignas, pleno empleo industrial, buscar el progreso técnico y articular las ciudades en base a casas unifamiliares y jardines.

Étienne Cabet tendía más hacia un comunismo que podríamos llamar utópico. Su pensamiento se basaba en las ideas marxistas de aportación según capacidad y recepción según necesidad. Entró en contacto con Owen con el que llegó a la conclusión de que los problemas sociales tenían origen en las desigualdades, con lo que la solución pasaba por un sistema social comunitario e igualitario. Influido por Tomás Moro y su obra Utopía (1516) escribió Viaje a Icaria (1840) describiendo una sociedad equilibrada, sin propiedad privada, sistemas productivos autosuficientes, tierras comunales y sin ejército ni policía. En Icaria las condiciones laborales se regulaban mediante una organización política asamblearia. El diseño de la ciudad que proponía Cabet era circular, con una rejilla ortogonal que la subdividía en calles, requiriendo un curso de agua central a partir del cual organizaba los sectores residenciales y los puntos comerciales comunales. También recuperaba elementos higienistas, como la situación fuera de la ciudad de fábricas y cementerios, y especializaba las calles por funciones ya fueran de transporte o de ocio, eso sí, eliminando el juego, las tabernas y las loterías. Inició el movimiento icariano que duró hasta 1898.

Los progresistas favorecían los grandes espacios verso a las aglomeraciones urbanas, gustaban de espacios verdes abundantes y ciudades pequeñas y ordenadas en estructuras elegantes. Buscaban el equilibrio funcional dentro de la ciudad con un espacio zonificado y amplio que favoreciera la higiene. Cada uno de ellos, como hemos visto, daba prioridad al factor que consideraba más importante para el cambio social: Owen la educación, Fourier la libertad, Proudhon la propiedad y Cabet la igualdad.

b) Culturalistas

Este grupo lo componían pensadores británicos que analizaban los problemas sociales desde un punto de vista global, no tanto urbano, y aunque detectaban los mismos problemas que veían los progresistas diferían sustancialmente en sus causas y soluciones. La principal causa que identificaban los culturalistas era la mecanización que, según ellos, rompía la unidad  que existía en la sociedad tradicional. La mecanización había eliminado la economía orgánica tradicional en favor una industria que provocaba aislamiento y disgregación a través de máquinas que transformaban a los seres humanos en otras máquinas. Aunque efectivamente la vida fabril producía problemas de alienación, los culturalistas creían en sociedades pasadas idealizadas que no poseían los problemas de la ciudad industrial. En ese sentido buscaban recuperar la espiritualidad, una colectividad unida y unos valores morales que creían perdidos. Respecto a las ciudades querían un entorno urbano bien diseñado, funcional y, muy importante, artístico, para facilitar la cohesión de las personas que la habitaban. La ciudad debía estar bien delimitada respecto al campo, ser de dimensión moderada y adaptada en forma a su territorio, sin utilizar figuras geométricas ideales.

John Ruskin era un profesor de bellas artes y opinaba que el arte reflejaba las virtudes de una sociedad, por tanto la sociedad del siglo XIX era desorganizada e incoherente a raíz del tipo de estética industrial que observaba. Intentó mejorar el aspecto urbano a partir del estudio de las ciudades clásicas, aunque dejaba en manos de la iniciativa privada el realizar las actuaciones concretas. Elogiaba la artesanía y la especificidad de cada obra y oficio, buscando la diversidad en los elementos urbanos, encajándolos entre sí de forma amónica. Los materiales que utilizaba eran orgánicos y comunes en los oficios de la sociedad pre-industrial contra el hierro y el acero de las nuevas edificaciones, en ese sentido buscaba dotar a cada edificio de una identidad única. Sus obras más políticas fueron Unto the Last (1862) y Munera Pulveris (1872).

William Morris fue un alumno de Ruskin que siguió el modelo planteado por su maestro, aunque con algunas diferencias, diseñando una propuesta utópica fundada en valores culturales. El arte debía ser creado por y para el pueblo, alejándose de la creación artística tradicional de la alta cultura enfocada a las clases dirigentes. Reivindicaba la clase obrera y el folklore como una cultura auténtica. Morris criticaba la explotación que observaba en las fábricas, pero no estaba en contra de la mecanización, explicaba ese abuso por la ausencia de valores morales. Como amante del pasado se basaba en una idealizada ciudad medieval como modelo a seguir, una “ciudad-pueblo” de tamaño pequeño, evitando las concentraciones urbanas mayores y las aglomeraciones industriales. Plasmó sus ideas en Hopes and Fears for Art (1881), Signs of change (1887) y Lectures of Socialism (1894).

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La Visión del Santo Grial, tapiz de 1890 diseñado por William Morris y sus colaboradores. Se pude ver el gusto por una Edad media idealizada y la influencia del Pre-rafaelismo. Fuente.

c) Progresistas sin modelo

Los progresistas sin modelo mantenían los ideales progresistas de mejora del futuro y búsqueda de una nueva sociedad igualitaria sin clases, pero se diferenciaban de sus colegas socialistas en que no poseían una visión utópica ideal y planificada de cómo debía ser la sociedad a la que llegar. Eso no quiere decir que no tuvieran propuestas para una ciudad que reflejaba un problema general y cuya morfología debía cambiar, pero tenían un carácter más pragmático. Además de sus críticas al capitalismo abogaban por la lucha de clases como método para cambiar la sociedad y la ciudad, escudándose en el materialismo histórico como explicación de la situación en que se encontraban. Aunque respetaban las ideas progresistas las veían como meras ideas irrealizables y la mejora de las condiciones de vida del presente debía ser la prioridad, no imaginar el futuro. La ciudad era un elemento intrínseco de sus análisis y en muchos aspectos sus obras serían los cimientos de la sociología urbana moderna.

Observaron que históricamente había existido una diferencia acusada entre la ciudad y el campo, siendo la primera la que tomaba las decisiones y la que atraía los flujos de capital mientras que el segundo acataba esas decisiones y producía las materias primas para la urbe. Esta diferencia se veía claramente en la situación de libertad de sus habitantes, estando los campesinos sujetos a la servidumbre mientras que en las ciudades se gozaba de mayor independencia. Según los progresistas sin modelo la ciudad había sido siempre el motor de cambio de la Historia y de las luchas de clases, un espacio liberador y al mismo tiempo alienador. Creían que la situación de explotación que estaban presenciando provocaría un escenario revolucionario que eliminaría el capitalismo e implantaría el comunismo tal y como el capitalismo había eliminado el feudalismo anteriormente.

La clase trabajadora urbana fue analizada a partir de la convivencia con los obreros, donde pudieron ver que las maravillas tecnológicas que se estaban produciendo en el siglo XIX contrastaban con las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Por ejemplo, observaron la indiferencia y falta de empatía que se producía entre ellos al sufrimiento y la pobreza de los demás, las aglomeraciones, el deterioro y la insalubridad dentro de las viviendas, la segregación social, la ocultación de la miseria en bolsas de pobreza urbana, las estrategias de construcción salvajes tales como materiales baratos, obsolescencia programada y aprovechamiento intensivo del suelo para construir cuantas más viviendas posibles (sin importar su minúsculo tamaño). Aunque el acceso a la vivienda siempre había sido un problema, con el capitalismo se agravaban aquellos aspectos que dificultaban su obtención. En general no defendían la tenencia en propiedad de la vivienda por los trabajadores, afirmando que esto provocaría problemas debido a la movilidad de residencia por cambio de lugar de trabajo y a la reducción de los salarios que se produciría, según ellos, si todos fueran propietarios.

Friedrich Engels abordó los problemas de las grandes ciudades a través de una crítica despiadada y el estudio de las condiciones de vida de los obreros. Le preocupaban la miseria de la clase trabajadora y denunciaba las medidas paternalistas de la democracia liberal, así como la caridad, como medio de paliar la pobreza y el acceso a la vivienda. Como hemos visto era un tema complejo y transversal, con el que Engels solamente percibía una posible solución a través de una revolución que permitiera otros modelos de acceso a la vivienda, como la propiedad colectiva. A partir del análisis de ciudades como Liverpool y Manchester quedó convencido de la inadecuación de las grandes aglomeraciones urbanas y como éstas favorecían la acumulación de la miseria y la segregación social. Las dos obras urbanistas de Engels fueron La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) y Contribución al problema de la vivienda (1873).

Karl Marx no fue tan prolífico como su compañero Engels en el análisis de las ciudades, pero afianzó las bases del estudio de los conflictos sociales urbanos a través del materialismo histórico. Este tipo de enfoque se basa en el análisis empírico y observa las relaciones de poder entre los diferentes agentes implicados en la construcción física y social de la ciudad: administración pública, empresas, promotores inmobiliarios, propietarios y ciudadanos. Es Marx quien constata que la ciudad puede ser un espacio liberador del individuo y al mismo tiempo alienador a través del estudio de Londres y su clase obrera.

Pero con el cambio de siglo las tendencias en el urbanismo cambiaron completamente. Las mejoras técnicas hicieron posible solucionar muchos de los problemas identificados por los pre-urbanistas y cambió la figura del urbanista hacia una mucho más técnica y específica alejada del cambio social que patrocinaban los pre-urbanistas. En la siguiente entrega veremos el papel de los urbanistas de principios del siglo XX y sus propuestas para crear una ciudad funcional y armoniosa.

Urbanismo (I)

Los problemas de la ciudad industrial (siglos XIX y XX)

Imagen: plano del proyecto original de ensanche de la ciudad de Barcelona en 1860 diseñado por el arquitecto Ildefons Cerdà. Los ensanches fueron ideados para poder solucionar parte de los problemas de la ciudad industrial. Fuente.

La sociedad urbana europea antes del siglo XIX tenía una escala relativamente pequeña. Incluso las grandes urbes del siglo XVIII, como París o Londres, poseían una densidad de población escasa si las comparamos con los centros urbanos de China, en la misma época, o las del siglo posterior. La economía se basaba en un modelo orgánico, con materiales provenientes, en su mayor parte, del campo, como la madera, las pieles o los tejidos, y fuentes de energía como los animales de tiro, el agua, el viento y también la madera. El uso del carbón era escaso, así como los metales, solamente el uso de la roca en la construcción era frecuente.

El desarrollo del capitalismo y el mercantilismo favoreció la creación de las Reales Fábricas durante el siglo XVII para la creación de manufacturas de lujo: tejidos, armas, porcelana, tabaco, vidrio, navíos, relojes, seda, carruajes o licores, por ejemplo. Estas fábricas permitían racionalizar y concentrar la producción, creando un modelo mucho más eficiente que el de los pequeños artesanos. La invención de la máquina de vapor en el siglo XVIII permitió deslocalizar las incipientes fábricas de los ríos, de donde obtenían la energía, a las ciudades, desde donde podían exportar las manufacturas, venderlas en sus mercados o ser consumidas directamente por la burguesía o la nobleza residentes.

Las mejoras en la agricultura produjeron al mismo tiempo un crecimiento de la población sin precedentes que provocó migraciones masivas hacia las ciudades en busca de oportunidades. La ciudad preindustrial no estaba preparada ni para acoger a las nuevas fábricas ni a las olas de inmigrantes lo que hizo que las ciudades del siglo XIX, en palabras de Henri Lefebvre, explotaran. Al no disponer de espacio debido a las numerosas murallas se empezó a construir en altura y en cualquier espacio disponible para acoger a los nuevos trabajadores, lo que aumentó la insalubridad de las ciudades. Las condiciones de vida de las urbes se describirían como inhumanas por parte de Karl Marx: la abundancia de mano de obra bajó los salarios, las calles y el alcantarillado no podían drenar correctamente los residuos humanos, las fábricas contaminaban el aire y las aguas. Los principales problemas fueron las epidemias, la falta de higiene, la mala dieta, los horarios extensos (14 horas diarias, siete días a la semana), las malas condiciones laborales y las viviendas precarias.

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Grabado de Bluegate Fields, Londres, por Gustave Doré en 1872. Bluegate Fields era uno de los peores barrios degradados de la capital británica. Fuente.

La ciudad industrial tuvo un crecimiento sin precedentes, iniciándose en Londres a partir de 1801 y más tarde en París desde 1830. No solamente las grandes capitales aumentaron de tamaño y población, también las ciudades medias. En 100 años se multiplicaron por 15 las ciudades europeas de más de 100.000 habitantes. La sociedad industrial era eminentemente urbana y las ciudades y su morfología el objeto central de los cambios producidos en el siglo XIX, el campo quedaría relativamente intacto hasta entrado el siglo XX. Pero a pesar de disponer de expertos ingenieros y arquitectos la sociedad industrial fracasó en el intento de ordenar el nuevo modelo de ciudad.

El sistema de transportes urbanos tuvo un gran desarrollo gracias a los tranvías (Nueva York, 1832; París, 1854; Düsseldorf, 1876) y a los ferrocarriles metropolitanos (Londres, 1863; Nueva York, 1863; Budapest, 1896) que permitieron desplazarse a los trabajadores de sus barrios altamente densificados a las fábricas. Para descongestionar esos barrios y, sobre todo, salir de ellos creando un nuevo modelo urbano, los empresarios construyeron los ensanches. Primero en París con Haussmann en 1852 y, especialmente, en Barcelona y Madrid en 1860. Se creó un nuevo orden espacial a imagen de la nueva sociedad que habitaba la ciudad. Esta morfología se caracterizaba por espacios racionales, funcionales y especializados, que incorporaban los nuevos medios de transporte (ferrocarril, 1811; automóvil, 1886) y comunicaciones (telégrafo, 1833; teléfono, 1877), con amplias zonas ajardinadas, calles amplias e higiénicas, comercios y grandes industrias.

Entrando en el siglo XX la electrificación de la ciudad era total y se incorporaron nuevos materiales de construcción como el cemento y el acero, que, junto a los ascensores (Otis, 1853), permitieron una excelente construcción en altura produciendo la fiebre de los rascacielos (1884-1939). Se podría decir que la ciudad de principios de siglo estaba ya 24 horas despierta y la industria tenía libertad de poder situarse donde más le conviniera, sin limitaciones de acceso a la energía o los transportes. Los automóviles empezaron a producirse en serie en 1904 gracias a Henry Ford y permitieron la descentralización de las actividades y residencias humanas, dando un cierto respiro a las congestionadas ciudades. Por otra parte también favoreció la creación de bloques urbanos socialmente homogéneos y separados, produciendo segregación social, un proceso que ya se había iniciado con los ferrocarriles (Burgess, 1925).

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Rockefeller Center y RCA Building desde el 515 de Madison Avenue, Nueva York, por Samuel Gottscho en 1933. Fuente.

Las grandes guerras entre 1914 y 1945 destruyeron gran parte de las ciudades europeas y se vio una oportunidad para poder empezar de cero, reconstruyéndolas mediante un modelo planificado. A partir de 1945 se buscó una ciudad donde primara el desarrollo económico y social, donde no se produjeran las desigualdades heredadas del siglo XIX ni el caos proveniente de la morfología preindustrial.

En conclusión, hemos podido ver como la ciudad del siglo XIX cambió en muy pocas décadas radicalmente, sin tiempo de poder adaptarse adecuadamente. Se modificaron totalmente las estructuras productivas, sociales y culturales sin poder cambiar tan fácilmente la morfología urbana donde tenían lugar. Esto creó problemas de salubridad y tensiones sociales, llegando al conflicto y la negociación para poder mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Ya en el siglo XX las mejoras técnicas permitieron una válvula de escape, se empezó a hablar de planificación urbana, desarrollo y bienestar. Existía una confianza plena en que no había límites a la inventiva humana y su capacidad de poder dar a todo el mundo un cierto nivel de vida. La electricidad, la arquitectura y el planeamiento permitieron organizar la ciudad acorde a modelos idílicos, considerando que la ciudad del siglo XIX no había funcionado debido a la incapacidad de modificar su forma adecuadamente.

En las siguientes entregas podremos ver las diferentes propuestas urbanísticas que han tenido mayor repercusión en el objetivo de mejorar la sociedad y la ciudad en los siglos XIX y XX, en un viaje por fórmulas utópicas y pragmáticas.

El cómic como herramienta didáctica

Estudiando la ciudad del Siglo XX

Imagen: Portada original americana de una reedición de «Contrato con Dios» de Will Eisner por DC Comics en el año 2000. Tenement es una voz inglesa que se refiere a vivienda, concretamente a edificios de viviendas usualmente degradados.

Uno de los autores más reputados del cómic estadounidense es Will Eisner (1917-2005), creador de The Spirit en 1940 y narrador de sus historias hasta 1952. A principios de los 70 el fundador de Kitchen Sink Press sugirió a Eisner que continuara con las historias del personaje, pero en su lugar realizó una obra muy personal basada en sus vivencias de niñez y juventud en Nueva York (en Brooklyn y el Bronx), e influida por los sentimientos generados por la pérdida de su hija de 16 años en 1970.

«Contrato con Dios» se convirtió en el primer cómic en llevar la etiqueta de Novela Gráfica para poder presentarlo a un público más adulto y alejarlo del mercado de los superhéroes, orientado al público juvenil. Fue editado por Baronet Press en 1978 sin ser un éxito de ventas, pero permitió a Eisner seguir dibujando historias parecidas como «Ansía de Vivir» en 1988 y «La Avenida Dropsie» en 1995, ambientadas en el mismo barrio del Bronx y la ficticia avenida.

Estas tres obras han sido recopiladas en castellano y tienen el potencial para poder ser usadas didácticamente en educación secundaria para diversidad de temas utilizando fuentes primarias y secundarias. El cómic es una manera muy atractiva de presentar temas complicados y a menudo aburridos. Claramente no es un método académico, pero en educación secundaria tampoco se pretende eso, nos permitirá dejar una impronta en las mentes de los alumnos que no conseguiríamos con largos textos o clases magistrales.

La obra de Eisner requiere de trabajo por parte del profesor para extraer las partes que quiere utilizar y prescindir de aquellos temas más personales o espirituales que tal vez no interesen en sus clases de ciencias sociales (pero puede que sí en otras como filosofía o ética). El período entre-guerras es la época para la que encontramos más uso para este cómic; a partir de recortes de prensa y las historias costumbristas de los personajes observamos la Crisis de 1929, la influencia social del comunismo, el auge del nazismo y las políticas del New Deal de Roosevelt.

Desde el punto de vista de la Geografía podemos observar la evolución de la ciudad occidental, las migraciones, la degradación o la gentrificación, los movimientos sociales vecinales o la planificación urbana, y económicamente se tratan los fenómenos de la bolsa de valores, el desempleo y el mercado inmobiliario. Desde la geografía social podemos tratar temáticas anti-racistas y de tolerancia religiosa, por ejemplo, con las diversas oleadas de inmigrantes a los Estados Unidos, primero irlandeses, luego italianos, judíos alemanes y rusos y, posteriormente, gente negra del sur estadounidense y puertorriqueños. También hay un compendio de la Historia de finales del siglo XIX hasta mediados del XX, centrada en la ciudad de Nueva York.

Además podemos pedir a los alumnos que creen sus propios cómics basados en historias vitales, tanto suyas como de sus padres o abuelos. De esta manera potenciamos su creatividad, su capacidad de relación social, de análisis, de expresión de ideas y al mismo tiempo consolidamos su conocimiento de la familia, la historia reciente y la geografía que les rodea. Temas como la desilusión y la frustración, el confinamiento, la alienación de la ciudad o la pertenencia a una comunidad, son tratados en las obras de Eisner. El judaísmo también está muy presente debido los orígenes del autor, así como el racismo y la pobreza.

En conclusión podemos afirmar que la «Trilogía de la avenida Dropsie» nos ofrece un buen material para complementar temáticas de Historia contemporánea y Geografía urbana además de ofrecer un punto de partida para que los alumnos expresen sus experiencias vitales relacionadas con estos temas. Una añadido muy interesante para la educación secundaria transversal utilizando arte, ciencias sociales y filosofía.

Referencias

Eisner, W. (2008). Contrato con Dios: La trilogía. La vida en la Avenida Dropsie. Barcelona: Norma Editorial.

García, P. (2018, febrero). Los cómics de los 70 han muerto: La primera novela gráfica, Dolmen, 271, 59-60.