Hey Kids! Comics!

Leyendas del cómic estadounidense del siglo XX

Imagen: portada del recopilatorio de la serie de cómics Hey Kids! Comics! publicado en España, realizada por Don Cameron. En la imagen se puede ver a la parodia de un aficionado: algo desaliñado, voyeur y con gusto por el manga erótico. El comentario que realiza es una crítica a aquellas personas que no compran las obras cuando se publican, esperando por si las recopilan en tomo (lo que significa que han tenido éxito). La cuestión es que si no se compran lo suficiente en grapa cuando aparecen por primera vez no se llegarán a recopilar, así que este tipo de actitudes perjudican a todos los implicados: lectores, autores y editores.

  • Autor: Howard Chaykin
  • Dolmen Editorial
  • Fecha de publicación: febrero de 2020
  • Originalmente en los números 1-5 de agosto a diciembre de 2018 por Image Comics, recopilado en febrero de 2019.
  • 160 páginas.

Publicada hace un año en España, no tuve hasta hace poco el placer de leer esta obra que compila la mayoría de historias, ciertas o no, que han rodeado a la creación de cómics estadounidenses desde 1938, cuando apareció Superman, o su trasunto en la obra, Powerhouse. Con sus 68 años cuando se publicó originalmente, Howard Chaykin, con el color de Wil Quintana y las portadas de Don Cameron, nos narra de forma atrevida, crítica y satírica los entresijos de la industria del cómic, los abusos, tejemanejes, discriminaciones y otras historias truculentas.

La narrativa no es lineal, saltando entre cuatro momentos clave de la Historia: 1945, 1955, 1965 y 2001. Cada época es reflejada en la obra, el boom de los superhéroes durante la guerra y su declive posterior, la afluencia de las obras de terror y suspense que dieron pie a la censura del Comics Code Authority, la renovación de los superhéroes en los años 60 consolidando a este género como el mayoritario y, finalmente, la llegada al cine comercial de éxito en los 2000. Podemos ver también la lucha editorial para conseguir una fórmula exitosa de ventas y las decenas de géneros que se probaron y no funcionaron, las condiciones de cuasi esclavitud de los artistas o las compras de derechos y obras originales por pocos dólares que se transformaron en millones.

Sus protagonistas son un trío de dibujantes que luchan para conseguir trabajo digno y que se reconozca su arte mientras las editoriales explotan sus creaciones, que se tornan negocios millonarios y ellos se ven relegados a obtener las migajas. Sin embargo los propios autores tampoco eran solidarios entre ellos, apuñalándose para poder conseguir trabajos y menospreciando los cómics que dibujaban como basura para idiotas. Las luchas de egos eran la norma y solo algún caso, antes del star system de los 90, destilaba un atisbo de idealismo.

Rodeando a los protagonistas están otras figuras que hicieron posible todo este negocio, dibujantes, guionistas, editores, detractores y fans. Todos los nombres de personajes, revistas y personas reales han sido cambiados por Chaykin, pero en muchos casos son reconocibles. Powerhouse es Superman, Midknight es Batman, Tarantulad es Spider-man, solamente hay que fijarse un poco, igual que para reconocer qué editorial es Marvel, cual DC y cual la EC.

Algo más difícil es ver quién es quién entre los personajes. Chaykin reconoce que Bob Rose es Stan Lee y Sid Mitchell es Jack Kirby, pero deja el resto al lector. Algunos otros son también bastante obvios como Ron Fogel para Bob Kane e Irwin Glaser e Ira Gelbart para Jerry Siegel y Joe Shuster.

Los protagonistas, por otro lado, son una mezcla de varios autores reales. Chaykin fue ayudante de Gil Kane y buena parte de las experiencias de este están reflejadas en el protagonista Ray Clarke. Benita Heindel por su parte podría tener relación con Marie Severin o Ramona Fradon (y su lucha contra el machismo en la industria y los niñatos como editores) y Ted Whitman con Joe Kubert o Bill Finger (los autores ninguneados por la industria en favor de aquellos que firmaban sus obras como propias). El resto de personajes no están tan ligados a personas reales, pero reflejan los modos de algunas de ellas como Tom Hollenbeck, que representa a los autores estrella surgidos a partir de los 90: Todd McFarlane, Rob Liefeld o Jim Lee.

Página 4 de Hey Kids! Comics! en la que el editor de Yankee Comics, Meyer Hershenson, tras dar una limosna a un hombre en la entrada del estreno del musical de Powerhouse, reconoce que ese hombre (Irwin Glaser) fue el creador del personaje que tanto éxito está cosechando.

El dibujo de Chaykin se caracteriza por ser algo estático y tener ciertos problemas para identificar los rostros de los personajes. A su favor hay que decir que en esta obra se ha esforzado para dar individualidad a cada uno, dada la gran cantidad de personajes que baraja, incluyendo un dramatis personae al principio para usar como referencia. De todas maneras el dibujo es efectivo y la estructura narrativa funciona muy bien, centrándose en conversaciones y primeros planos. Por otro lado, el guion atrapa, desvelando poco a poco toda una historia de triunfo y tragedia, cerrando un círculo en el desenlace final, que no es más que el principio de todo.

Tal vez le falte a la obra algo de visión positiva, es muy mordaz y al centrarse en los trapos sucios del mundillo deja de lado, o hasta critica, los aspectos positivos, como un fandom que tilda de borrego o la falta de creatividad de los autores modernos (como si los anteriores a los 90 hubieran aprendido a dibujar por sí solos). Muchas de las historias que explica Chaykin son muy conocidas entre los amantes del cómic estadounidense, pero serán muy reveladoras para aquellos que no conozcan sus entrañas al detalle.

En definitiva, un buen cómic en una cuidada edición que todo aficionado al género debería leer e incluso todo aquel deslumbrado por el glamour del cine de superhéroes actual debería conocer. Es la historia de luces y sombras de trabajadores y editores, de explotación y oportunidades, de la especulación y los derechos sobre la propia obra.

Tiempo y festividades en la Roma republicana

Imagen: Parte del Mosaico de los Aurigas en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida (España), del siglo IV. Podemos ver al auriga Marcianus como vencedor (nicha) montado en su cuadriga, carro de cuatro caballos, el nombre de su caballo favorito (Inluminator – Iluminador) y el propietario de los establos, Getulo. Fuente.

Tras este año 2020 que acabamos de dejar atrás, con todas sus desafortunadas noticias, inauguramos 2021 con una nueva entrada. En esta ocasión hablaremos de cómo se medía y se trataba el tiempo en la República Romana y cuáles eran las principales festividades que se celebraban.

Los antiguos romanos tuvieron grandes dificultades para medir el tiempo, tanto para las horas del día como para los días del año. Durante la República eran los sacerdotes los encargados de calcular el inicio de las estaciones y hemos de tener en cuenta, para hablar del tiempo durante este periodo histórico, que no existían relojes precisos, el cálculo de los meses originalmente era lunar y no se asignaban números a los días del mes.

Las horas del día se calculaban usando relojes solares, dividiendo el día en 12 horas y otras tantas para la noche. De esta manera una hora no medía nunca lo mismo, habiendo una diferencia de casi 30 minutos entre invierno (una hora diurna tenía cerca de los 46 minutos) y verano (la duración era de unos 75 minutos).

Por ejemplo, en Madrid (España) en el solsticio de invierno de 2020 el día duró 9 horas y 17 minutos mientras que en el solsticio de verano del mismo año fueron 15 horas y 3 minutos. Eso nos da 557 minutos el primero y 903 el segundo, que en horas romanas se traduce en una hora durando aproximadamente 46 minutos en el primer caso y 75 en el segundo. La diferencia de latitud entre Roma y Madrid es de 1⁰ 25’ aproximadamente, así que la duración del día en ambas ciudades, para el nivel de precisión que buscamos aquí, es prácticamente la misma.

Las horas romanas eran muy sencillas y parecidas a las nuestras en la actualidad, enumerándose de la primera a la duodécima, aunque originalmente tenían nombres más rocambolescos según la actividad que se debía realizar en ese momento. La primera hora se iniciaba con la salida del sol, que correspondía con el principio de la jornada laboral. El mediodía (meridiem) se correspondía con la hora sexta y marcaba la diferencia entre la mañana (antemeridiem, utilizado actualmente en el mundo anglosajón como a.m.) y la tarde (postmeridiem, p.m.). La noche llegaba con la hora duodécima y empezaba el cómputo de 12 horas nocturno, llamadas vigilias.

El censor Publio Cornelio Escipión Nasica Córculo introdujo la clepsidra en -159, inicialmente para medir el tiempo que tenía un orador en un tribunal, pero posteriormente usado para las guardias militares nocturnas. Seguramente los relojes de agua también se utilizarían en diversos lugares públicos de las ciudades, mejorando el cálculo de los relojes solares, prácticamente inútiles en los días nublados y durante la noche. Hay que tener en cuenta que no se podían calcular los minutos y su concepto estaba fuera de la mente romana.

Durante la República no existían los días de la semana, sin embargo cada 8 días se realizaba un día de mercado y descanso, en el día llamado nundinae, noveno día, debido al desconocimiento del cero y a contabilizar de forma inclusiva el día en curso como uno en lugar de cero. Esos días eran fasti y se permitían juicios y votaciones; como el año no era divisible por ocho era muy importante determinar cuándo iban a suceder de antemano.

Los días de la semana tal y como los conocemos hoy en día derivan del siglo I y ya estaban extendidos por todo el territorio imperial en el siglo IV. Su número y nombre proviene de la astrología griega, y esta de la mesopotámica que asignaba a cada día el nombre de una estrella móvil, un planeta, la luna o el sol, que a su vez tenía el nombre de una deidad asociada. Los griegos adaptaron las divinidades babilónicas a las suyas y así lo hicieron los romanos, y de ellos los germanos. El orden de los planetas en la semana no tenía tanto que ver con su movimiento aparente en el cielo como con cómputos esotéricos relacionados con la primera hora del día a la que estaba vinculado. Eso modificaba el orden lógico de Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna (de más lento a más rápido, que Ptolomeo interpretó como lejanía o cercanía de la Tierra). La semana al final quedaría así:

Primer día – Día del Sol – Domingo/Sunday/Sonntag/Dimanche

Segundo día – Día de la Luna – Lunes/Monday/Montag/Segunda-feira/Lundi

Tercer día – Día de Ares/Marte/Tyr – Martes/Tuesday/Dienstag/Terça-feira/Mardi

Cuarto día – Día de Hermes/Mercurio/Wotan – Miércoles/Wednesday/Mittwoch/Quarta-feira/Mercredi

Quinto día – Día de Zeus/Júpiter/Donar/Thor – Jueves/Thursday/Donnerstag/Quinta-feira/Jeudi

Sexto día – Día de Afrodita/Venus/Freya – Viernes/Friday/Freitag/Sexta-feira/Vendredi

Séptimo día – Día de Cronos/Saturno – Sábado/Saturday/Samstag/Samedi

Como se puede ver algunos días modernos no corresponden con esta clasificación debido a influencias cristianas. Domingo se refiere a día del señor en castellano, o en el Dimanche francés, mientras que en inglés y alemán se refiere a día del sol. Mittwoch en alemán se refiere literalmente a media semana, el día cuarto a partir de la semana litúrgica que enumera los días de la semana (como en el actual portugués). Sábado y Samstag se refieren al Sabbat, el último día de la semana judeocristiana, como en el francés Samedi.

El año romano inicialmente se dividía en 10 meses que se iniciaban con cada luna nueva, la tradición atribuía a Rómulo la creación de este calendario. A su sucesor, el también legendario Numa Pompilo, Tito Livio le atribuyó la adición de los meses de Enero y Febrero y la creación de un calendario lunar de 12 meses que se ajustaba, más o menos, al ciclo solar. Esa inexactitud se correspondía con unos 10 días menos respecto al año solar lo que se solucionaba con un mes llamado Mercedonius o Intercalaris que, efectivamente, se intercalaba entre febrero y marzo. Mercedonius tenía 27 o 28 días y cuando se utilizaba febrero solamente tenía 23. Su uso debía utilizarse cada dos o tres años, pero la decisión recaía en los pontífices y respondía más a razones políticas que prácticas, de esta manera a menudo los solsticios se movían hasta tres meses respecto a su fecha real.

El año romano empezaba con el mes de Marzo en honor a Marte, patrón de Roma y padre de Rómulo, e indicaba el inicio de las campañas bélicas. Seguía el mes de Abril que podría deber su nombre a un derivado de la palabra Afrodita griega, la Venus romana, pero no hay seguridad al respecto. Mayo parece derivar de la diosa Maia, diosa de la fertilidad y cuyo festival se celebraba en ese mes, lógicamente, y Junio proviene del nombre de la diosa Juno, según Ovidio, aunque menciona otras etimologías. Los siguientes meses son nombrados según su orden en el calendario, del quinto al décimo; el mes quinto se cambiaría de nombre a finales de la República en honor a Julio César y recibiría el nombre de Julio y el mes sexto posteriormente en honor a Octavio Augusto, pasando a llamarse Agosto. Los meses restantes derivarían en los actuales Septiembre (7º), Octubre (8º), Noviembre (9º) y Diciembre (10º). Los dos meses finales correspondían a Enero y Febrero, el primero recibe su nombre de Jano dios dual de las transiciones y el segundo de las festividades de purificación Februa. En -153 para poder planificar las campañas militares con antelación se cambió el inicio del año de marzo a enero.

Los meses romanos tenían entre 28 y 31 días, pero no se correspondían con la duración actual, excepto en algunos casos. La duración actual proviene de las reformas de Julio César y las modificaciones posteriores del senado para honrar a Augusto. César en -46 estableció que el año duraría 365 días con 12 meses y se añadiría un día en febrero cada cuatro años, para un año bisiesto de 366. Los meses pares tendrían 30 días, excepto febrero con 29, y 31 los impares. Por razones políticas posteriores, Julio y Agosto tendrían los dos 31 días y se restó uno a febrero, para mantener la alternancia se cambiaron los días de septiembre a diciembre, llegando a la forma actual. El calendario juliano corrigió los desfases arrastrados, pero seguía produciendo un atraso de 1 día cada 128 años, entre 1582 y 1587 fue substituido en Europa central y occidental por el calendario gregoriano.

Las fechas se indicaban según los días que faltaban para el siguiente hito del mes, siendo estos las calendas, las nonas y los idus. Las calendas eran el primer día del mes, cuando se pagaban los alquileres y las deudas. Las nonas caían el día 5, excepto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre que era el día 7; los idus el día 13 excepto en los anteriores meses que era el día 15. Así el día 20 del mes de enero se notificaría como 11 días antes de la calenda de febrero, teniendo en cuenta que la numeración romana incluye el primer día (en nuestro cómputo actual sería 10 días). El día 3 de febrero sería 3 días antes de la nona de febrero (el día 5), por ejemplo, pero el día 4 se llamaría pridie nonas. Cuando faltaban dos días se utilizaba el término pridie. Bastante confuso para el método actual, bastante más directo.

Para los años se utilizaban los cónsules que se habían nombrado para ese periodo para identificarlos. Así el año -200 fue el segundo consulado de Publio Sulpicio Galba Máximo (cónsul senior) junto a Gayo Aurelio Cota (cónsul junior). Lógicamente esto implicaba recordar la larga lista de cónsules para poder determinar el año del que estamos hablando. Los cónsules se nombraban el 15 de marzo, los idus de marzo, fatídica fecha para Julio César, que marcaba el inicio del año romano, más o menos coincidente con el equinoccio de primavera, cuando empieza a haber más horas de día que de noche. Tras el cambio de inicio de año se instauró el 1 de enero como fecha de nombramiento. Otra manera de determinar los años era la utilizada por los historiadores en sus anales, que partían de la consensuada fecha de fundación de la ciudad de Roma, en nuestra datación actual -753. En el ejemplo anterior la fecha sería el año 554 ab Urbe condita (AUC o AC), desde la fundación de la ciudad.

En los calendarios romanos (fasti) a cada día le correspondía una serie de letras y abreviaciones que indicaban qué tipo de día era y qué tipo de actividades se podían realizar. La primera letra era A, B, C, D, E, F, G o H y se utilizaba para designar el día de mercado el nundinae. En un mismo año todos esos días correspondían a la misma letra, que cambiaba de año en año. Si un día era calenda se indicaba con K seguido de la abreviatura del mes, por ejemplo K.MAR era el primero de marzo. Las nonas se indicaban con NON y los idus con EIDUS. Las siguientes letras representaban las actividades permitidas, la C era para los dies comitialis, jornadas que permitían las asambleas (comicios), pero no los juicios, excepto si era un nundinae. La N era para los dies nefasti, los días nefastos, cuando no se podían realizar juicios ni asambleas, al contrario que los dies fasti marcados con F. Los llamados dies endotercisis EN, días cortados, eran nefastos por la mañana y la noche, pero no el resto del día. También estaban los NP, fiestas públicas, considerados también nefastos. Muchas festividades tenían sus propias abreviaturas.

Reproducción de un calendario romano de la época imperial. Podemos ver que las nundinae de ese año caían en la letra A, abajo se indica la duración de los días de cada mes. Fuente.

En Roma se celebraban numerosas fiestas públicas. Durante esos días se suspendían las actividades políticas y los litigios y los esclavos no debían trabajar, prácticamente solo se podían realizar actividades religiosas y descansar. También estaban los juegos, ludi, que tenían un significado religioso, pero comprendían actividades deportivas, teatrales, procesiones, banquetes, espectáculos con animales y las muy populares carreras de carros.

También estaban los combates de gladiadores, los munera. En -264 ya se había consolidado, a través de la influencia griega, la celebración de ritos funerarios que involucraban derramamiento de sangre mediante el combate, pero con pocos participantes. Con el tiempo fueron creciendo en popularidad y en número de combatientes y hacia -100 se desvincularon de su significado ritual, siendo meras muestras de poder y riqueza por parte de los organizadores.

Las fiestas y juegos principales durante la época republicana para un año dado eran los siguientes:

Feriae Marti, 1 de marzo, festival en honor de Marte con procesiones y cánticos.

Equiria, 14 de marzo, fiesta dedicada a Marte con carreras de caballos.

Liberalia, celebrada el 17 de marzo, festival a los dioses de la fertilidad, Liber y Libera.

Quinquatrus, del 19 al 23 de marzo. Purificación de los escudos sagrados, junto a un sacrificio a Marte y también a Minerva.

Tubilustrium, durante el 23 de marzo era el festival de limpieza de las trompetas de guerra que marcaba el inicio de las campañas.

Ludi Megalenses, del 4 al 10 de abril. A partir de -204, en honor a Cibeles, la mayoría de juegos eran representaciones teatrales, con banquetes y procesiones. Solo el último día se realizaban juegos en el circo.

Cerialia, era un festival celebrado del 12 al 19 de abril dedicado a Ceres, diosa de la tierra, para conmemorar la búsqueda de su hija Proserpina al submundo, cuya salida de allí marcaba la primavera.

Ludi Cereales, del 12 al 19 de abril. Dedicados a Ceres, a partir de -202, se dejaban libres zorros con antorchas atadas a sus colas. Se basaban en artes escénicas, pero el último día había carreras de carros.

Fordicidia, 15 de abril, era el ritual de sacrificio de una vaca embarazada a Tellus, diosa también de la tierra. Los embriones eran quemados y sus cenizas usadas en Parilia.

Parilia, durante el 21 de abril, era un festival de purificación en honor de Pales y fecha de la fundación de Roma. Se realizaban hogueras sagradas y se bendecía a los animales.

Vinalia, el 23 de abril se bebían los primeros vinos, ofreciéndose a Júpiter.

Robigalia, fiesta del 25 de abril en honor a Robigus, dios de las cosechas, se sacrificaban un perro y una oveja.

Floralia, del 28 de abril al 3 de mayo, se realizaba en honor a la diosa Flora y la primavera, animales de gran fertilidad, como los conejos, se liberaban en el Foro.

Ludi Florales, del 28 de abril al 3 de mayo. A partir de -283, cuatro días de representaciones teatrales con actrices y prostitutas desnudas, con el último día para los juegos del circo.

Lemuria, se celebraba el 9, el 11 y el 13 de mayo. Se realizaba un ritual en las casas para calmar a los hambrientos y furibundos espíritus de los antepasados.

Argei, celebrado el 15 de mayo, ceremonia de purificación de las vestales y el máximo pontífice.

Ludi Apollinares, del 6 al 13 de julio. Dedicados a Apolo, a partir del -212. Principalmente actividades teatrales, con dos días finales para el circo.

Ludi Victoriae Caesaris, del 20 al 30 de julio. Inicialmente promovidos por César para honrar a Venus en -46, pero tras su muerte fueron dedicados a él. Comprendían siete días de juegos teatrales y cuatro de juegos circenses.

Consualia, 21 de agosto, celebraba la cosecha y honraba al dios Consus, el altar subterráneo bajo el circo máximo se llevaba a la superficie y se retiraba la tierra que lo cubría. Se sacrificaban frutos y se llenaban los silos de la ciudad. Los animales que habían trabajado bien ese año descansaban.

Opiconsivia, celebrado el 25 de agosto, se realizaba en honor de la esposa de Consus, Consivia, y la fertilidad de la tierra. También se hacían alabanzas a Ops, diosa de la abundancia, de ahí el nombre del festival.

Mundus patet, durante el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviembre. Cuando las puertas del submundo se abrían y los fantasmas recorrían la tierra, representado con la apertura de las Lapis Manalis de Roma. Se arrojaban frutos a ese gran pozo para calmar a los espíritus.

Ludi Romani, del 5 al 19 de septiembre. Los juegos más antiguos que se conocen, dedicados a Júpiter, a partir del año -366.

Equus Octobris, 15 de octubre, era un ritual de sacrificio de un caballo a Marte y un combate posterior para ganar su cabeza. La cola se empapaba en sangre y se utilizaba posteriormente en Parilia.

Armilustrum, el 19 de octubre marcaba el final de las campañas bélicas y se celebraba limpiando y purificando las armas antes de guardarlas para la siguiente campaña.

Ludi Victoriae Sullae, del 26 de octubre a 1 de noviembre. Dedicados a Sula por sus victorias, a partir de -82. Eran seis días de juegos teatrales y uno de juegos circenses.

Ludi Plebeii, del 4 al 17 de noviembre. Los segundos juegos más antiguos, datados en -216, representando la reconciliación de la plebe con los patricios. Consistían en nueve días de juegos teatrales que culminaban con un gran banquete en honor a Júpiter. Posteriormente se realizaba una procesión de la tríada capitolina Júpiter, Juno y Minerva (originalmente Júpiter, Marte y Jano-Quirino) que terminaba en el circo con cuatro días de juegos circenses.

Consualia, el 15 de diciembre se repetía el festival de la fertilidad, pero añadiendo la celebración del rapto de las Sabinas.

Saturnalia, durante el 17 de diciembre se celebraba la cosecha antes del invierno. Se sacrificaban lechones a Saturno e incluía banquetes, intercambio de regalos y otros sacrificios. Con el tiempo llegó a  durar hasta tres días.

Opalia, el 19 de diciembre recibía la celebración en honor a Ops, diosa de la abundancia y esposa de Saturno.

Parentalia, del 13 al 21 de febrero, festival privado de honra a los muertos, llevando flores y alimentos a los sepulcros.

Lupercalia, el 15 de febrero se celebraba un festival de purificación y fertilidad, se sacrificaban varias cabras y un perro y se pintaba la cara de dos jóvenes patricios con su sangre, que, vestidos con pieles de cabra, recorrían la ciudad y azotaban a las jóvenes que se encontraban con un pequeño látigo para incrementar su fertilidad.

Feralia, celebrado el 21 de febrero, festival público que marcaba el fin de la paternalia con el sacrificio de un cordero.

Para terminar esta entrada, dedicada al calendario y las festividades, quiero desear un feliz año 2021 a todo el mundo, esperando que podamos superar la COVID-19 individualmente y como sociedad. También quiero agradecer el esfuerzo realizado por el personal sanitario, muchas veces desbordados por la falta de recursos, y a todas aquellas personas que hacen lo posible para evitar que se propague la enfermedad. Muchas gracias a todos y a todas.

La guerra durante el siglo XVIII

Táctica, uniformes y armamento

Imagen: Ataque de la infantería prusiana en la batalla de Hohenfriedberg (1745) durante la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748) por Carl Röchling (1855-1920). Se puede apreciar el avance en linea de tres filas de la infantería armada con fusiles y bayonetas dirigida por los oficiales mientras algunos soldados caen por el fuego de los defensores. Nótese también la uniformidad de las casacas de color azul marino, con forros rojos y calzas de color crema. Los gorros indican que son granaderos. Fuente.

En esta entrada vamos a describir cómo eran los ejércitos y las tácticas bélicas básicas durante el siglo XVIII. Durante este siglo sucedieron conflictos muy importantes como la Guerra de Sucesión Española (1701-1715), la Guerra de los Siete Años (1756-1763), la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos de América (1775-1783) y las Guerras Revolucionarias Francesas (1789-1799). Gracias a la labor de investigación sobre la Guerra de Sucesión en Cataluña de Francesc Xavier Hernández Cardona disponemos de detallada información sobre este periodo.

Los mosquetes y arcabuces, junto a las picas, habían dominado los campos de batalla durante el siglo XVII. La aparición del fusil con bayoneta cambió este panorama permitiendo combinar el cuerpo a cuerpo con las armas de fuego, erradicando rápidamente las viejas armas y cambiando el estilo de combate. Las formaciones se fueron estirando para permitir mayores disparos simultáneos y se concretaron en líneas de tres o cuatro filas. La llamada infantería de línea duró hasta el siglo XIX y permitía sucesivas salvas una tras otra: mientras una línea recargaba otra se desplazaba al frente y disparaba.

Juntamente a la infantería de línea se utilizaban unidades de elite llamadas granaderos. Los granaderos eran expertos en el uso de granadas, armas muy inestables y peligrosas que no gozaron de mucha popularidad. La función principal de estas unidades era el choque y el asalto cuerpo a cuerpo, las componían soldados en los que primaba la fuerza bruta. Para complementar el ejército en misiones de exploración, guerrillas, cobertura en retiradas y apoyo en el campo de batalla se crearon escuadrones de infantería ligera. La caballería se dividía en coraceros -caballería de asalto cuerpo a cuerpo-, dragones -infantería montada- y húsares -caballería ligera de elite-.

El combate con fusil se realizaba erguido ya que era muy difícil recargar el arma en cualquier otra posición y además permitía la movilidad necesaria del infante para cambiar a diversas formaciones, avanzar o cargar. El alcance efectivo del fusil era de 150 metros, siendo los 100 metros una distancia orientativa máxima a la que se podía atacar al enemigo. La táctica habitual era disparar masivamente toda una línea de fusileros a corta distancia, lo que aseguraba acertar a la formación enemiga. La recarga del fusil era bastante más rápida que la de las anteriores armas de fuego lo que permitía a un infante disparar, normalmente, tres tiros cada dos minutos.

El éxito en el campo de batalla dependía de la habilidad de los oficiales de calcular la distancia adecuada, respecto al enemigo, para dar la orden de disparar. Los atacantes avanzaban a paso ligero, pero sin correr para evitar romper la formación y la línea, al ritmo del tambor y los pífanos. Se procuraba prescindir de gastar energías al principio de la batalla ya que serían necesarias al final en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo o la huida. Mientras avanzaban, la artillería defensora procuraba menguar su número. En el caso de que una línea se viera tocada por un proyectil de artillería los soldados de las filas traseras avanzaban al frente. Al llegar a una distancia adecuada se detenían y realizaban una descarga, acto seguido se lanzaban a la carga con las bayonetas para evitar recibir una descarga de respuesta del defensor.

Los defensores solían esperar a que los atacantes estuvieran aproximadamente a 100 metros para realizar una descarga. La humareda que creaban los disparos ocultaba la línea defensora y perjudicaba los cálculos y la puntería de los atacantes cuando se detuvieran a disparar. En ese tiempo recargaban y realizaban una segunda descarga antes avanzar con la bayoneta para entrar en cuerpo a cuerpo. Esta segunda descarga era posible siempre que los atacantes no estuvieran demasiado cerca o avanzaran demasiado rápido, por tanto decidir cuándo disparar por ambas partes y calcular la distancia del enfrentamiento era vital.

A finales del siglo XVII los tercios españoles aún se organizaban en compañías que contenían piqueros, arcabuceros y mosqueteros. Los primeros cambios se realizaron al incorporar compañías de granaderos que disponían de los nuevos fusiles. Durante la Guerra de Sucesión Española se reformaron los ejércitos franceses y españoles hacía una infantería de fusileros con bayoneta. Los ejércitos se organizaban en regimientos, substituyendo a los tercios, que se subdividan en dos o tres batallones y éstos en varias compañías de 50 a 150 hombres, una compañía de cada 10 solía ser de granaderos.

Los soldados empezaron a vestir de forma uniformada y con el mismo color en la casaca según su afiliación, pudiéndose identificar a los diferentes regimientos según el color de los forros de las casacas, de las chupas o las puñetas. Incluso el color de las corbatas y las calzas servía para dar más granularidad e identificar divisiones ya que las combinaciones de colores eran limitadas. Por ejemplo el color blanco de las casacas se utilizaba, mayoritariamente, por parte de las tropas españolas, el azul o el gris por las francesas, el rojo por las británicas, el blanco o el gris en las austriacas y el azul marino por las prusianas. Así se solía utilizar un color auxiliar para el forro, como el rojo para las tropas españolas, y otro, para las divisiones dentro del mismo ejército, para las calzas.

El uniforme -llamado vestido de munición- se caracterizaba por un sombrero o tricornio, una casaca, la chupa, una corbata o lazo en el cuello, calzas, medias, polainas y zapatos. La caballería llevaba botas, en el caso de los coraceros, y botines en el caso de los dragones y se cubrían con una manta ribeteada. Los granaderos llevaban gorra y la infantería ligera prescindía de la corbata,  llevaba un gambeto en lugar de la casaca, camisola en lugar de chupa y las calzas eran más anchas. Las alpargatas eran frecuentes en toda la infantería.

Las armas de la infantería consistían en fusil con bayoneta, espada y cartuchera de hasta 20 unidades. Para los granaderos se añadían un hacha de mano y granadas; la pistola, la carabina y el sable eran para la caballería junto a una cartuchera más ligera. La infantería ligera era más heterodoxa, aunque se fue confundiendo cada vez más con las tropas regulares, en lugar de cartuchera llevaban una pequeña bolsa con municiones y herramientas, el arma más común era el fusil -a menudo con bayoneta- y, en ocasiones, llevaban escopeta. Algunos utilizaban en su lugar par de pistolas y puñales. Se utilizaban tambores, pífanos y otros instrumentos musicales, como trompetas, para marcar el ritmo de avance de las tropas y comunicar órdenes.

Durante las Guerras Napoleónicas este modelo bélico cambió, la movilidad ganó protagonismo frente a la rigidez de la línea de infantería, la artillería se convirtió en una unidad en sí misma y no solamente como apoyo, la logística y la estandarización volvieron más versátiles a los ejércitos y el número de soldados reclutados aumento enormemente gracias a la capacidad de producción industrial de armamento. Poco a poco la aplicación de las mejoras técnicas y la racionalización cambiaron la forma de hacer la guerra, haciéndola cada vez más mortífera hasta su eclosión durante la I Guerra Mundial y el horror que provocaría.

Bibliografía:

Hernández, F. X. y Riart, F. (2007). Els exèrcits de Catalunya 1713-1714. Barcelona: Rafael Dalmau Editor.

La Crisis Económica de 2008

¿Cómo llegamos ahí?

Imagen: dos empleados desmontando el cartel del banco Lehman Brothers tras la quiebra en 2008. Fuente.

Las crisis económicas son consustanciales al capitalismo ya que el motor de la economía capitalista son los incentivos individuales, estímulos a la inversión que no tienen en cuenta el conjunto de la economía. La inversión responde al mayor beneficio en un momento dado y a la minimización de las pérdidas para un inversor individual; el agregado de todas esas decisiones provoca crecimientos o caídas en la economía, afectando a personas que no han decidido nada en esas inversiones. Dicho de otra manera, privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas o cómo obtener un beneficio individual sin responsabilidad individual.

A partir del vínculo entre la economía real y la economía financiera durante una crisis la primera se ve muy afectada por las fluctuaciones a la baja de la segunda. Como comentábamos, se intenta paliar las pérdidas financieras a partir de una reducción de la economía real. El 15 de septiembre de 2008  se produjo la bancarrota de Lehman Brothers, fue en ese momento cuando se produjo una visión mundial de una crisis que ya se venía gestando desde hacía tiempo y afectaría durante 5 años a muchísimas personas en la economía real.

A partir de 2007, pero sobre todo de 2008, la tasa de desempleo en España no paró de crecer, de un valor de 8,3% -como referencia decir que una tasa de 3-4% se considera pleno empleo- hasta un 25,8% en 2012. Se considera el final de la crisis el año 2013 cuando el desempleo empezó a bajar. El año 2019 se cerró con un desempleo del 13,8% mostrando una cierta desaceleración en la creación de puestos de trabajo, y seguramente el año 2020 volverá con un ciclo de crecimiento del desempleo debido a la actual crisis potenciada por la enfermedad COVID-19 (Coronavirus Disease 2019 – Enfermedad por Coronavirus 2019). Los ciclos de desempleo en España parecen responder a unos ciclos de, aproximadamente, 12 a 18 años, por tanto es probable que la tasa de desempleo vuelva a estar en su mínimo, entre 2030 y 2038.

Las crisis como consustanciales al capitalismo

Los mecanismos que provocaron la conocidísima crisis de 1929 fueron básicamente los mismos que afectaron a la crisis de 2008. El principal componente es la oscilación de la tasa de beneficio. La tasa de beneficio de los inversores (empresarios, financieros, bancos, fondos de inversión, accionistas, etc.) empieza a bajar sistemáticamente cada cierto tiempo afectada por determinados factores. En el pasado hemos tenido crisis relacionadas con la pérdida de la tasa de beneficio en 1873, 1929, 1973, 1993 y 2008, por ejemplo.

Al no existir inversión planificada se invierte a conveniencia de cada inversor, apostando por el máximo beneficio y en consecuencia el beneficio no es constante. Hay periodos de beneficio estable seguidos de otros en los que cae debido a la ley de rendimientos decrecientes que se aplica a cualquier actividad económica. A lo largo del tiempo, al expandirse la actividad económica y la inversión, la tasa de beneficio es cada vez más pequeña hasta llegar a casi cero. Todo el ciclo lleva implícito una fase de crecimiento o recuperación económica y otra de caída.

Al producirse crecimiento económico se produce a la vez un agotamiento de oportunidades de inversión -despareciendo las más rentables al principio y dejando oportunidades cada vez más arriesgadas y menos rentables hacia el final del ciclo-, un agotamiento de los recursos -provocando escasez y alza de precios, con un consecuente aumento de costes y por tanto de reducción de la tasa de beneficio- y un aumento paulatino de los salarios, llegando al pleno empleo (lo cual encarece también los costes). Esto produce una crisis que provoca caída de los salarios, desempleo y caída de precios, esta destrucción de la inversión vuelve a atraer inversores y el ciclo se reanuda.

Estamos hablando de una situación de sobresaturación en la economía, un estado en el que hay un exceso de demanda, agotamientos de materias primas, bajada del beneficio y decrecimiento económico.

Posiciones ante las crisis

Existen varias posiciones respecto a cómo encarar las crisis económicas, vamos a mencionar las tres más importantes:

  • Liberal: las crisis son una destrucción creativa necesaria y temporal, básicamente un darwinismo económico, son inevitables y buenas ya que provocan limpieza en el mercado.
  • Keynesiana: las crisis se han de combatir estimulando la demanda, evitando la caída de la demanda mediante incentivos públicos (como polos de desarrollo, excepciones fiscales, subvenciones, etc.).
  • Marxista: la caída del beneficio que provocan las crisis es tendencial y constante, imparable, hasta que llegará un momento en que no se podrá expandir más el mercado y la economía capitalista colapsará.

En una crisis se sabe cuándo se entra, pero no cuando se sale. La propia crisis desencadena siempre procesos negativos imprevistos que retrasarán la recuperación o directamente la impedirán. Por ejemplo la erosión de tierras de cultivo abandonadas y los desastres ligados al clima que provocaron el fenómeno del Dust Bowl en los Estados Unidos durante los años 1930. Este fenómeno potenció los problemas de la Gran Depresión y pudo ser atajado, en parte, por las medidas intervencionistas del New Deal de Roosevelt.

Estamos hablando del lado oscuro de las inversiones, no hay inversiones, ni intervenciones territoriales, que sean implícitamente buenas para todo el mundo, siempre producirán efectos negativos de mayor o menor calado. Para poder tener una estabilidad económica y evitar los vaivenes de las oscilaciones de la tasa de beneficio podemos aplicar una perspectiva keynesiana a la gestión económica. El gasto público permite que la economía crezca y se recupere rápidamente después de una caída y el aumento de impuestos impide que crezca muy rápidamente y provoque una caída al cabo de poco tiempo.

Financiación de las crisis

El capitalismo financiero busca rendimientos apostando a un aumento de la actividad productiva o a la demanda de acciones, sin control respecto a cómo van a evolucionar. En 2008 hubo una serie de flujos de capital inversor desde China, ya desde 2006 (y hasta 2015) el crecimiento del PIB chino era exponencial. El país había experimentado un aumento de la producción con salarios bajos, una tasa de beneficios creciente y una acumulación de capital, por tanto, también creciente, pero que no era retornable en China ya que no había posibilidad de crear más economía real productiva. Por tanto el capital chino empezó a expandirse por el mundo.

La sobreabundancia de capital no invertible es producto de la ley de rendimientos decrecientes y también del deseo de evitar la sobreproducción, en consecuencia el incremento del benéfico cae. La sobreproducción hace muy poco atractiva la economía productiva real y en cambio la financiera se torna con unas perspectivas de beneficio mayores, por tanto se invierte apostando en bonos, acciones y préstamos (capital financiero). En el caso de China se produjo una inversión en inmobiliaria, unos créditos baratos debido al gran capital que se invierte en ellos.

Al disminuir la tasa de rendimiento productivo se busca una salida al capital generado, que se dirige hacia la especulación: el capital financiero. Esto genera riesgo creciente, hay una demanda de rendimientos y por tanto un aumento de la apuesta debido a la gran cantidad de capital en movimiento. Las apuestas se diversifican buscando mayores beneficios y crece la oferta de apuestas arriesgadas. Este suceso fue el que provocó la crisis de 1929.

Durante los pedidos de crecimiento económico hay una cierta redistribución de la renta a favor del capital y en contra de los salarios. Se produce una sobreacumulación de capital debido a los salarios bajos de partida y a un beneficio alto inicial. Esto provoca que la actividad productiva se vuelva poco rentable al cabo de un tiempo. Los salarios se incrementan para favorecer que se compre todo lo que se produce, pero estos no crecen lo suficientemente rápido para adquirir la producción, que se acumula. También se estimula el crédito para el consumo, endeudando a las familias.

Pero el pago de las deudas, como las hipotecas, impide que se consuma, lo que impide el beneficio extraído de la producción, estimulando la inversión en finanzas, entre ellas las hipotecas, que se conceden a perfiles cada vez más arriesgados a medida que los solventes se agotan. Esto a su vez endeuda más a la población volviendo a activar el ciclo.

Debido a este ciclo hay un aumento del riesgo y por tanto un aumento del porcentaje de crédito que se demanda, de beneficio esperado acorde al riesgo tomado. Se compran pisos esperando un alto porcentaje de beneficio vendiéndolos en poco tiempo gracias a la alta demanda de compra de pisos para invertir el capital generado. Esto en general crea una expansión del crédito y la especulación, generando bonos basura e hipotecas subprime (hipotecas basura), una burbuja de beneficios que nadie quiere que acabe, pero que en un momento u otro va a estallar.

Trailer de la película La Gran Apuesta de 2015, que muestra el momento previo al estallido de la crisis de 2008 y cómo ciertas personas la previeron y buscaron sacar partido de ella.

Sucede que el inversor deja de ganar debido al riesgo, se empiezan a perder apuestas y las que se ganan no permiten compensar las pérdidas, con lo que deja de invertir y se vuelve conservador. El problema es que hay que devolver un dinero que se ha pedido a deuda y no se dispone de él.

En el caso del estado se intenta generar beneficios para poder pagar el endeudamiento:

  • Recortes en el sistema público y funcionarial.
  • Aumentar la edad de jubilación.
  • Reducción del gasto público: pensiones, desempleo, sanidad, servicios públicos generales y educación (representan los mayores gastos del estado, por orden de mayor a menor).

Gastar poco permite devolver la deuda y generar confianza, atrayendo nueva inversión, además mejora las condiciones del sector privado con lo que aumenta el crecimiento y se recauda más, permitiendo devolver más deuda. Como lado negativo encontramos que reduce el consumo y alarga la duración de la crisis. Respecto a la crisis de 2008 en España el principal problema fue la acumulación de inversión exterior a devolver por parte del estado y la falta de liquidez para devolverla.

En resumen:

El exceso de capacidad productiva lleva a una reducción de la tasa de beneficios que conlleva, por un lado, una reducción de los salarios y, por otro, a la expansión del crédito y la especulación. La especulación aumenta el riesgo, produciendo la posibilidad de quiebra, el miedo a la bancarrota contrae el crédito. La falta de créditos junto a la reducción salarial produce una disminución en la demanda y esta reducción acaba cancelando la inversión, lo que nos lleva a una crisis: despidos para ajustar al volumen de demanda de productos, quiebras por no poder devolver el dinero pedido para especular, recortes públicos para poder compensar la falta de ingresos del estado.

La crisis en España

En el caso español la construcción y la venta inmobiliaria aumentaron mucho la especulación y el riesgo de la inversión, lo que creaba un mayor porcentaje de probabilidad de quiebra. El inicio de la burbuja inmobiliaria fue en 1997 y estalló cuando la crisis de las hipotecas subprime produjo la falta de liquidez que hemos comentado. El precio de la vivienda en España se disparó a partir de 1999 y empezó a desplomarse en 2007, llegando a un mínimo relativo en 2013, cuando volvió a aumentar año tras año.

A su vez la inmigración produjo una bajada de salarios por sí misma, lo que agravó la bajada salarial producida por la crisis posteriormente. Hubo un crecimiento acusado de la inmigración entre los años 1999 y 2010, pasando de menos del 2% de la población a algo más del 12%. Muchos de los trabajos realizados por los inmigrantes estaban relacionados con la burbuja inmobiliaria española, como la construcción o la hostelería, y afectaron a los salarios de esas profesiones.

Por otro lado se establecieron impuestos bajos durante la etapa de crecimiento y se aumentaron durante el descenso, siendo esto algo contraproducente ya que debería ser al revés. Pero en el caso español se primaba el beneficio empresarial durante la subida y se intentaba pagar la deuda después, ahogando al trabajador y al pequeño empresario.

En el peor momento, el año 2009, la deuda privada española era del 204,2% del PIB (119,2% de empresa y 85% de hogares), siendo el beneficiario final de esta deuda, en mayor parte, China y gracias a la permisividad del Banco de España al permitir un endeudamiento que no era posible sostener. Ese mismo año la deuda pública era del 53,3% del PIB y subió hasta el 100% en 2014. En 2018 se había reducido la deuda privada hasta un 133,5% del PIB.

Urbanismo (II)

Los Pre-urbanistas

Imagen: Estampa con las obras de construcción y urbanización de la madrileña calle Claudio Coello en 1872, actualmente en el barrio de Salamanca. El ensanche de Madrid, realizado mediante el Plan Castro, recogía varias de las ideas higienistas que veremos a continuación. Fuente.

El urbanismo tal y como lo conocemos actualmente proviene del siglo XIX y la Revolución Industrial y etimológicamente procede de la palabra latina Urbs/Urbis que significa ciudad. Por tanto el urbanismo sería la disciplina que estudia las ciudades: su diseño, planificación, construcción, ordenamiento y adaptación. Según Gaston Bardet el término urbanismo surgió alrededor de 1910, aunque podemos encontrar ejemplos de diseño urbano ya en la Edad Antigua.

Sin embargo la diferencia con las artes urbanas anteriores al siglo XVIII radicaba en que la nueva disciplina era reflexiva, crítica y tenía pretensión científica. El nuevo urbanismo pretendía solucionar los problemas de las nuevas ciudades industriales, las ciudades de las máquinas, aspirando a tener un carácter universal, científico y verdadero. La teoría urbanística como tal surgió tras la I Guerra Mundial ligada a los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron y que hicieron de la ciudad un centro para esos cambios, modificándola o creando otras nuevas.

Pero anteriormente, en el siglo XIX, surgieron una serie de pensadores y críticos de la situación de la ciudad europea. Una ciudad que, como hemos visto, tuvo grandes cambios, muchos de ellos no para mejor. Estos pensadores los podemos llamar pre-urbanistas, ya que si bien tenían la ciudad como punto central de su discurso, analizaban toda la sociedad europea en su conjunto y pretendían un cambio social más que una alteración de la morfología urbana. Estos pensadores se ocupaban de las problemáticas de las ciudades sin disociarlas de las cuestiones surgidas en torno a la estructura social. Françoise Choay clasificó a estos intelectuales en tres grupos: Cuantitativistas, Higienistas y Críticos-políticos.

Cuantitativistas

El primer grupo englobaba a aquellos observadores y registradores de los fenómenos urbanos como las epidemias, las condiciones de vida de sus habitantes o el crecimiento demográfico y urbano. Eran principalmente estadísticos, de ahí su nombre, y no ahondaban más allá de señalar los problemas de los ciudadanos. Alfred Legoyt estudió la ciudad de París y la emigración francesa, Pierre Émile Levasseur analizó el comercio y los factores geográficos que lo influyen, Frédéric Le Play observó la vida en los hogares, principalmente de los mineros, y la influencia de los salarios, Adolphe Quetelet aplicó el método estadístico a la sociología y Adna Ferrin Weber, en Estados Unidos, investigó el crecimiento urbano.

Higienistas

El segundo grupo lo componían aquellos preocupados por la mortalidad en las ciudades, interesados en crear leyes que la redujeran, en su mayoría eran sacerdotes y médicos. Según Francesc Nadal la medicina preventiva y las vacunas influyeron para crear métodos de defensa a priori contra la enfermedad en lugar de una medicina curativa basada en remedios a posteriori. También surgieron ideales poblacionistas que aspiraban a prevenir las enfermedades mediante la higiene y la alimentación, así como intereses entre los empleadores para poder tener una mano de obra industrial sana y productiva.

Las ideas higienistas se basaban en evitar la contaminación industrial, aumentar la entrada de luz solar en calles y viviendas, desinfectar las superficies y crear fuentes de proteínas para los obreros, como los prados urbanos para el pasto de ganado. Para lograrlo presionaron para expulsar las fábricas del núcleo urbano, evitar el chabolismo mediante viviendas planificadas, abrir la trama urbana creando ventilación y buscaron dotar a los barrios de equipamientos como hospitales y zonas verdes. El derribo de las murallas también fue una idea higienista ya que impedían el desarrollo del resto de medidas, como constata el proyecto Abajo las murallas (1841) de Pere Felip Monlau.

Críticos-políticos

El grupo más numeroso y heterogéneo es el tercero, compuesto por pensadores que a partir de un diagnóstico global de la sociedad realizaban propuestas para configurar un nuevo orden social en el cual debía existir un nuevo modelo de ciudad. Choay dividió este grupo a su vez en otros tres: Progresistas, Culturalistas y Progresistas sin modelo.

a) Progresistas

Los progresistas eran defensores del progreso técnico y buscaban terminar con las necesidades humanas mediante la ciencia, resolviendo los problemas de la relación humanidad-medio ambiente y entre los seres humanos entre sí gracias al conocimiento científico. El principal problema que identificaron fue la propiedad privada de los medios técnicos que provocaba dominación y explotación de unos seres humanos hacia otros. Su propuesta para solucionarlo era una sociedad imaginaria sin dominación ni propiedad de los medios de producción, en la que se desarrollaría una humanidad perfecta cuyas necesidades universales, deducibles científicamente, estarían plenamente cubiertas.

Su vertiente política era muy cercana al socialismo utópico y se dedicaban a analizar, clasificar y zonificar el espacio urbano teniendo también en cuenta elementos de los higienistas como el acceso al agua corriente o la iluminación. En general tenían bastante aprecio por la austeridad y las figuras geométricas, en contraposición al barroquismo de la burguesía, el modernismo.

Eran críticos con los anteriores grupos de pre-urbanistas acusándoles de ser demasiado pasivos, simplemente descriptivos, entendiendo ellos que es más importante la solución que la crítica. En ese sentido identificaron la ciudad como el elemento vinculante de la sociedad industrial y el capitalismo, donde era más palpable la alienación, la explotación, las desigualdades y los conflictos. Para poder corregir esta situación insostenible crearon sociedades perfectas alternativas al capitalismo a las que había que aspirar y como elemento fundamental se encontraba el modelo urbano perfecto de esa sociedad.

Robert Owen, como socialista primerizo, fundamentó sus teorías en la educación para formar mejores personas, más morales, capaces de dominar la máquina mediante el conocimiento técnico y de esta manera mejorar el rendimiento industrial. Se oponía a la lucha de clases y buscaba el cooperativismo, siendo la escuela el aspecto más determinante de la nueva sociedad a la que aspirar. Escribió A new view of Society (1813), Report to the country of Lanark (1816) y The book of the new moral world (1836).

Charles Fourier fue un autor muy detallista e incisivo, cuyo ambicioso objetivo, tal vez inalcanzable, era la armonía universal. Sus principales críticas iban dirigidas hacia la competencia a la que se ven abocados los trabajadores y la división del trabajo, a las que culpaba de la alienación obrera. Creía que erradicando los principales rasgos del capitalismo se llegaría a un estado definitivo de sociedad perfecta. Su propuesta más concreta fue el falansterio, una unidad habitacional basada en la libre consecución de las necesidades personales, respetando a su vez la libertad personal de todos sus miembros. El falansterio sería la unidad básica de la nueva sociedad, articulado como un palacio y con una distribución ordenada de las funciones urbanas en base a un sistema de pequeños propietarios. Fourier diseñó al detalle tanto la nueva sociedad que imaginaba como los falansterios en sus obras Théorie des quatre mouvements (1808), Traité de l’association domestique (1822) y Le nouveau monde industriel et sociétaire (1829).

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Falansterio y tierras circundantes, diseñado por Fourier en 1822. Fuente.

Pierre-Joseph Proudhon fue un destacado anarquista promotor del cisma con el comunismo. Defendía a ultranza la libertad individual y era muy crítico con lo que llamaba “Ciudad Museo”, una urbe orientada al espectáculo, el turismo y al embellecimiento de calles y edificios históricos. Proudhon exaltaba el papel de la industria en la nueva sociedad que él creía se estaba formando y fomentaba el valor de uso contra la estética, a la que identificaba como patrimonio de la burguesía. Para esta nueva sociedad buscaba garantizar la libertad personal y por tanto era necesario proporcionar viviendas dignas, pleno empleo industrial, buscar el progreso técnico y articular las ciudades en base a casas unifamiliares y jardines.

Étienne Cabet tendía más hacia un comunismo que podríamos llamar utópico. Su pensamiento se basaba en las ideas marxistas de aportación según capacidad y recepción según necesidad. Entró en contacto con Owen con el que llegó a la conclusión de que los problemas sociales tenían origen en las desigualdades, con lo que la solución pasaba por un sistema social comunitario e igualitario. Influido por Tomás Moro y su obra Utopía (1516) escribió Viaje a Icaria (1840) describiendo una sociedad equilibrada, sin propiedad privada, sistemas productivos autosuficientes, tierras comunales y sin ejército ni policía. En Icaria las condiciones laborales se regulaban mediante una organización política asamblearia. El diseño de la ciudad que proponía Cabet era circular, con una rejilla ortogonal que la subdividía en calles, requiriendo un curso de agua central a partir del cual organizaba los sectores residenciales y los puntos comerciales comunales. También recuperaba elementos higienistas, como la situación fuera de la ciudad de fábricas y cementerios, y especializaba las calles por funciones ya fueran de transporte o de ocio, eso sí, eliminando el juego, las tabernas y las loterías. Inició el movimiento icariano que duró hasta 1898.

Los progresistas favorecían los grandes espacios verso a las aglomeraciones urbanas, gustaban de espacios verdes abundantes y ciudades pequeñas y ordenadas en estructuras elegantes. Buscaban el equilibrio funcional dentro de la ciudad con un espacio zonificado y amplio que favoreciera la higiene. Cada uno de ellos, como hemos visto, daba prioridad al factor que consideraba más importante para el cambio social: Owen la educación, Fourier la libertad, Proudhon la propiedad y Cabet la igualdad.

b) Culturalistas

Este grupo lo componían pensadores británicos que analizaban los problemas sociales desde un punto de vista global, no tanto urbano, y aunque detectaban los mismos problemas que veían los progresistas diferían sustancialmente en sus causas y soluciones. La principal causa que identificaban los culturalistas era la mecanización que, según ellos, rompía la unidad  que existía en la sociedad tradicional. La mecanización había eliminado la economía orgánica tradicional en favor una industria que provocaba aislamiento y disgregación a través de máquinas que transformaban a los seres humanos en otras máquinas. Aunque efectivamente la vida fabril producía problemas de alienación, los culturalistas creían en sociedades pasadas idealizadas que no poseían los problemas de la ciudad industrial. En ese sentido buscaban recuperar la espiritualidad, una colectividad unida y unos valores morales que creían perdidos. Respecto a las ciudades querían un entorno urbano bien diseñado, funcional y, muy importante, artístico, para facilitar la cohesión de las personas que la habitaban. La ciudad debía estar bien delimitada respecto al campo, ser de dimensión moderada y adaptada en forma a su territorio, sin utilizar figuras geométricas ideales.

John Ruskin era un profesor de bellas artes y opinaba que el arte reflejaba las virtudes de una sociedad, por tanto la sociedad del siglo XIX era desorganizada e incoherente a raíz del tipo de estética industrial que observaba. Intentó mejorar el aspecto urbano a partir del estudio de las ciudades clásicas, aunque dejaba en manos de la iniciativa privada el realizar las actuaciones concretas. Elogiaba la artesanía y la especificidad de cada obra y oficio, buscando la diversidad en los elementos urbanos, encajándolos entre sí de forma amónica. Los materiales que utilizaba eran orgánicos y comunes en los oficios de la sociedad pre-industrial contra el hierro y el acero de las nuevas edificaciones, en ese sentido buscaba dotar a cada edificio de una identidad única. Sus obras más políticas fueron Unto the Last (1862) y Munera Pulveris (1872).

William Morris fue un alumno de Ruskin que siguió el modelo planteado por su maestro, aunque con algunas diferencias, diseñando una propuesta utópica fundada en valores culturales. El arte debía ser creado por y para el pueblo, alejándose de la creación artística tradicional de la alta cultura enfocada a las clases dirigentes. Reivindicaba la clase obrera y el folklore como una cultura auténtica. Morris criticaba la explotación que observaba en las fábricas, pero no estaba en contra de la mecanización, explicaba ese abuso por la ausencia de valores morales. Como amante del pasado se basaba en una idealizada ciudad medieval como modelo a seguir, una “ciudad-pueblo” de tamaño pequeño, evitando las concentraciones urbanas mayores y las aglomeraciones industriales. Plasmó sus ideas en Hopes and Fears for Art (1881), Signs of change (1887) y Lectures of Socialism (1894).

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La Visión del Santo Grial, tapiz de 1890 diseñado por William Morris y sus colaboradores. Se pude ver el gusto por una Edad media idealizada y la influencia del Pre-rafaelismo. Fuente.

c) Progresistas sin modelo

Los progresistas sin modelo mantenían los ideales progresistas de mejora del futuro y búsqueda de una nueva sociedad igualitaria sin clases, pero se diferenciaban de sus colegas socialistas en que no poseían una visión utópica ideal y planificada de cómo debía ser la sociedad a la que llegar. Eso no quiere decir que no tuvieran propuestas para una ciudad que reflejaba un problema general y cuya morfología debía cambiar, pero tenían un carácter más pragmático. Además de sus críticas al capitalismo abogaban por la lucha de clases como método para cambiar la sociedad y la ciudad, escudándose en el materialismo histórico como explicación de la situación en que se encontraban. Aunque respetaban las ideas progresistas las veían como meras ideas irrealizables y la mejora de las condiciones de vida del presente debía ser la prioridad, no imaginar el futuro. La ciudad era un elemento intrínseco de sus análisis y en muchos aspectos sus obras serían los cimientos de la sociología urbana moderna.

Observaron que históricamente había existido una diferencia acusada entre la ciudad y el campo, siendo la primera la que tomaba las decisiones y la que atraía los flujos de capital mientras que el segundo acataba esas decisiones y producía las materias primas para la urbe. Esta diferencia se veía claramente en la situación de libertad de sus habitantes, estando los campesinos sujetos a la servidumbre mientras que en las ciudades se gozaba de mayor independencia. Según los progresistas sin modelo la ciudad había sido siempre el motor de cambio de la Historia y de las luchas de clases, un espacio liberador y al mismo tiempo alienador. Creían que la situación de explotación que estaban presenciando provocaría un escenario revolucionario que eliminaría el capitalismo e implantaría el comunismo tal y como el capitalismo había eliminado el feudalismo anteriormente.

La clase trabajadora urbana fue analizada a partir de la convivencia con los obreros, donde pudieron ver que las maravillas tecnológicas que se estaban produciendo en el siglo XIX contrastaban con las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Por ejemplo, observaron la indiferencia y falta de empatía que se producía entre ellos al sufrimiento y la pobreza de los demás, las aglomeraciones, el deterioro y la insalubridad dentro de las viviendas, la segregación social, la ocultación de la miseria en bolsas de pobreza urbana, las estrategias de construcción salvajes tales como materiales baratos, obsolescencia programada y aprovechamiento intensivo del suelo para construir cuantas más viviendas posibles (sin importar su minúsculo tamaño). Aunque el acceso a la vivienda siempre había sido un problema, con el capitalismo se agravaban aquellos aspectos que dificultaban su obtención. En general no defendían la tenencia en propiedad de la vivienda por los trabajadores, afirmando que esto provocaría problemas debido a la movilidad de residencia por cambio de lugar de trabajo y a la reducción de los salarios que se produciría, según ellos, si todos fueran propietarios.

Friedrich Engels abordó los problemas de las grandes ciudades a través de una crítica despiadada y el estudio de las condiciones de vida de los obreros. Le preocupaban la miseria de la clase trabajadora y denunciaba las medidas paternalistas de la democracia liberal, así como la caridad, como medio de paliar la pobreza y el acceso a la vivienda. Como hemos visto era un tema complejo y transversal, con el que Engels solamente percibía una posible solución a través de una revolución que permitiera otros modelos de acceso a la vivienda, como la propiedad colectiva. A partir del análisis de ciudades como Liverpool y Manchester quedó convencido de la inadecuación de las grandes aglomeraciones urbanas y como éstas favorecían la acumulación de la miseria y la segregación social. Las dos obras urbanistas de Engels fueron La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) y Contribución al problema de la vivienda (1873).

Karl Marx no fue tan prolífico como su compañero Engels en el análisis de las ciudades, pero afianzó las bases del estudio de los conflictos sociales urbanos a través del materialismo histórico. Este tipo de enfoque se basa en el análisis empírico y observa las relaciones de poder entre los diferentes agentes implicados en la construcción física y social de la ciudad: administración pública, empresas, promotores inmobiliarios, propietarios y ciudadanos. Es Marx quien constata que la ciudad puede ser un espacio liberador del individuo y al mismo tiempo alienador a través del estudio de Londres y su clase obrera.

Pero con el cambio de siglo las tendencias en el urbanismo cambiaron completamente. Las mejoras técnicas hicieron posible solucionar muchos de los problemas identificados por los pre-urbanistas y cambió la figura del urbanista hacia una mucho más técnica y específica alejada del cambio social que patrocinaban los pre-urbanistas. En la siguiente entrega veremos el papel de los urbanistas de principios del siglo XX y sus propuestas para crear una ciudad funcional y armoniosa.

Urbanismo (I)

Los problemas de la ciudad industrial (siglos XIX y XX)

Imagen: plano del proyecto original de ensanche de la ciudad de Barcelona en 1860 diseñado por el arquitecto Ildefons Cerdà. Los ensanches fueron ideados para poder solucionar parte de los problemas de la ciudad industrial. Fuente.

La sociedad urbana europea antes del siglo XIX tenía una escala relativamente pequeña. Incluso las grandes urbes del siglo XVIII, como París o Londres, poseían una densidad de población escasa si las comparamos con los centros urbanos de China, en la misma época, o las del siglo posterior. La economía se basaba en un modelo orgánico, con materiales provenientes, en su mayor parte, del campo, como la madera, las pieles o los tejidos, y fuentes de energía como los animales de tiro, el agua, el viento y también la madera. El uso del carbón era escaso, así como los metales, solamente el uso de la roca en la construcción era frecuente.

El desarrollo del capitalismo y el mercantilismo favoreció la creación de las Reales Fábricas durante el siglo XVII para la creación de manufacturas de lujo: tejidos, armas, porcelana, tabaco, vidrio, navíos, relojes, seda, carruajes o licores, por ejemplo. Estas fábricas permitían racionalizar y concentrar la producción, creando un modelo mucho más eficiente que el de los pequeños artesanos. La invención de la máquina de vapor en el siglo XVIII permitió deslocalizar las incipientes fábricas de los ríos, de donde obtenían la energía, a las ciudades, desde donde podían exportar las manufacturas, venderlas en sus mercados o ser consumidas directamente por la burguesía o la nobleza residentes.

Las mejoras en la agricultura produjeron al mismo tiempo un crecimiento de la población sin precedentes que provocó migraciones masivas hacia las ciudades en busca de oportunidades. La ciudad preindustrial no estaba preparada ni para acoger a las nuevas fábricas ni a las olas de inmigrantes lo que hizo que las ciudades del siglo XIX, en palabras de Henri Lefebvre, explotaran. Al no disponer de espacio debido a las numerosas murallas se empezó a construir en altura y en cualquier espacio disponible para acoger a los nuevos trabajadores, lo que aumentó la insalubridad de las ciudades. Las condiciones de vida de las urbes se describirían como inhumanas por parte de Karl Marx: la abundancia de mano de obra bajó los salarios, las calles y el alcantarillado no podían drenar correctamente los residuos humanos, las fábricas contaminaban el aire y las aguas. Los principales problemas fueron las epidemias, la falta de higiene, la mala dieta, los horarios extensos (14 horas diarias, siete días a la semana), las malas condiciones laborales y las viviendas precarias.

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Grabado de Bluegate Fields, Londres, por Gustave Doré en 1872. Bluegate Fields era uno de los peores barrios degradados de la capital británica. Fuente.

La ciudad industrial tuvo un crecimiento sin precedentes, iniciándose en Londres a partir de 1801 y más tarde en París desde 1830. No solamente las grandes capitales aumentaron de tamaño y población, también las ciudades medias. En 100 años se multiplicaron por 15 las ciudades europeas de más de 100.000 habitantes. La sociedad industrial era eminentemente urbana y las ciudades y su morfología el objeto central de los cambios producidos en el siglo XIX, el campo quedaría relativamente intacto hasta entrado el siglo XX. Pero a pesar de disponer de expertos ingenieros y arquitectos la sociedad industrial fracasó en el intento de ordenar el nuevo modelo de ciudad.

El sistema de transportes urbanos tuvo un gran desarrollo gracias a los tranvías (Nueva York, 1832; París, 1854; Düsseldorf, 1876) y a los ferrocarriles metropolitanos (Londres, 1863; Nueva York, 1863; Budapest, 1896) que permitieron desplazarse a los trabajadores de sus barrios altamente densificados a las fábricas. Para descongestionar esos barrios y, sobre todo, salir de ellos creando un nuevo modelo urbano, los empresarios construyeron los ensanches. Primero en París con Haussmann en 1852 y, especialmente, en Barcelona y Madrid en 1860. Se creó un nuevo orden espacial a imagen de la nueva sociedad que habitaba la ciudad. Esta morfología se caracterizaba por espacios racionales, funcionales y especializados, que incorporaban los nuevos medios de transporte (ferrocarril, 1811; automóvil, 1886) y comunicaciones (telégrafo, 1833; teléfono, 1877), con amplias zonas ajardinadas, calles amplias e higiénicas, comercios y grandes industrias.

Entrando en el siglo XX la electrificación de la ciudad era total y se incorporaron nuevos materiales de construcción como el cemento y el acero, que, junto a los ascensores (Otis, 1853), permitieron una excelente construcción en altura produciendo la fiebre de los rascacielos (1884-1939). Se podría decir que la ciudad de principios de siglo estaba ya 24 horas despierta y la industria tenía libertad de poder situarse donde más le conviniera, sin limitaciones de acceso a la energía o los transportes. Los automóviles empezaron a producirse en serie en 1904 gracias a Henry Ford y permitieron la descentralización de las actividades y residencias humanas, dando un cierto respiro a las congestionadas ciudades. Por otra parte también favoreció la creación de bloques urbanos socialmente homogéneos y separados, produciendo segregación social, un proceso que ya se había iniciado con los ferrocarriles (Burgess, 1925).

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Rockefeller Center y RCA Building desde el 515 de Madison Avenue, Nueva York, por Samuel Gottscho en 1933. Fuente.

Las grandes guerras entre 1914 y 1945 destruyeron gran parte de las ciudades europeas y se vio una oportunidad para poder empezar de cero, reconstruyéndolas mediante un modelo planificado. A partir de 1945 se buscó una ciudad donde primara el desarrollo económico y social, donde no se produjeran las desigualdades heredadas del siglo XIX ni el caos proveniente de la morfología preindustrial.

En conclusión, hemos podido ver como la ciudad del siglo XIX cambió en muy pocas décadas radicalmente, sin tiempo de poder adaptarse adecuadamente. Se modificaron totalmente las estructuras productivas, sociales y culturales sin poder cambiar tan fácilmente la morfología urbana donde tenían lugar. Esto creó problemas de salubridad y tensiones sociales, llegando al conflicto y la negociación para poder mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Ya en el siglo XX las mejoras técnicas permitieron una válvula de escape, se empezó a hablar de planificación urbana, desarrollo y bienestar. Existía una confianza plena en que no había límites a la inventiva humana y su capacidad de poder dar a todo el mundo un cierto nivel de vida. La electricidad, la arquitectura y el planeamiento permitieron organizar la ciudad acorde a modelos idílicos, considerando que la ciudad del siglo XIX no había funcionado debido a la incapacidad de modificar su forma adecuadamente.

En las siguientes entregas podremos ver las diferentes propuestas urbanísticas que han tenido mayor repercusión en el objetivo de mejorar la sociedad y la ciudad en los siglos XIX y XX, en un viaje por fórmulas utópicas y pragmáticas.

La Revolución Industrial

La transición al mundo contemporáneo

Imagen: cartel de la Exposición Universal de París de 1889. En las exposiciones universales del siglo XIX se mostraban los grandes progresos logrados por los países participantes en campos como la arquitectura, las comunicaciones, el transporte, la ciencia y la tecnología. Un reflejo de como estaba cambiando el mundo aceleradamente debido a la Revolución Industrial. Fuente.

Primera fase (1760-1860)

Los orígenes de la Revolución Industrial se sitúan en Gran Bretaña. Entre 1760 y 1810 el país experimentó un gran crecimiento de la población, que a su vez influyó en un gran desarrollo de la producción industrial que culminó con un gran aumento de la renta nacional. Durante ese periodo la producción manufacturera pasó a representar un porcentaje entre el 18% y el 30% del PIB británico, sobre todo de la industria textil.

La primera aparición del término fue en el ciclo de conferencias Sobre la Revolución Industrial en Inglaterra de Arnold Toynbee (1852-1883), publicado póstumamente en 1884. En la observación del fenómeno, Toynbee exponía que había producido un cambio profundo de la sociedad en un tiempo muy corto y extendiéndose por todo el mundo.

Hay cuatro características destacables de la primera fase de la Revolución Industrial:

  • Un ritmo de crecimiento de la producción industrial más rápido que el de la población.
  • La producción agrícola no creció tan rápidamente como la industrial y, por tanto,
  • No hubo una mejora de las condiciones de vida generales.
  • Se introdujeron nuevas máquinas, lo que aumentó la producción industrial.

La máquina de hilar algodón de Whitney, por ejemplo, de 1792 logró que se pasara de hilar 4’5 kg por persona al día a 23 Kg y posteriores innovaciones en los años siguientes lograron que se llegara a 136 Kg al día. En general se aplicaba y se difundía el conocimiento científico a la maquinaría productiva, lo que creaba un gran crecimiento de la producción que se destinaba al mercado exterior, rompiendo con el autoconsumo anterior y los mercados de carácter regional.

Los beneficios de las empresas aumentaron y junto a la masificación de trabajadores se llegó a una despersonalización de los negocios y a una multiplicación del número de industrias. Las empresas familiares dieron paso a las sociedades y a las acciones. Hubo paralelamente un incremento de la urbanización debido a las migraciones desde el campo, en 1840 Gran Bretaña poseía un 40% de población urbana, contra el 20% de media en el resto de Europa (actualmente en la Unión Europea es el 76%; Banco Mundial, 2019). Se produjo un uso extensivo e intensivo del capital, desplazando al trabajo manual. Se invertía en capital y no en la mano de obra. En consecuencia nuevas clases sociales surgieron durante la Revolución, unos trabajadores industriales empobrecidos y unos empresarios que se enriquecían.

La Revolución en Inglaterra se vio impulsada por una tradición textil propia del país junto a la presencia de carbón y de hierro en abundancia. Además también se benefició de un sistema financiero que permitía dotar de crédito a las incipientes industrias gracias a un gran sistema bancario. El mercado en el que se inscribía la economía británica era integral y de gran tamaño, lo que le permitía crecer enormemente. Por un lado extraía las primeras materias de las colonias y vendía las manufacturas en un mercado interior creciente y en el resto de Europa. Las nuevas maquinarias aumentaron la productividad agraria e hicieron que mucha mano de obra no fuese necesaria lo que provocó migraciones de mano de obra barata a las ciudades.

El crecimiento de la hilatura de algodón provocó a partir de 1830 un aumento en la producción de telares para transformarla en tejidos que a su vez estimuló la manufactura de ropa. Todas estas fases del proceso productivo se mecanizaron rápidamente y dominaron el sector textil: en 1772 el algodón representaba solamente el 4% de la producción textil, en 1799 ya era el 51% y en 1812 el 65%. El carbón, por su parte, ofrecía inicialmente dificultades en su combustión y transporte; por un lado se crearon canales para favorecer su llegada de la mina a la fábrica y por otro las máquinas de vapor se fueron optimizando (mejora del diseño de Newcomen por parte de Watt en 1769, por ejemplo) lo que permitía utilizar menos combustible. Las máquinas de vapor también se utilizaron para extraer carbón y hierro de las minas, lo que, juntamente a los canales, abarató en gran medida los costes de producción.

El nuevo proletariado inglés, por otra parte, se veía abocado al desarraigo social debido a la migración y las condiciones alienantes de la ciudad, además del desarraigo natural creado por a la tiranía del horario, Junto a jornadas laborales maratonianas de hasta 14 horas diarias.

Segunda fase (1860-1914)

En 1856 se firmó el Tratado de París que finalizaba la Guerra de Crimea y mantuvo la paz en Europa hasta 1914 creando el marco de la llamada Belle Époque. Solamente la breve Guerra Franco-Prusiana rompería ese periodo de paz, aunque ya desde la caída de Napoleón en 1815 Europa en general gozaba de amplia estabilidad.

Durante esta fase se consolidó una civilización mecanizada, todos los tramos de la producción, desde el campo y pasando por los transportes, usaban máquinas. Se produjeron descubrimientos científicos con aplicaciones reales, como los realizados por Robert Koch y Louis Pasteur, que mejoraron la salud pública. Charles Darwin publicó El Origen de las Especies en 1859 revolucionando la sociedad y la comunidad científica. Las ideas nuevas y las invenciones produjeron un optimismo científico que dio pie al nacimiento del Positivismo; había un renacimiento del conocimiento. Parecía que no existía límite a lo que la ciencia podía lograr para el uso cotidiano, por ejemplo:

  • Electricidad: iluminación, motores y refrigeración.
  • Transportes: locomotoras, navíos a vapor y automóviles.
  • Comunicaciones: telégrafo y teléfono.

El crecimiento urbanístico continuó en este periodo, la caída de la mortalidad hizo aumentar el crecimiento natural de la población en gran medida. Se produjeron grandes migraciones exteriores debido a que las mejoras en la productividad hicieron aumentar el desempleo y esto se combinó con un aumento de la población. Los salarios por otro lado también bajaron por el diferencial de oferta y demanda, si le añadimos el abaratamiento en el transporte marítimo la migración se convirtió en una salida muy atractiva a la pobreza.

A partir de 1870 muchos europeos emigraron hacia América en busca de oportunidades, y en menor medida a las colonias de sus países de origen. Los países con mayores inmigrantes fueron Gran Bretaña e Irlanda (mayoritariamente), Alemania, Italia, España, Portugal y Austria-Hungría. El país con mayor número de receptores fue en gran medida los Estados Unidos de América, seguido de lejos por Argentina, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Brasil.

El libre mercado surgido de las revoluciones liberales produjo una concentración de capitales en la forma de trusts, uniones de varias empresas del mismo sector para controlarlo y ejercer de forma efectiva un monopolio. A pesar de la creación de leyes para evitar los monopolios, las grandes empresas se organizaron en entramados de cooperación mutua que englobaban todas las actividades del mercado, desde las financieras, las energéticas, los transportes, las industriales, las extractivas o las siderúrgicas. De esta manera la influencia empresarial en el desarrollo político y económico del planeta se volvió enorme. Al no existir apenas regulaciones tampoco se podían controlar las crisis de sobreproducción y las burbujas especulativas produciéndose reiteradas catástrofes financieras como la del Viernes Negro de 1873.

En la parte baja de la pirámide social el empobrecimiento de los trabajadores era bastante patente. En 1880 se produjeron los primeros estudios serios sobre las condiciones de vida de los trabajadores, aunque ya habían empezado a mejorar su situación (débilmente) desde 1850 con la reducción paulatina de la jornada laboral, el aumento de los salarios de los trabajadores especializados y una dieta más adecuada. Estas mejoras no pudieron lograrse sin la organización de los trabajadores para ejercer presión a las empresas.

El ludismo fue una de las primeras resistencias obreras a lo que ellos veían como una amenaza para sus condiciones vitales: la mecanización. Su medida más problemática fue la destrucción de maquinaria, pero tuvieron escaso éxito. La intelectualidad del siglo XIX apoyaba las mejoras sociales y económicas de los trabajadores mediante las obras de Robert Owen, Charles Fourier, Pierre-Joseph Proudhon o Claude-Henri de Rouvroy, propulsores del Socialismo Utópico, que denunciaban los problemas sociales proponiendo soluciones ideales, pero poco realistas.

El movimiento obrero encontró, en cambio, en el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels de 1848 una visión más pragmática, que llevaría a la creación de la Primera Internacional en 1864. La Internacional era una organización de trabajadores de varios países que aglutinaba a comunistas (como Marx y Engels) y anarquistas (como Mijáil Bakunin y Piotr Kropotkin). Su objetivo era la defensa política de los trabajadores y la organización de líneas de acción para producir una revolución que acabara con las desigualdades sociales. Las diferencias tanto en el método como en los objetivos a corto plazo entre las distintas facciones produjeron su disolución en 1871.

En 1889 se fundó la Segunda Internacional que aglutinaba a partidos políticos socialistas y laboristas, de carácter más moderado que la anterior ya que no buscaba la revolución sino la mejora de la clase obrera a partir del sistema democrático liberal. Los anarquistas y los sindicatos fueron excluidos de esta nueva organización. Durante la I Guerra Mundial se disolvió debido al apoyo que dio cada partido a su país en lugar de oponerse al conflicto como un todo. También se produjo una revisión del modelo de lucha marxista bajo la tutela de Eduard Bernstein y Karl Kautsky. Estos autores criticaban varios aspectos clave del marxismo y defendían la consecución del socialismo mediante reformas graduales y no violentas.

Pero todo el optimismo de la Belle Époque se esfumó al empezar la I Guerra Mundial en 1914. La ciencia y la maquinaria pasaron de ser un progreso para la humanidad a convertirse en sus destructoras. Ametralladoras, gases, cañones y carros de combate segaron la vida de millones de jóvenes en el frente. De repente toda la gloria y la esperanza en el futuro se vieron abocadas a la oscuridad y el barro de la trinchera.

El Libro de los Cinco Anillos

Imagen: estatua de Miyamoto Musashi cerca de su sepultura en el parque de Musashizuka (Kumamoto). Se le puede ver blandiendo las dos espadas (Daishó) al mismo tiempo, algo característico de su estilo de lucha. Miyamoto escribió el Libro de los Cinco Anillos en una cercana cueva de Reigandó. Fuente.

El Libro de los Cinco Anillos (Go Rin no Sho, 五輪の書[1]) fue escrito por Miyamoto Musashi (宮本 武蔵, 1584-1645) a los 60 años de edad y constituye un texto fundamental del bushido (武士道, camino del guerrero). El bushido es el código por el cual se rige un guerrero armado, normalmente un samurái (侍, servidor), pero no siempre. Este código se originó a lo largo del siglo XVII recogiendo tradiciones que provenían del Periodo de los Estados Guerreros (戦国時代, Sen Goku Jidai), siglos XV a XVII, y ha tenido significados bastante diferentes a lo largo de la Historia.

Durante los siglos XVII y XVIII Japón experimentó un largo periodo de paz gracias a la unificación política, lo que transformó la casta samurái hacia un papel más administrativo que militar. Uno de los principios fundamentales del bushido durante esa época, por ejemplo, era que el guerrero ha de considerarse ya muerto, para poder cumplir con su labor sin ningún tipo de miedo o duda. Aunque el código también daba mucha importancia a la habilidad y a la astucia para poder conseguir los objetivos deseados, casi a cualquier precio.

En general había numerosas contradicciones en el bushido entre la idea romántica del samurái honorable y el pragmatismo del militar. Estas contradicciones se deben, en parte, a la adaptación de una casta guerrera a un tiempo de paz donde primaba más la lealtad a la jerarquía que la habilidad marcial para conseguir el éxito. El bushido del siglo XVII era pragmático, oportunista, centrado en la consecución del éxito y la excelencia en la disciplina que se practicara, fuera marcial o no.

Otros textos fundamentales del bushido son Oculto entre las Hojas (Haga Kure, 葉隠) de Yamamoto Tsunetomo (山本 常朝), Colección de Artes Marciales para Principiantes (Budó Soshin Shu, 武道初心集) de Daidoji Yúzan (大道寺 友山) y Dieciocho Tipos de Artes Marciales (Bugei Juha Pan, 武芸十八般) de Hirayama Gyozo (平山 行蔵).

Tráiler de Seppuku (切腹, Incisión[2], de Kobayashi Masaki, 小林 正樹, 1962). En el Periodo Edo (siglos XVII XVIII) muchos señoríos fueron eliminados dejando a los samuráis que dependían de ellos sin estipendio. Algunos encontraban trabajo con otros señores o como mercenarios, pero otros se veían abocados a la miseria. Una salida honorable a la pobreza era practicar el suicidio ritual. En la película, Kobayashi critica la inhumanidad e hipocresía del bushido.

El nombre de Libro de los Cinco Anillos proviene del símbolo budista de la rueda, o timón, y a las pagodas de cinco pisos (五重塔, Gojú no To) que representan a los cinco elementos que conforman la naturaleza: tierra, agua, fuego, viento y vacío. Estos elementos, o círculos, son usados por Miyamoto para exponer su filosofía en el libro. El autor también fue el inventor del estilo de esgrima japonesa de dos espadas Ni To Ryú (二刀流, estilo de dos espadas) que es conocido como la escuela Ni Ten Ichi Ryú (二天一流, estilo de dos Cielos en uno).

Miyamoto nació en la provincia de Harima (播磨, actual prefectura de Hyogo, 兵庫) en 1584 cuando Toyotomi Hideyoshi (豊臣秀吉) intentaba unificar políticamente Japón. Su familia provenía de una tradición marcial de esgrimistas, tanto por parte de su abuelo como de su padre, aunque se ganaban la vida como granjeros. Con 7 años fue llevado con su tío a un templo budista donde recibió educación básica.

Su primer duelo fue a los 13 años contra Arima Kihei, maestro de la escuela Shinto Ryú (神道流, estilo sintoísta, el camino de los dioses), al que mató usando una espada de madera. A los 16 años abandonó su aldea y se dedicó a una vida de vagabundeo (武者修行, Mushá Shugyó, entrenamiento guerrero) estudiando esgrima con maestros y trabajando como guardaespaldas o mercenario. Parece ser que combatió en la batalla de Sekigahara (関ヶ原) en 1600 del lado de Toyotomi, ya que el clan Shinmen (新免氏) era al que pertenecía su familia, siendo derrotados. Miyamoto se dedicó a entrenar en el monte Hiko (英彦山) tras la guerra.

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Pagoda de cinco pisos en Miyajima junto al salón Senjokaku. Fuente.

En esa época la escuela Yashioka (吉岡流) era la más importante de las 8 escuelas de esgrima japonesa (剣術, Kenjutsu) en Kioto (京都). Miyamoto realizó un duelo doble a los 21 años contra el maestro de la escuela Yoshioka Seijuro, primero, y su hermano Denshichiro posteriormente. Poco después se enfrentó al hijo de Seijuro, Matashichiro, y a sus alumnos, matando al primero y haciendo huir a los segundos. Luego tuvo dos duelos amistosos con un monje de Nara (奈良), en los que también salió victorioso.

Entre 1605 y 1612 viajó por Japón realizando duelos, muchos de ellos con espadas de madera, pero con resultados mortales. En la provincia de Iga (伊賀) mantuvo un duelo con Shishido Baiken (宍戸梅軒) y sus alumnos, a los que también derrotó. En Edo (江戸, actual Tokio, 東京) se enfrentó con Musó Gonnosuke (夢想權 之助勝吉), venciéndolo, pero sin la muerte de ninguno de los oponentes.

A los 29 años luchó contra Sasaki Kojiro (佐々木 小次郎, llamado también Ganryú por su escuela de lucha, 巌流, estilo sólido, firme) en la actual isla de Ganryú Jima (巌流島, nombrada en honor a la escuela de artes marciales de Sasaki). Fue un duelo al parecer motivado por maniobras políticas del señor de Sasaki que quería consolidar su influencia en la región. El duelo es uno de los más importantes de Miyamoto y está lleno de leyendas sobre cómo sucedió realmente, pero parece que Miyamoto mató a su oponente con una espada de madera improvisada. En total se estima que Miyamoto realizó hasta 60 duelos en toda su vida, nunca siendo derrotado.

A los 30 años decidió reflexionar sobre qué le había llevado a ser tan buen esgrimista y fundó una escuela, dedicándose desde entonces a la enseñanza. A los 60 años, finalmente, pondría por escrito todo su aprendizaje en esgrima en el Libro de los Cinco Anillos. El famoso tratado de bushido tiene seis capítulos, que resumimos a continuación:

  • Un prefacio en el que se explica las razones para escribir el libro que ha tenido Miyamoto junto a pequeñas notas biográficas.
  • Tierra: contiene las líneas generales del libro, en las que utiliza el oficio de carpintero de obra como ejemplo de las tácticas racionales que hay que usar para llegar a salir siempre victorioso en el oficio que uno realiza, en el caso de Miyamoto el de esgrimista.
  • Agua: es una exposición más detallada del método táctico que propone Miyamoto, con ejemplos sacados de su experiencia personal sobre cómo hay que comportarse frente a determinadas situaciones de combate.
  • Fuego: si “agua” trata sobre la posición del cuerpo en combate y como utilizar las armas, en “fuego” Miyamoto habla sobre las estrategias a seguir, las decisiones a tomar para llegar a la victoria a una escala más grande, por ejemplo en batallas.
  • Viento: en “viento” Miyamoto critica las características de otras escuelas de esgrima japonesas y su preferencia por unas tácticas en lugar de otras, en lugar de ser flexibles y adaptables, teniendo la victoria como objetivo mediante la estrategia que sea necesaria, en lugar de usar un método encorsetado.
  • Vacío: en este corto capítulo el autor explica los principios básicos para seguir todo lo expuesto anteriormente: aprender continuamente, no dejar de ejercitarse, cultivar el conocimiento y la voluntad. La inteligencia, la obtención de ventajas y las tácticas son, por tanto, el ser, y mediante el aprendizaje del ser se conoce el vacío (el no ser).

En “tierra” se enumeran los principios fundamentales del camino de Miyamoto, el camino de la táctica:

  • Evitar tener pensamientos perversos.
  • Ejercitarse en el camino, poniendo en práctica sus principios, no quedarse en la teoría.
  • Amar todas las artes, no centrarse solo en una.
  • Aprender las técnicas de otros oficios, no limitarse al que uno hace.
  • Discernir las ventajas e inconvenientes de cada situación, método, estilo, etc.
  • Usar la intuición para juzgar y aprender.
  • Entender mediante instinto lo que se percibe.
  • Prestar atención a los detalles más pequeños.
  • No hacer nada inútil.

Poco antes de morir Miyamoto escribió un listado de 21 preceptos en los que resumía su filosofía de vida: el camino de la soledad (Dokko Do, 獨行道). Es un escrito de preparación ante la muerte, de clara influencia budista, y que confirmaba una vida ascética, honesta y dedicada.

  • No salirse del camino, inmutable a través de los tiempos. Aceptar las cosas como son.
  • No buscar los placeres del cuerpo.
  • Ser imparcial en todos los asuntos.
  • No quejarse nunca en ninguna cuestión, no ser egoísta.
  • No ser codicioso.
  • No te arrepientas de lo que has hecho.
  • No envidiar a los demás.
  • No entristecerse por las separaciones de ninguna clase.
  • No sentir rencor ni enemistad contra uno mismo o los demás.
  • No tener deseo de amor, ni de lujuria.
  • No preferir nada por encima de otras cosas.
  • No buscar la comodidad.
  • Evitar los manjares y exquisiteces.
  • Evitar tener o rodearse de objetos preciosos, posee solo lo que necesites.
  • No echarse atrás por falsas creencias, no actúes siguiendo la costumbre.
  • Evitar las tentaciones materiales, excepto las armas mientras sean útiles.
  • Centrarse completamente en el camino, sin temor a la muerte.
  • Evitar el deseo de poseer bienes, incluso en la vejez.
  • Respetar a las divinidades, sin contar con ellas.
  • Puedes dejar de lado tu cuerpo, pero no tu honor.
  • Nunca abandonar el camino.

Yoshikawa Eiji (吉川 英治, 1892-1962) era un escritor que popularizó la vida de Miyamoto Musashi a través de las historias publicadas en el periódico Asahi Shinbun (朝日新聞, periódico del Sol de la mañana) en 1935, recopiladas posteriormente en novela de varios tomos en castellano. Yoshikawa era un novelista histórico muy influido por las obras clásicas de la literatura japonesa como la Historia de Genji (源氏物語, Genji Monogatari).

Como hemos podido ver el bushido y la leyenda de Miyamoto nos dan mucho sobre lo que reflexionar, sobre qué significaba ser un guerrero en el Japón de del siglo XVII, sobre cómo enfocar la vida, el esfuerzo y la perspectiva racional frente a los problemas. El Libro de los Cinco Anillos es un magnifico punto de partida para poder entender la mentalidad japonesa, el pasado samurái e incluso la influencia del pensamiento Europeo Moderno en Japón. Además podemos encontrar numerosas obras de ficción, literarias, como las de Yoshikawa, fílmicas, como las de Kobayashi o en numerosos manga inspirados por la vida del duelista Miyamoto.

[1] Sería más correcto traducirlo como “tratado, o comentario, de los cinco círculos”, pero el nombre que ha arraigado en castellano es el de “libro de los cinco anillos”.

[2] Más conocido en Occidente como Hara Kiri (腹切り, destripamiento), ambas palabras significan lo mismo, pero seppuku es más formal y educada.

El comercio Euroasiático y el Islam

Imagen: fuerte de Qaitbay, fortaleza construida en 1477 en la isla de Faros, en Alejandría. Se enmarca dentro de un proyecto de defensa del comercio egipcio contra los turcos, Alejandría era uno de los puntos más importantes del comercio mediterráneo oriental en el siglo XV. Fuente.

Durante el siglo XV existieron tres regiones marítimas capaces de comunicarse interiormente y crear una red de comercio internacional. La primera era Europa, formada por el mar Mediterráneo, el mar Báltico, el mar del Norte y la costa Atlántica. La segunda el océano índico septentrional formada por el golfo de Bengala, el mar Rojo, el golfo Pérsico y el mar Arábigo. Y finalmente los mares de China, el mar Oriental, el Meridional y el mar Amarillo.

Los barcos chinos durante esa época eran los mejores del mundo, con un cabotaje de 1000 a 1500 toneladas métricas, y solamente trataban con comerciantes chinos en los mares aledaños a su país. De todas formas, el control de esos mares por parte del Estado Central (Chon Guoó, 中国) era total. En el norte de Europa se podían encontrar barcos de todo el continente y el control económico estaba dirigido por la Liga Hanseática: una federación mercantil de 30 ciudades alemanas, danesas y polacas que financiaba y protegía el comercio desde Londres a Nóvgorod, con sede en Lubeca.

En el sur, en el Mediterráneo, el comercio estaba dominado por tres ciudades, Venecia, Génova y Barcelona que llegaban a controlar entre el 50% y el 80% de las transacciones. Además muchas otras ciudades eran sucursales de las anteriores como el caso de Rodas o Ragusa. Barcelona perdió su posición en el mercado mediterráneo debido a las epidemias de peste negra (1348, con rebrotes hasta 1450) y las guerras Remensa (1462-1485), siendo Valencia la ciudad que la sustituyó como centro comercial de Aragón.

El comercio mediterráneo era casi siempre de mercancías, llevando lienzos, armas, sal (menorquina, gaditana y francesa), coral y esclavos para vender en oriente en las ciudades de Constantinopla, Beirut y Alejandría. A cambio recibían especias, colorantes, azúcar, seda y gemas. Para acabar de cargar las galeras se solía añadir algodón egipcio o vino griego. Como la oferta europea era menos ventajosa que la oriental se utilizaban oro y plata para equilibrar los precios. La supremacía de Venecia, Génova y Barcelona se basaba en su posición cercana a los puertos orientales, sus grandes astilleros y a que producían sus propias manufacturas, junto  una red de “colonias” repartidas por el Mediterráneo que proporcionaban abastecimiento y refugio a sus barcos.

La conexión entre el sur y el norte de Europa se realizaba en Amberes, máxima distancia donde podían llegar las galeras, y allí se realizaban los intercambios con los barcos hanseáticos, que mantenían el monopolio comercial del norte. Los productos del norte eran fundamentalmente trigo polaco, madera báltica, pieles y arenques. Amberes era una ciudad, casi autónoma, en la desembocadura del río Escalda, entre el ducado de Brabante y el condado de Flandes, que había ganado importancia tras el declive de Brujas. Estaba fortificada y se convirtió en el centro de la geografía del siglo XVI hasta 1576 cuando fue destruida por las tropas españolas y sus funciones se trasladaron a Ámsterdam.

En cambio la conexión entre el Oriente y Europa era el mundo islámico. Mientras que el comercio del oeste del mediterráneo estaba dominado por las ciudades italianas y aragonesas, el este lo controlaban ciudades musulmanas. De esta forma creaban un puente entre el comercio de Oriente y Europa, implantando aranceles y comerciando a su vez entre ambos mercados. Esto creaba un problema para el comercio europeo ya que encarecía sus compras y abarataba sus precios debido a la existencia de un intermediario.

Otro problema lo creaba la dependencia del oro y la plata para poder comerciar, que no retornaban. Se dependía de las minas que poco a poco se iban agotando. Solamente quedaba una fuente de oro que procedía del mercado de Tombuctú en África, donde se podía comprar también esclavos, y llegaba a la costa norte. Los africanos querían caballos y barcos, no les interesaban otras mercancías europeas, y la venta de barcos no era aceptable para las ciudades mediterráneas, ya que permitía lanzarse a la piratería marítima a los bereberes.

Intentado controlar el mercado del norte de África directamente los portugueses conquistaron Ceuta en 1415, pero al poco tiempo se dan cuenta de que las rutas dejan de pasar por esa ciudad, derivándose primero a Tánger y posteriormente, tras la conquista de esa ciudad, a otros lugares. Empeorando la situación, en 1453 los turcos conquistaron Constantinopla cerrando uno de los pocos puertos cristianos del Mediterráneo oriental y cerrando el bloqueo turco de esa región. Con esta situación de cerrojo comercial el comercio con Asia y el Islam cada vez era más complicado, lo que impulsó a los europeos hacia la única vía que les quedaba: la expansión marítima hacia el oeste.

¿Por qué China no emprendió una aventura similar? Tras los viajes de Cheng Ho los mandarines destruyeron y prohibieron una flota durante siglos. No les interesaba ningún producto extranjero ya que eran prácticamente autosuficientes, mientras que estos podían llevarles guerras y problemas sociales. Tampoco tenían una industria manufacturera importante que exigiera comerciar con sus productos en el extranjero. De todas maneras, el centro de gravedad de la economía mundial hasta el siglo XVIII fue China que atraía toda la plata mundial. En el siglo XI se había creado el papel moneda, pero provocó una crisis inflacionista en los siglos XIII y XIV que obligó a adoptar un referente sólido y valioso para poder detenerla. China exportaría oro hacia Europa y recibiría plata desde allí, América y Japón, pero no comerciaría con nada más hasta la llegada de los europeos en el siglo XVI.

La primera constitución Española

Imagen: Juramento de las Cortes de Cádiz, obra de José Casado de 1863, expuesta en el Congreso de los Diputados. El cuadro representa la reunión de las Cortes en 1810 durante la Guerra de la Independencia sin la intervención del rey. Fuente.

Antecedentes

España llevaba desde el siglo XVII perdiendo población (malas cosechas y epidemias, pequeña edad de hielo) y siendo un país muy agotado por las guerras contra Francia, que habían mermado las finanzas de la corona y los efectivos militares. La economía española era muy poco productiva, como vimos en una anterior entrada, y tenía altibajos constantes. La situación de la monarquía compuesta española la situaba en una muy mala posición para poder reclutar tropas y recaudar impuestos. No existía un poder centralizado y tenía que lidiar con múltiples legislaciones, cortes y privilegios de origen feudal.

Para eliminar esos privilegios y particularidades que provocaban desajustes sociales y económicos se produjo una dialéctica en toda Europa durante los siglos XVII y XVIII para racionalizar la sociedad entre dos modelos diferentes: el absolutismo, representado por la corona, y la democratización, representada por la ciudadanía.

Tras la muerte del rey Carlos II de España sin hijos en 1700 se inició un conflicto sucesorio entre dos pretendientes a la corona: Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV de Francia e hijo del sobrino de Carlos por parte de su medio-hermana María Teresa, y Carlos Francisco de Habsburgo primo de Carlos por parte de su madre Mariana de Austria. Los motivos de esta disputa son complejos y no vamos a entrar en ellos, baste decir que las diversas coronas europeas favorecían a un candidato u otro según sus intereses y buscando evitar una excesiva concentración de poder.

La Guerra de Sucesión Española (1701-1714) tuvo muchos frentes a lo largo del planeta e involucró a casi todas las potencias europeas. Finalmente el bando borbónico salió victorioso y Felipe V heredó la Corona de Castilla, la Corona de Aragón y las posesiones americanas, perdiendo todos los territorios europeos.

Los Borbones

Con la instauración de una nueva dinastía se inició un periodo de reformas absolutistas en España. El primer paso fue uniformizar las normativas y leyes a partir de la capitanía general y los decretos de nueva planta. El capitán general se convertiría en el máximo representante del rey en las provincias aglutinando el control político y militar de la región mientras que los decretos suponían un nuevo sistema absolutista centralizado del poder que eliminaba las normativas anteriores. Los impuestos también se recaudaron de forma centralizada y mediante las reales audiencias se gobernaría, transmitiendo la voluntad del rey. Se inició un proceso de unificación lingüística, social y económica al servicio de la corona.

Felipe V gobernó hasta 1746 y tuvo como valido a José Patiño hasta 1729 buscando el equilibrio en el exterior y el interior del país. Pero en 1733 se iniciaron los Pactos de Familia entre España y Francia contra Gran Bretaña que culminaron con la entronización del hijo de Felipe, Carlos, como rey de Nápoles y Sicilia. Felipe copió punto por punto la administración absolutista francesa de su abuelo, mejorando y centralizando la recaudación de impuestos y fundando las Reales Academias de estilo francés y de influencia ilustrada racionalista.

A la muerte de Felipe heredó el trono su hijo Fernando VI que gobernó hasta 1759. El valido del monarca fue Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, que modernizó definitivamente la recaudación de impuestos en 1749 a partir de un sistema único para toda España: el catastro. El objetivo del marqués era la modernización económica del país y por tanto se mantuvo en una política de neutralidad internacional, evitando los conflictos.

Siguiendo el modelo ilustrado se persiguió una racionalización de la economía. Además del catastro se creó el Banco Real (futuro Banco de San Carlos) que funcionaba como algo parecido a un banco central, se liberalizó el comercio con América y se modernizó la marina. Estas dos últimas medidas aumentaron la importancia del comercio marítimo, las colonias americanas y las explotaciones, obteniendo la corona cada vez más recursos. También se intentó, sin éxito, conseguir la prerrogativa de nombramiento de obispos.

En general hubo un crecimiento económico en todo el país y se fundaron compañías monopolistas por parte de la corona para potenciar el comercio y el desarrollo industrial. Por ejemplo en 1756 se creó la Compañía de Comercio de Barcelona para facilitar el comercio con América. La compañía permitió cambiar el foco comercial de Cataluña del Mediterráneo al Atlántico y favoreció la aparición de la industria textil.

Plano Topográfco
Plano de Madrid realizado en 1769 por Antonio Espinosa por orden del Conde de Aranda. Pueden verse las reformas llevadas a cabo por Carlos III como el Paseo del Prado y sus fuentes o el Jardín Botánico. Actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional. Fuente.

El siguiente monarca de la Casa de Borbón fue Carlos III, hermano de Fernando, que reinó entre 1760 y 1788. Carlos consolidó las ideas ilustradas dirigidas por el rey a través del Absolutismo Ilustrado. Mediante labores de obra pública y de mejora de la higiene logró aumentar la recaudación de impuestos. El ministro de hacienda encargado de realizar esas y otras reformas de índole económica fue Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache. En 1766 la carestía de pan, debida a la incapacidad del mercado español de soportar la liberalización de la venta de trigo, junto a la subida de impuestos provocó una revuelta popular que culpaba a Esquilache de esos problemas. Las protestas se originaron en Madrid, pero pronto llegaron a muchas ciudades españolas y el rey destituyó a Esquilache en favor de Pedro Pablo Abarca de Bolea, el conde de Aranda.

El nuevo ministro expulsó al año siguiente a la Compañía de Jesús acusándoles de instigar la revuelta y José Moñino, conde de Floridablanca, tuvo que pactar compensaciones con el Vaticano para compensar la acción. Aranda también intentó crear colonias en la costa norte de África a partir de 1775 con la excusa de bases para el control de la piratería marítima, sin éxito. Carlos III vuelve a utilizar los Pactos de Familia para ayudar a Francia en la Guerra de los 7 Años y la Independencia de los Estados Unidos y de esa manera obtener en compensación la isla de Menorca en 1783, pero no pudo obtener Gibraltar. Una institución clave que desarrolló Carlos para el impulso de la Ilustración en España fueron las Asociaciones de Amigos del País.

Durante su reinado se promulgaron liberalizaciones comerciales mayores. Se produjo un crecimiento económico rural muy importante que a su vez incrementó la población gracias a la bajada de la mortalidad. La imposibilidad del mercado de trabajo rural de absorber a la nueva población produjo migraciones hacia América y Europa, pero, sobre todo, hacia la costa y las ciudades españolas. Poco a poco se empezaría a producir una diferencia regional demográfica entre el interior y la costa cada vez más acusada. Las ciudades costeras ofrecían más oportunidades a la mano de obra gracias a la producción manufacturera y el comercio, pero también se convertirían en zonas cada vez más insalubres.

Los nuevos conocimientos científicos, la mayor variedad de alimentos (nuevos cultivos procedentes de América), la rotación cuatrienal y las canalizaciones aumentaron enormemente la producción agraria. Esto provocó un aumento de la renta y la consecuente mayor recaudación de impuestos además de un incremento de la especialización en la producción rural. Un mercado global permitía exportar los productos especializados a Europa y América y obtener materias primas para la creciente producción textil. Los telares empezaron a mecanizarse y emplear a la mano de obra proveniente del campo, con lo que se crearon las primeras fábricas.

Pero el modelo ilustrado no iba a tener más continuidad. Al poco de empezar a reinar Carlos IV en 1788 se inició la Revolución Francesa y en 1793 España declaró la guerra a Francia. Manuel de Godoy, el valido del rey, llega a un pacto con Francia en 1797 a cambio de ayudarles en su guerra contra Gran Bretaña, principal rival marítimo español, pero en 1805 se perdió toda la flota en la Batalla de Trafalgar. Tras este desastre la estrategia cambió hacia un bloqueo continental y en 1807 se permitió la entrada de tropas francesas para ocupar Portugal, aliado británico.

Al año siguiente la ocupación de España por las tropas francesas era evidente (intentando controlar los tres puertos más importantes de la península: Barcelona, Cádiz y Lisboa) y se planea la huida de los monarcas hacia América retirándose inicialmente a Aranjuez. El descontento por la guerra, la falta de mercancías por los bloqueos y la ocupación francesa provocaron un motín contra Godoy y forzaron la abdicación de Carlos a favor de su hijo Fernando. Mientras tanto debido a diversas causas, como la falta de representación política y autonomía económica, los territorios americanos empezaron a independizarse a medida que la inestabilidad crecía en la península. Entre 1808 y 1825 Ecuador, Venezuela, Argentina, Colombia, México, Chile, Uruguay, Paraguay, Perú, Centroamérica, Panamá y Bolivia declararon su independencia de la corona española. Las tropas españolas tuvieron que retirarse hacia la península lo que provocaría un ejército sobredimensionado en las próximas décadas y una influencia sustancial en los acontecimientos del siglo XIX español.

A través de una citación en Bayona para mediar entre Carlos y Fernando, Napoleón tomó el trono de España y se lo cedió a su hermano José Bonaparte, José I, imponiendo a su vez una constitución de corte bastante liberal, los Estatutos de Bayona de 1808, que, aun siendo estrictamente la primera constitución española, al ser impuesta y no elegida no se puede considerar como tal.

La Guerra de la Independencia

El 2 de mayo de 1808 se iniciaron una serie de levantamientos por todo el país contra las tropas francesas. El primero de ellos tuvo lugar en Madrid siguiendo la estela del motín de Aranjuez. Los motivos eran similares, descontento contra las tropas francesas y su consumo de recursos locales, la represión que ejercían las tropas y el miedo de secularización del país como el que se había producido en Francia. Se organizaron juntas populares de defensa dirigidas por notables de cada localidad (aquellos que ya detentaban el poder anteriormente, profesionales liberales y propietarios, junto a algunos nobles y eclesiásticos) que se auto-gestionaban y eran independientes de la voluntad de la corona.

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Los fusilamientos del 3 de mayo, obra de Francisco de Goya de 1814. Muestra la represión francesa contra los alzamientos populares del 2 de mayo de 1808. Fuente.

Esas juntas empezaron a ofrecer resistencia a las tropas francesas impidiendo su paso como en Bruc (Cataluña) y en Valdepeñas (Castilla-La Mancha). La labor de las juntas de Sevilla fue capital en la derrota del ejército francés en Bailén (Jaén) lo que provocó que Andalucía quedara libre de tropas, se obligara a José I a evacuar Madrid y el ejército francés de Portugal se retirara. El conde de Floridablanca coordinaría las diversas juntas en una Junta Suprema Central que funcionaría como un gobierno de carácter más o menos revolucionario, primero desde Aranjuez y luego desde Sevilla. En 1810 la Junta traspasó los poderes a una regencia del soberano Fernando VII que se instaló en Cádiz.

La guerra contra Francia tuvo un carácter de liberación nacional ya que no fue solamente el ejército, adscrito inicialmente a la corona, sino todo el pueblo el que luchó contra la ocupación. Al participar la población civil en la contienda tuvieron mucha importancia dos estilos de lucha, la guerra de guerrillas y la resistencia urbana. Ambas modalidades eran practicadas por los ciudadanos en lugar de las tropas regulares y permitieron decantar la balanza en la contienda. Las tropas francesas eran superiores en número, tenían unos cuadros de mando mejor formados y mejor armamento. Sin embargo la resistencia popular consiguió obligar al ejército francés a realizar asedios en varias ciudades, como Gerona y Zaragoza y a perder numerosas tropas en razias de guerrilla en el campo.

Tras el desastre de Bailén, Napoleón se vio forzado a entrar en el país con un gran ejército (la Grande Armée) que logró reconquistar la mitad norte de España, pero tuvo que desplazar las tropas hacia Austria en 1809, dejando a sus generales el resto de la ocupación. A pesar de haber obtenido una nueva ventaja, Francia solamente podía controlar las ciudades y las principales vías de comunicación, siendo el campo dominado por las guerrillas que cada vez eran más brutales.

Arthur Wellesley, duque de Wellington, dirigió un contingente de tropas británicas que desembarcaron en Lisboa en 1810 y la defendieron del nuevo embate francés. Los ejércitos de españoles, portugueses y británicos se unificaron y finalmente pudieron obtener una victoria decisiva en 1812 en los Arapiles (Salamanca) siguiendo una ruta de persecución de las tropas francesas hasta los Pirineos. En 1813 volvieron a enfrentarse en Vitoria y San Marcial venciendo otra vez el bando dirigido por Wellington y en 1814 se invadió Francia. Casi al mismo tiempo París era ocupado y Napoleón abdicaba como emperador (aunque volvería al poco tiempo, hasta la famosa batalla de Waterloo en 1815). En esas circunstancias nada favorables se firma el cese de hostilidades y se reconoce a Fernando VII como legítimo rey de España.

Mientras sucedían una guerra de liberación y una parte de las Guerras Napoleónicas también se iba orquestando una revolución liberal contra el Antiguo Régimen y a favor de las clases propietarias: profesionales liberales, algunos nobles, intelectuales, industriales y comerciantes. Como comentábamos al principio se buscaba una racionalización de la sociedad, un modelo más eficiente que permitiera un mayor desarrollo económico. Si bien el modelo absolutista había propiciado esas reformas, actualmente no era tan atractivo para las clases medias volver a él, sobre todo tras la Revolución Francesa y el alzamiento popular en el país. Se crearon varias facciones sobre como se tenía que gestionar el nuevo modelo, basado más en la ciudadanía y la democracia burguesas.

Por un lado estaban los afrancesados, pertenecientes a la alta burguesía, la nobleza y el clero que admiraban la labor de Napoleón y buscaban una monarquía autoritaria capaz de realizar las reformas como las que promulgaban los Estatutos de Bayona: supresión de los señoríos y la inquisición, reducción del número de conventos, eliminación de las aduanas internas y las tierras de Mano Muerta. Los jovellanistas (seguidores de Gaspar Melchor de Jovellanos) se oponían a Napoleón y tenían un carácter más moderado que los afrancesados, buscaban reformas, pero respetando la separación de poderes, siguiendo el modelo de Gran Bretaña. Finalmente estaban los liberales, autoproclamados defensores de la libertad, que discrepaban de los jovellanistas en que buscaban una cámara de representantes única y no dividida por estamentos; los miembros de este colectivo eran intelectuales y burgueses de clase media, igual que los jovellanistas, pero estaban mucho más influidos por la Revolución Francesa y el jacobinismo.

Las Cortes de Cádiz

El 22 de mayo de 1809 la Junta Suprema Central convocó las cortes en Cádiz para debatir sobre las problemáticas derivadas de la guerra a través de un sufragio universal masculino. El 27 de septiembre de 1810 se reunieron 308 diputados, de los cuales 97 eran sacerdotes (3 de ellos obispos), 60 abogados, 55 funcionarios, 16 catedráticos, 8 nobles, 37 militares y 35 más que englobaban a médicos, propietarios, escritores y comerciantes. Rápidamente las cortes se transformaron en unas cortes constituyentes que entendían el estado como un ente jurídico y administrativo al servicio de los ciudadanos.

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Representantes de las Cortes de Cádiz por regiones. Fuente.

La reunión no era estamental como sucedía en las cortes del Antiguo Régimen sino que consistía en una única cámara. Se formaron tres partidos: los liberales (que eran mayoría y querían realizar reformas sociales amplias, como hemos visto), los serviles (de carácter conservador e ideas absolutistas) y los jovellanistas (moderados). Los jovellanistas no habían tenido éxito en dividir la cámara por estamentos y los partidarios del absolutismo eran muy pocos, de esta manera las ideas que tuvieron profunda presencia fueron las liberales. Las ideas liberales se basaban en las de Jean Jacques Rousseau y tenían como base la soberanía nacional y el contrato social (defendidas por Diego Muñoz-Torrero) mientras que la minoría defendía una monarquía fuerte y absolutista (defendidas por el Pedro de Quevedo).

El 19 de marzo de 1812 se proclamó la Constitución de Cádiz. Planteaba un modelo liberal del estado, fundamentado en la división de poderes, con la religión católica como la oficial, un amplio poder legislativo para las cortes, el gobierno en manos del rey (que tenía derecho de suspensión de leyes de hasta 2 años), la fuente de la soberanía era el pueblo mediante sufragio masculino indirecto y el rey no podía disolver las cortes, ni suspenderlas, ni imponer impuestos sin ellas.

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Página de la Constitución de 1812, conocida como «la Pepa» por haberse proclamado el 19 de marzo, día de San José. Fuente.

Muchas leyes surgieron de este núcleo constitucional como la libertad de prensa, la libertad de comercio, de industria y de circulación, el derecho de propiedad privada, la expropiación de tierras a conventos, la repartición de las tierras comunales, y la supresión de la inquisición, la tortura jurídica, las pruebas de nobleza, los señoríos jurisdiccionales y el vasallaje.

Sin embargo, aunque la mayoría de las cortes estaba compuesta por los liberales, la gran mayoría del pueblo no conocía o compartía sus ideas. El clero (de tendencia marcadamente absolutista) tenía una gran influencia en la población y ésta además no estaba nada informada de las idea de la Revolución (por falta de alfabetización, escuelas y medios de comunicación). De esta manera la llegada del rey Fernando VII fue aclamada con alegría por un pueblo que era más partidario del absolutismo que de las ideas liberales de las Cortes de Cádiz, marcando una clara ruptura ideológica en la sociedad española. En 1814 se anuló la constitución y se ejerció una dura represión contra los liberales, sin embrago en 1820 un alzamiento militar de Quiroga y Riego obligó a Fernando a aceptarla de nuevo hasta 1823, lo que abriría un siglo XIX que se antojaba lleno de alzamientos (Torrijos, 1831; Guerras Carlistas, 1833, 1846, 1872),  pronunciamientos militares (1843, 1854, 1866, 1874), revoluciones (Liberal de 1835, Gloriosa o de Septiembre de 1868) y cambios de régimen (Primera República y cantonalismo, 1873).