Urbanismo (III)

Imagen: plano de la ciudad india de Chandigarh, fundada en 1966 para servir como capital de los estados de Punjab y Haryana. La ciudad fue planificada mediante los criterios progresistas, siendo el único proyecto urbano realizado por Le Corbusier.

Los planteamientos utópicos empezaron a perder sentido en el siglo XX gracias a las mejoras tecnológicas que permitieron resolver los problemas que planteaban las ciudades. En lugar de intentar diseñar un modelo urbano y social ideal que cambiara por completo el escenario se planteó resolver las dificultades una a una. Eso no quiere decir que se abandonara un planteamiento más holístico, pero en lugar de sociedades imaginarias se empezaron a diseñar modelos de simulación en los que se incluirían soluciones técnicas y se intentaría prever el resultado que se obtendría al aplicarlas.

El objetivo de esos modelos era el desarrollo económico y social de la ciudad y sus habitantes, intentando apartarse de la política hacia un enfoque más objetivo y práctico. Los urbanistas del siglo XX diferían de sus contrapartidas del siglo anterior, por un lado, en que dejaron de ser autores generalistas y pasaron a ser ingenieros y arquitectos y por otro en que abandonaron la política: observaban la ciudad como un problema de ingeniería a resolver.

Progresistas

El concepto de progreso y avance hacia una sociedad mejor no se abandonó con el nuevo siglo, pero, gracias a la capacidad de la ciencia de optimizar las condiciones de vida, fueron científicos y técnicos los nuevos progresistas, no pensadores y literatos. A través de sus soluciones prácticas a problemas concretos buscaban una nueva revolución industrial en el siglo XX. La unidad base con la que trabajan era el “ser humano típico”, que representaba la media de las necesidades humanas. También intentaban combinar la modernidad con el arte de vanguardia de principios de siglo como hicieron Le Corbusier y Ozenfant en la revista L’Esprit Nouveau (1920-1925).

Como buscaban la estandarización para que la arquitectura fuera usada por el mayor número de personas posible, las formas geométricas ideales se usaron como modelo y la mecanización del arte fue su objetivo. Esas formas tenían que ser adaptadas a un individuo con necesidades universales, las necesidades que todo ser humano posee, y por tanto sus medidas tenían que ser también universales, basadas en el “ser humano típico”. Las ciudades, los edificios y el mobiliario serían diseñados conforme a esas figuras ideales y a esas medidas estándar, soluciones derivadas de la experiencia industrial, la eficacia y la racionalidad. Le Corbusier crearía el Modulor en 1948 donde plasmó las medidas absolutas del ser humano y su entorno.

No solamente se definirían las medidas perfectas de los objetos cotidianos y los espacios arquitectónicos, también las necesidades humanas: vivienda, trabajo, ocio y circulación. Necesidades que se plasmarían en la Carta de Atenas de 1923 creada por el grupo formado en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM). Su planteamiento radicaba en que la ciudad sería más eficaz a medida que se cumplieran esas necesidades y para poder lograrlo se utilizaría una zonificación en base a módulos que se combinarían para adaptarse al crecimiento urbano. Brasilia, una ciudad nueva creación en 1960, seguiría esos principios.

El concepto de los progresistas de la ciudad se basaba en la urbe como herramienta humana que había de permitir el desarrollo industrial y económico. Valoraban el uso por encima de la estética y la higiene como mecanismo de prevención de las enfermedades; así como apreciaban el ahorro del espacio, construyendo en altura y con viviendas reducidas al menor tamaño posible, para poder acoger a la creciente población urbana. La planificación y proyección de las nuevas actuaciones urbanísticas era fundamental. La estandarización y la simplicidad estética fueron sus marcas de fábrica.

Tony Garnier fue el primer urbanista progresista y creador de los manifiestos que inspiraron al resto. Alumno de Paul Blondel, desarrolló sus ideas en el ámbito de la ciudad industrial planteando un ejercicio de simulación de una ciudad siderúrgica como modelo, no como ideal al que aspirar. La ciudad de Garnier era pequeña, con una planificación en zonas a dos niveles: residencial e industrial. Separaba las funciones en el espacio dejando zonas libres y descongestionadas entre ellas, utilizaba edificios estandarizados que disponían de acceso a la luz solar y al aire libre, con espacios ajardinados y equipamientos urbanos, y se definían por un gran uso del cristal y el metal. La nueva visión progresistas fue planteada por primera vez en Le cité industrielle de 1917.

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Símbolo de la escuela Bauhaus. Fuente.

Walter Gropius fundó la escuela de diseño Bauhaus en Alemania, donde desarrollaría todas sus ideas, además de desarrollar una carrera como profesor en Harvard. Fue alumno de Behrens y recibió influencias de su obra, que intentaba fusionar arquitectura e industria. Junto a Le Corbusier y Mies van der Rohe es uno de los creadores de la arquitectura racionalista, también llamada moderna o de estilo internacional. Fundamentalmente buscaban ciudades organizadas y zonificadas al estilo de las de Garnier, pero poniendo más énfasis en el diseño, la estandarización y la prefabricación. Las ideas de Gropius se pusieron en práctica en proyectos como la colonia Dammerstock, Siemensstadt o Berlín, buscando un equilibrio entre arte y artesanía, con objetos funcionales y bellos al mismo tiempo. Aun así los diseños de Gropius poseían gran sobriedad y el diseño de los interiores de las viviendas tenía una evidente simplificación comparado con los del siglo pasado.

Charles-Édouard Jeanneret sería más conocido como Le Corbusier, pseudónimo que adoptó en la revista L’Esprit Nouveau a partir del nombre de su abuelo materno. Su pensamiento base combinaba las ideas recuperadas de los culturalistas y progresistas del XIX, compartiendo su animadversión por el caos urbanístico. En esa línea buscaba unir el aire libre, la iluminación y la salud del campo con la protección y el desarrollo económico de la ciudad, con una densidad urbana escasa, pero suficiente para permitir economías de escala. Formuló la idea de las necesidades humanas universales, que las ciudades han de satisfacer y planteó un modelo urbano basado en la zonificación y especialización de funciones.

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Plano de la Ciudad Radiante de Le Corbusier. Fuente.

El modelo de la Ciudad Radiante (La Ville Radieuse) se organizaba alrededor de un espacio central para las empresas, hoteles, comercios y oficinas poblado de rascacielos y zonas verdes. Seguiría una zona residencial que rodearía esa suerte de Central Business District donde vivirían los trabajadores y residentes de la ciudad, una zona de relativa baja densidad que combinaría diversos tipos de viviendas, de mayor o menor lujo, en edificios de poca altura, hasta 30 metros. Finalmente la ciudad daría paso a la zona industrial. El plano urbano era ortogonal con grandes avenidas que cruzaban la rejilla formando rombos.

El centro de la planificación urbana de Le Corbusier era la vivienda, de la misma manera que el individuo era la base de su diseño arquitectónico. Diseñó tres tipos de vivienda: unifamiliares de clase alta, unifamiliares de clase media y edificios colectivos. Utilizaba el color blanco preferentemente, columnas de sujeción, líneas rectas, espacios abiertos, amplia entrada de luz y terrazas ajardinadas. El espacio urbano colectivo no le parecía adecuado para las relaciones humanas, solamente lo visualizaba como zona de transporte. Planteó, por tanto, una ciudad privada donde las relaciones se darían en el interior de las viviendas, no diseñó zonas de uso comunitario, lo que provocaba poca relación interpersonal y poca interacción en las calles.

Las casas colectivas estaban planteadas como una ciudad en altura, con pasillos que eran calles y con comercios y equipamientos situados en el interior de los edificios. La calle, como comentábamos, se transformaría en una pista de circulación para llegar de una función urbana a otra, eliminando cualquier otro uso del espacio público. Le Corbusier realizó el Plan Voisin para París en 1925 y el Plan Macià para Barcelona en 1935, pero ninguno de los dos fue llevado a cabo. Podemos encontrar su teorías sobre arquitectura y urbanismo en Vers une architecture (1923), Urbanisme (1925), La Charte d’Athènes (1943) y Manière de penser l’urbanisme (1946).

Culturalistas

La principal preocupación de los culturalistas del siglo XX era garantizar la unidad orgánica de la ciudad a partir del análisis de las dinámicas ciudadanas. En sus observaciones apreciaron que la ciudad estaba volviéndose cada vez más densa y la especulación urbanística con la vivienda y el suelo estaba produciendo segregación social. Ese crecimiento descontrolado en base al beneficio especulativo también estaba provocando la destrucción de espacios simbólicos del pasado de la ciudad y la desaparición de lugares públicos de relación social.

Visualizaban la ciudad como un todo que había de dar respuesta a las necesidades de los grupos sociales que la conforman antes que a las necesidades individuales. No tenían una visión universalista ya que la ciudad estaba integrada, cada vez más, por diferentes grupos sociales y culturales. Propiciaban, por tanto, los valores de integración, de cultura, de relaciones sociales y artísticas en lugar de los de producción y trabajo. Buscaban regular y delimitar las zonas de crecimiento urbano para evitar la reproducción descontrolada, creando espacios diversos para gente diversa (por ejemplo para edades o clases sociales diferentes) potenciando las relaciones humanas.

Camillo Sitte buscaba la realización espiritual de la ciudad, recuperando sus valores clásicos mediante el símbolo, y su principal preocupación era la estética y la psicología del arte. Veía las plazas como el centro de la vida pública junto a los mercados al aire libre, despreciando los establecimientos privados especializados. No estaba de acuerdo con la destrucción de barrios enteros para su remodelación, en su lugar prefería modificaciones parciales, respetando los edificios antiguos junto con el relieve natural y adecuando el tamaño a la escala humana y las necesidades diversas de poblaciones diversas. Su principal obra fue Der Städtebau nach seinen künnstlerischen Günddesätzen de 1889.

Ebenezer Howard fue el creador de la Ciudad Jardín en 1902. Desde 1879 se identificó con el socialismo inglés y empezó a plantear una tercera vía a la dicotomía ciudad-campo basándose en los polos de atracción que tiene cada uno de estos espacios y criticando la falta de realización humana que provoca cada uno por separado. Para solucionarlo expuso un tipo de ciudad de baja densidad urbana, con poca población y altamente planificada, rodeada de zonas agrarias y cuyos ciudadanos tuvieran una alta implicación en su desarrollo y administración. Podemos encontrar sus ideas en Tomorrow: A peaceful path to social reform de 1898.

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La Ciudad Lineal de Arturo Soria. Fuente.

Arturo Soria fue un urbanista español, famoso principalmente por el diseño de la Ciudad Lineal de Madrid. Se educó de forma autodidacta y a partir de 1886 se dedicó a su proyecto de la Ciudad Lineal bajo las ideas de Herbert Spencer e Ildefons Cerdà. Este innovador proyecto, con el que quería resolver los problemas de higiene, hacinamiento y transporte urbanos, consistía en una ciudad articulada a ambos lados de una ancha vía de 500 metros por donde discurría un ferrocarril. La longitud del ferrocarril en principio no estaba limitada, lo que posibilitaba el crecimiento de la ciudad, que se convertiría en un elemento estructurador del territorio. En dicha calle central se concentrarían los servicios públicos y las viviendas. Gracias a su conocimiento ferroviario fue uno de los impulsores del primer tranvía en Madrid, así como de un sistema de comunicación telefónica en 1887.

Naturalistas

Dentro del naturalismo urbanista encontramos como máximo exponente a Frank Lloyd Wright. La obra de Wright se basaba en la concepción del espacio como un todo orgánico, un entorno libre adaptado a sus características naturales, de ahí que diese muchísima importancia a los muros y los materiales de construcción que marcaban el linde entre lo natural y lo humano. Ciertamente su teoría urbanística estaba más cercana a un anti-urbanismo, una utopía denominada Broadacre City (1932). En los principios naturalistas se establecía que la ciudad se había convertido en una  máquina y el ciudadano no podía, por tanto, si no crear otras máquinas. Se habría pervertido el orden natural de las cosas: en lugar de ríos existían carreteras, las montañas se habían convertido en edificios y los bosques restaban confinados en parques sin características naturales. El propio ciudadano además se había trasformado en un parásito de sus semejantes, viviendo en celdas adosadas a otras celdas alquiladas a otros ciudadanos.

El naturalismo se focalizaba en la recuperación de la individualidad y los valores democráticos estadounidenses. Un retorno a la escala humana, del día a día, despreciando la escala de las máquinas. El modelo de Broadacre City intentaba recuperar esa ciudad tradicional americana, adaptando la maquinaria al ser humano y no al revés, buscando que el trabajo fuera algo más que hacer dinero para sobrevivir y que permitiera la realización de los deseos humanos.

La inspiración para Broadacre City fue la ciudad de la frontera, del Oeste Norteamericano, donde habría suficiente espacio para todos, viviendo en casas unifamiliares repartidas en parcelas de un acre de extensión (unos 4000 m², aproximadamente 64 por 64 metros). El transporte primario sería el automóvil y habría una muy baja densidad de población, con equipamientos repartidos a lo largo del territorio. El ideal del suburbio estadounidense.

Posmodernismo

Entre las décadas de 1950 y 1970 surgió una reacción a la arquitectura progresista dominante durante el siglo XX, a su rigidez doctrinal y uniformidad. Como aquel estilo se denominaba, entre otros nombres, como moderno, el nuevo estilo fue calificado como posmoderno, por ser inmediatamente posterior. El objetivo principal era resolver las limitaciones del anterior movimiento. Por un lado al ser edificios funcionales y baratos eran racionales y austeros, carentes de belleza, según los posmodernos. Por otro los modelos urbanísticos no habían resultado en la ciudad funcional deseada sino que se habían convertido en barrios degradados, sin servicios ni vida en el espacio público. Se buscaba, por tanto, dotar de belleza a los nuevos barrios, y volver a una escala humana que permitiera una vida social más cohesionada.

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El Museo Guggenheim de Bilbao, diseñado por un famoso arquitecto posmoderno, Frank Gehry. Fuente.

Denise Scott Brown fue la principal introductora del urbanismo posmoderno junto al arquitecto Robert Venturi. Mientras la máxima de Mies van der Rohe fue “menos es más” (less is more), los posmodernos respondieron “menos es un aburrimiento” (less is a bore). El nuevo estilo ofrecía formas complejas y contradicciones, mezclando múltiples estilos de diversas épocas frente a la funcionalidad y el maquinismo moderno.

Actualidad

José Miguel Fernández Güell en 2007 clasificó el urbanismo en diversas etapas según su influencia social:

Nacimiento        1880-1900          Correspondiente a los pre-urbanistas.

Despegue            1900-1920          Inicios del movimiento moderno.

Desarrollo           1920-1940          Auge del progresismo.

Madurez              1940-1960          Alta influencia social.

Crisis                   1960-1980          Entrada del posmodernismo, pérdida de influencia social.

Estancamiento  1980-2000          Influencia social moderada.

Güell explica que los principales problemas del urbanismo actual se deben a la incapacidad de abordar las complejas problemáticas urbanas. La lentitud burocrática para llevar a cabo los proyectos junto a la corrupción y la presión de los agentes económicos para dejar de lado la intervención pública han impedido una correcta planificación urbana.

Los factores que hay que tener en cuenta en las ciudades actuales son la transición demográfica hacia un envejecimiento poblacional, el modelo económico capitalista de consumo en lugar de producción, las nuevas tecnologías enfocadas a la informática y las telecomunicaciones, las demandas de una sociedad más democrática y participativa y la descentralización en un mundo cada vez más globalizado.

Para enfrentarse a esos retos plantea una planificación estratégica de las ciudades, donde la flexibilidad permita adaptarse a un entorno de rápidos cambios. Por tanto hace falta un enfoque estratégico y no director de las intervenciones urbanísticas, un proceso continuo de planificación, incorporación de las nuevas tecnologías, administraciones locales fuertes y mayor transparencia, orientándose a las demandas ciudadanas.

Françoise Choay planteaba en su obra “Urbanismo, utopías y realidades” (1965), ciertos principios que siguen siendo válidos para el urbanismo hoy en día:

  1. La ordenación de ciudades no es objeto de una ciencia rigurosa, el urbanismo científico es un mito de la sociedad industrial.
  2. Los modelos imaginarios están sujetos a la arbitrariedad.
  3. Toda actuación urbana debe basarse en un análisis de la realidad, a pesar de ello, la mayoría de actuaciones suelen ser parches que ignoran un planteamiento global.
  4. El urbanismo científico enmascara un sistema de valores. La ciudad es un sistema de relaciones sociales y económicas formado por personas, más compelo que cualquier modelo.
  5. Los asentamientos urbanos tiene múltiples significados para las personas que los habitan. Generalmente la planificación urbana está en manos de unos pocos que reproducen sus valores e intereses hacia muchos. De este modo los campos de actuación están restringidos a unos pocos grupos de decisión.
  6. Los ciudadanos actualmente delegan la creación de la ciudad a unos pocos especialistas, con lo que se pierde el valor democrático de la ciudad. El especialista debe dejar de observar la ciudad como un modelo abstracto y observar a las personas que la componen y el ciudadano debe obtener mayor consciencia de sí mismo y su papel transformador y director. Se deben evitar las fórmulas fijas y entrar en sistemas flexibles de relaciones.

Como acabamos de ver la realidad de la ciudad es muy compleja. No existen fórmulas fijas para poder resolver sus problemas y no podemos dejar en manos de unos pocos, generalmente los agentes con mayor influencia económica, su desarrollo, ya que sus intereses tienden a chocar con los intereses de la mayoría de ciudadanos. Es la ciudadanía, a través del ejercicio de la democracia y la participación social, quien mejor puede decidir hacia donde navega la ciudad. Además gracias a las nuevas tecnologías podemos adaptarnos mucho mejor a los entornos cambiantes en los que estamos inmersos y adecuar la ciudad para que sea un espacio que permita una vida digna a sus habitantes, teniendo en cuenta que la urbe del siglo XXI se encuentra dentro de un mundo globalizado, de miles de flujos de personas, mercancías y capitales. Flujos que convergen siempre en las ciudades.

Urbanismo (II)

Los Pre-urbanistas

Imagen: Estampa con las obras de construcción y urbanización de la madrileña calle Claudio Coello en 1872, actualmente en el barrio de Salamanca. El ensanche de Madrid, realizado mediante el Plan Castro, recogía varias de las ideas higienistas que veremos a continuación. Fuente.

El urbanismo tal y como lo conocemos actualmente proviene del siglo XIX y la Revolución Industrial y etimológicamente procede de la palabra latina Urbs/Urbis que significa ciudad. Por tanto el urbanismo sería la disciplina que estudia las ciudades: su diseño, planificación, construcción, ordenamiento y adaptación. Según Gaston Bardet el término urbanismo surgió alrededor de 1910, aunque podemos encontrar ejemplos de diseño urbano ya en la Edad Antigua.

Sin embargo la diferencia con las artes urbanas anteriores al siglo XVIII radicaba en que la nueva disciplina era reflexiva, crítica y tenía pretensión científica. El nuevo urbanismo pretendía solucionar los problemas de las nuevas ciudades industriales, las ciudades de las máquinas, aspirando a tener un carácter universal, científico y verdadero. La teoría urbanística como tal surgió tras la I Guerra Mundial ligada a los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron y que hicieron de la ciudad un centro para esos cambios, modificándola o creando otras nuevas.

Pero anteriormente, en el siglo XIX, surgieron una serie de pensadores y críticos de la situación de la ciudad europea. Una ciudad que, como hemos visto, tuvo grandes cambios, muchos de ellos no para mejor. Estos pensadores los podemos llamar pre-urbanistas, ya que si bien tenían la ciudad como punto central de su discurso, analizaban toda la sociedad europea en su conjunto y pretendían un cambio social más que una alteración de la morfología urbana. Estos pensadores se ocupaban de las problemáticas de las ciudades sin disociarlas de las cuestiones surgidas en torno a la estructura social. Françoise Choay clasificó a estos intelectuales en tres grupos: Cuantitativistas, Higienistas y Críticos-políticos.

Cuantitativistas

El primer grupo englobaba a aquellos observadores y registradores de los fenómenos urbanos como las epidemias, las condiciones de vida de sus habitantes o el crecimiento demográfico y urbano. Eran principalmente estadísticos, de ahí su nombre, y no ahondaban más allá de señalar los problemas de los ciudadanos. Alfred Legoyt estudió la ciudad de París y la emigración francesa, Pierre Émile Levasseur analizó el comercio y los factores geográficos que lo influyen, Frédéric Le Play observó la vida en los hogares, principalmente de los mineros, y la influencia de los salarios, Adolphe Quetelet aplicó el método estadístico a la sociología y Adna Ferrin Weber, en Estados Unidos, investigó el crecimiento urbano.

Higienistas

El segundo grupo lo componían aquellos preocupados por la mortalidad en las ciudades, interesados en crear leyes que la redujeran, en su mayoría eran sacerdotes y médicos. Según Francesc Nadal la medicina preventiva y las vacunas influyeron para crear métodos de defensa a priori contra la enfermedad en lugar de una medicina curativa basada en remedios a posteriori. También surgieron ideales poblacionistas que aspiraban a prevenir las enfermedades mediante la higiene y la alimentación, así como intereses entre los empleadores para poder tener una mano de obra industrial sana y productiva.

Las ideas higienistas se basaban en evitar la contaminación industrial, aumentar la entrada de luz solar en calles y viviendas, desinfectar las superficies y crear fuentes de proteínas para los obreros, como los prados urbanos para el pasto de ganado. Para lograrlo presionaron para expulsar las fábricas del núcleo urbano, evitar el chabolismo mediante viviendas planificadas, abrir la trama urbana creando ventilación y buscaron dotar a los barrios de equipamientos como hospitales y zonas verdes. El derribo de las murallas también fue una idea higienista ya que impedían el desarrollo del resto de medidas, como constata el proyecto Abajo las murallas (1841) de Pere Felip Monlau.

Críticos-políticos

El grupo más numeroso y heterogéneo es el tercero, compuesto por pensadores que a partir de un diagnóstico global de la sociedad realizaban propuestas para configurar un nuevo orden social en el cual debía existir un nuevo modelo de ciudad. Choay dividió este grupo a su vez en otros tres: Progresistas, Culturalistas y Progresistas sin modelo.

a) Progresistas

Los progresistas eran defensores del progreso técnico y buscaban terminar con las necesidades humanas mediante la ciencia, resolviendo los problemas de la relación humanidad-medio ambiente y entre los seres humanos entre sí gracias al conocimiento científico. El principal problema que identificaron fue la propiedad privada de los medios técnicos que provocaba dominación y explotación de unos seres humanos hacia otros. Su propuesta para solucionarlo era una sociedad imaginaria sin dominación ni propiedad de los medios de producción, en la que se desarrollaría una humanidad perfecta cuyas necesidades universales, deducibles científicamente, estarían plenamente cubiertas.

Su vertiente política era muy cercana al socialismo utópico y se dedicaban a analizar, clasificar y zonificar el espacio urbano teniendo también en cuenta elementos de los higienistas como el acceso al agua corriente o la iluminación. En general tenían bastante aprecio por la austeridad y las figuras geométricas, en contraposición al barroquismo de la burguesía, el modernismo.

Eran críticos con los anteriores grupos de pre-urbanistas acusándoles de ser demasiado pasivos, simplemente descriptivos, entendiendo ellos que es más importante la solución que la crítica. En ese sentido identificaron la ciudad como el elemento vinculante de la sociedad industrial y el capitalismo, donde era más palpable la alienación, la explotación, las desigualdades y los conflictos. Para poder corregir esta situación insostenible crearon sociedades perfectas alternativas al capitalismo a las que había que aspirar y como elemento fundamental se encontraba el modelo urbano perfecto de esa sociedad.

Robert Owen, como socialista primerizo, fundamentó sus teorías en la educación para formar mejores personas, más morales, capaces de dominar la máquina mediante el conocimiento técnico y de esta manera mejorar el rendimiento industrial. Se oponía a la lucha de clases y buscaba el cooperativismo, siendo la escuela el aspecto más determinante de la nueva sociedad a la que aspirar. Escribió A new view of Society (1813), Report to the country of Lanark (1816) y The book of the new moral world (1836).

Charles Fourier fue un autor muy detallista e incisivo, cuyo ambicioso objetivo, tal vez inalcanzable, era la armonía universal. Sus principales críticas iban dirigidas hacia la competencia a la que se ven abocados los trabajadores y la división del trabajo, a las que culpaba de la alienación obrera. Creía que erradicando los principales rasgos del capitalismo se llegaría a un estado definitivo de sociedad perfecta. Su propuesta más concreta fue el falansterio, una unidad habitacional basada en la libre consecución de las necesidades personales, respetando a su vez la libertad personal de todos sus miembros. El falansterio sería la unidad básica de la nueva sociedad, articulado como un palacio y con una distribución ordenada de las funciones urbanas en base a un sistema de pequeños propietarios. Fourier diseñó al detalle tanto la nueva sociedad que imaginaba como los falansterios en sus obras Théorie des quatre mouvements (1808), Traité de l’association domestique (1822) y Le nouveau monde industriel et sociétaire (1829).

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Falansterio y tierras circundantes, diseñado por Fourier en 1822. Fuente.

Pierre-Joseph Proudhon fue un destacado anarquista promotor del cisma con el comunismo. Defendía a ultranza la libertad individual y era muy crítico con lo que llamaba “Ciudad Museo”, una urbe orientada al espectáculo, el turismo y al embellecimiento de calles y edificios históricos. Proudhon exaltaba el papel de la industria en la nueva sociedad que él creía se estaba formando y fomentaba el valor de uso contra la estética, a la que identificaba como patrimonio de la burguesía. Para esta nueva sociedad buscaba garantizar la libertad personal y por tanto era necesario proporcionar viviendas dignas, pleno empleo industrial, buscar el progreso técnico y articular las ciudades en base a casas unifamiliares y jardines.

Étienne Cabet tendía más hacia un comunismo que podríamos llamar utópico. Su pensamiento se basaba en las ideas marxistas de aportación según capacidad y recepción según necesidad. Entró en contacto con Owen con el que llegó a la conclusión de que los problemas sociales tenían origen en las desigualdades, con lo que la solución pasaba por un sistema social comunitario e igualitario. Influido por Tomás Moro y su obra Utopía (1516) escribió Viaje a Icaria (1840) describiendo una sociedad equilibrada, sin propiedad privada, sistemas productivos autosuficientes, tierras comunales y sin ejército ni policía. En Icaria las condiciones laborales se regulaban mediante una organización política asamblearia. El diseño de la ciudad que proponía Cabet era circular, con una rejilla ortogonal que la subdividía en calles, requiriendo un curso de agua central a partir del cual organizaba los sectores residenciales y los puntos comerciales comunales. También recuperaba elementos higienistas, como la situación fuera de la ciudad de fábricas y cementerios, y especializaba las calles por funciones ya fueran de transporte o de ocio, eso sí, eliminando el juego, las tabernas y las loterías. Inició el movimiento icariano que duró hasta 1898.

Los progresistas favorecían los grandes espacios verso a las aglomeraciones urbanas, gustaban de espacios verdes abundantes y ciudades pequeñas y ordenadas en estructuras elegantes. Buscaban el equilibrio funcional dentro de la ciudad con un espacio zonificado y amplio que favoreciera la higiene. Cada uno de ellos, como hemos visto, daba prioridad al factor que consideraba más importante para el cambio social: Owen la educación, Fourier la libertad, Proudhon la propiedad y Cabet la igualdad.

b) Culturalistas

Este grupo lo componían pensadores británicos que analizaban los problemas sociales desde un punto de vista global, no tanto urbano, y aunque detectaban los mismos problemas que veían los progresistas diferían sustancialmente en sus causas y soluciones. La principal causa que identificaban los culturalistas era la mecanización que, según ellos, rompía la unidad  que existía en la sociedad tradicional. La mecanización había eliminado la economía orgánica tradicional en favor una industria que provocaba aislamiento y disgregación a través de máquinas que transformaban a los seres humanos en otras máquinas. Aunque efectivamente la vida fabril producía problemas de alienación, los culturalistas creían en sociedades pasadas idealizadas que no poseían los problemas de la ciudad industrial. En ese sentido buscaban recuperar la espiritualidad, una colectividad unida y unos valores morales que creían perdidos. Respecto a las ciudades querían un entorno urbano bien diseñado, funcional y, muy importante, artístico, para facilitar la cohesión de las personas que la habitaban. La ciudad debía estar bien delimitada respecto al campo, ser de dimensión moderada y adaptada en forma a su territorio, sin utilizar figuras geométricas ideales.

John Ruskin era un profesor de bellas artes y opinaba que el arte reflejaba las virtudes de una sociedad, por tanto la sociedad del siglo XIX era desorganizada e incoherente a raíz del tipo de estética industrial que observaba. Intentó mejorar el aspecto urbano a partir del estudio de las ciudades clásicas, aunque dejaba en manos de la iniciativa privada el realizar las actuaciones concretas. Elogiaba la artesanía y la especificidad de cada obra y oficio, buscando la diversidad en los elementos urbanos, encajándolos entre sí de forma amónica. Los materiales que utilizaba eran orgánicos y comunes en los oficios de la sociedad pre-industrial contra el hierro y el acero de las nuevas edificaciones, en ese sentido buscaba dotar a cada edificio de una identidad única. Sus obras más políticas fueron Unto the Last (1862) y Munera Pulveris (1872).

William Morris fue un alumno de Ruskin que siguió el modelo planteado por su maestro, aunque con algunas diferencias, diseñando una propuesta utópica fundada en valores culturales. El arte debía ser creado por y para el pueblo, alejándose de la creación artística tradicional de la alta cultura enfocada a las clases dirigentes. Reivindicaba la clase obrera y el folklore como una cultura auténtica. Morris criticaba la explotación que observaba en las fábricas, pero no estaba en contra de la mecanización, explicaba ese abuso por la ausencia de valores morales. Como amante del pasado se basaba en una idealizada ciudad medieval como modelo a seguir, una “ciudad-pueblo” de tamaño pequeño, evitando las concentraciones urbanas mayores y las aglomeraciones industriales. Plasmó sus ideas en Hopes and Fears for Art (1881), Signs of change (1887) y Lectures of Socialism (1894).

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La Visión del Santo Grial, tapiz de 1890 diseñado por William Morris y sus colaboradores. Se pude ver el gusto por una Edad media idealizada y la influencia del Pre-rafaelismo. Fuente.

c) Progresistas sin modelo

Los progresistas sin modelo mantenían los ideales progresistas de mejora del futuro y búsqueda de una nueva sociedad igualitaria sin clases, pero se diferenciaban de sus colegas socialistas en que no poseían una visión utópica ideal y planificada de cómo debía ser la sociedad a la que llegar. Eso no quiere decir que no tuvieran propuestas para una ciudad que reflejaba un problema general y cuya morfología debía cambiar, pero tenían un carácter más pragmático. Además de sus críticas al capitalismo abogaban por la lucha de clases como método para cambiar la sociedad y la ciudad, escudándose en el materialismo histórico como explicación de la situación en que se encontraban. Aunque respetaban las ideas progresistas las veían como meras ideas irrealizables y la mejora de las condiciones de vida del presente debía ser la prioridad, no imaginar el futuro. La ciudad era un elemento intrínseco de sus análisis y en muchos aspectos sus obras serían los cimientos de la sociología urbana moderna.

Observaron que históricamente había existido una diferencia acusada entre la ciudad y el campo, siendo la primera la que tomaba las decisiones y la que atraía los flujos de capital mientras que el segundo acataba esas decisiones y producía las materias primas para la urbe. Esta diferencia se veía claramente en la situación de libertad de sus habitantes, estando los campesinos sujetos a la servidumbre mientras que en las ciudades se gozaba de mayor independencia. Según los progresistas sin modelo la ciudad había sido siempre el motor de cambio de la Historia y de las luchas de clases, un espacio liberador y al mismo tiempo alienador. Creían que la situación de explotación que estaban presenciando provocaría un escenario revolucionario que eliminaría el capitalismo e implantaría el comunismo tal y como el capitalismo había eliminado el feudalismo anteriormente.

La clase trabajadora urbana fue analizada a partir de la convivencia con los obreros, donde pudieron ver que las maravillas tecnológicas que se estaban produciendo en el siglo XIX contrastaban con las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Por ejemplo, observaron la indiferencia y falta de empatía que se producía entre ellos al sufrimiento y la pobreza de los demás, las aglomeraciones, el deterioro y la insalubridad dentro de las viviendas, la segregación social, la ocultación de la miseria en bolsas de pobreza urbana, las estrategias de construcción salvajes tales como materiales baratos, obsolescencia programada y aprovechamiento intensivo del suelo para construir cuantas más viviendas posibles (sin importar su minúsculo tamaño). Aunque el acceso a la vivienda siempre había sido un problema, con el capitalismo se agravaban aquellos aspectos que dificultaban su obtención. En general no defendían la tenencia en propiedad de la vivienda por los trabajadores, afirmando que esto provocaría problemas debido a la movilidad de residencia por cambio de lugar de trabajo y a la reducción de los salarios que se produciría, según ellos, si todos fueran propietarios.

Friedrich Engels abordó los problemas de las grandes ciudades a través de una crítica despiadada y el estudio de las condiciones de vida de los obreros. Le preocupaban la miseria de la clase trabajadora y denunciaba las medidas paternalistas de la democracia liberal, así como la caridad, como medio de paliar la pobreza y el acceso a la vivienda. Como hemos visto era un tema complejo y transversal, con el que Engels solamente percibía una posible solución a través de una revolución que permitiera otros modelos de acceso a la vivienda, como la propiedad colectiva. A partir del análisis de ciudades como Liverpool y Manchester quedó convencido de la inadecuación de las grandes aglomeraciones urbanas y como éstas favorecían la acumulación de la miseria y la segregación social. Las dos obras urbanistas de Engels fueron La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) y Contribución al problema de la vivienda (1873).

Karl Marx no fue tan prolífico como su compañero Engels en el análisis de las ciudades, pero afianzó las bases del estudio de los conflictos sociales urbanos a través del materialismo histórico. Este tipo de enfoque se basa en el análisis empírico y observa las relaciones de poder entre los diferentes agentes implicados en la construcción física y social de la ciudad: administración pública, empresas, promotores inmobiliarios, propietarios y ciudadanos. Es Marx quien constata que la ciudad puede ser un espacio liberador del individuo y al mismo tiempo alienador a través del estudio de Londres y su clase obrera.

Pero con el cambio de siglo las tendencias en el urbanismo cambiaron completamente. Las mejoras técnicas hicieron posible solucionar muchos de los problemas identificados por los pre-urbanistas y cambió la figura del urbanista hacia una mucho más técnica y específica alejada del cambio social que patrocinaban los pre-urbanistas. En la siguiente entrega veremos el papel de los urbanistas de principios del siglo XX y sus propuestas para crear una ciudad funcional y armoniosa.

Urbanismo (I)

Los problemas de la ciudad industrial (siglos XIX y XX)

Imagen: plano del proyecto original de ensanche de la ciudad de Barcelona en 1860 diseñado por el arquitecto Ildefons Cerdà. Los ensanches fueron ideados para poder solucionar parte de los problemas de la ciudad industrial. Fuente.

La sociedad urbana europea antes del siglo XIX tenía una escala relativamente pequeña. Incluso las grandes urbes del siglo XVIII, como París o Londres, poseían una densidad de población escasa si las comparamos con los centros urbanos de China, en la misma época, o las del siglo posterior. La economía se basaba en un modelo orgánico, con materiales provenientes, en su mayor parte, del campo, como la madera, las pieles o los tejidos, y fuentes de energía como los animales de tiro, el agua, el viento y también la madera. El uso del carbón era escaso, así como los metales, solamente el uso de la roca en la construcción era frecuente.

El desarrollo del capitalismo y el mercantilismo favoreció la creación de las Reales Fábricas durante el siglo XVII para la creación de manufacturas de lujo: tejidos, armas, porcelana, tabaco, vidrio, navíos, relojes, seda, carruajes o licores, por ejemplo. Estas fábricas permitían racionalizar y concentrar la producción, creando un modelo mucho más eficiente que el de los pequeños artesanos. La invención de la máquina de vapor en el siglo XVIII permitió deslocalizar las incipientes fábricas de los ríos, de donde obtenían la energía, a las ciudades, desde donde podían exportar las manufacturas, venderlas en sus mercados o ser consumidas directamente por la burguesía o la nobleza residentes.

Las mejoras en la agricultura produjeron al mismo tiempo un crecimiento de la población sin precedentes que provocó migraciones masivas hacia las ciudades en busca de oportunidades. La ciudad preindustrial no estaba preparada ni para acoger a las nuevas fábricas ni a las olas de inmigrantes lo que hizo que las ciudades del siglo XIX, en palabras de Henri Lefebvre, explotaran. Al no disponer de espacio debido a las numerosas murallas se empezó a construir en altura y en cualquier espacio disponible para acoger a los nuevos trabajadores, lo que aumentó la insalubridad de las ciudades. Las condiciones de vida de las urbes se describirían como inhumanas por parte de Karl Marx: la abundancia de mano de obra bajó los salarios, las calles y el alcantarillado no podían drenar correctamente los residuos humanos, las fábricas contaminaban el aire y las aguas. Los principales problemas fueron las epidemias, la falta de higiene, la mala dieta, los horarios extensos (14 horas diarias, siete días a la semana), las malas condiciones laborales y las viviendas precarias.

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Grabado de Bluegate Fields, Londres, por Gustave Doré en 1872. Bluegate Fields era uno de los peores barrios degradados de la capital británica. Fuente.

La ciudad industrial tuvo un crecimiento sin precedentes, iniciándose en Londres a partir de 1801 y más tarde en París desde 1830. No solamente las grandes capitales aumentaron de tamaño y población, también las ciudades medias. En 100 años se multiplicaron por 15 las ciudades europeas de más de 100.000 habitantes. La sociedad industrial era eminentemente urbana y las ciudades y su morfología el objeto central de los cambios producidos en el siglo XIX, el campo quedaría relativamente intacto hasta entrado el siglo XX. Pero a pesar de disponer de expertos ingenieros y arquitectos la sociedad industrial fracasó en el intento de ordenar el nuevo modelo de ciudad.

El sistema de transportes urbanos tuvo un gran desarrollo gracias a los tranvías (Nueva York, 1832; París, 1854; Düsseldorf, 1876) y a los ferrocarriles metropolitanos (Londres, 1863; Nueva York, 1863; Budapest, 1896) que permitieron desplazarse a los trabajadores de sus barrios altamente densificados a las fábricas. Para descongestionar esos barrios y, sobre todo, salir de ellos creando un nuevo modelo urbano, los empresarios construyeron los ensanches. Primero en París con Haussmann en 1852 y, especialmente, en Barcelona y Madrid en 1860. Se creó un nuevo orden espacial a imagen de la nueva sociedad que habitaba la ciudad. Esta morfología se caracterizaba por espacios racionales, funcionales y especializados, que incorporaban los nuevos medios de transporte (ferrocarril, 1811; automóvil, 1886) y comunicaciones (telégrafo, 1833; teléfono, 1877), con amplias zonas ajardinadas, calles amplias e higiénicas, comercios y grandes industrias.

Entrando en el siglo XX la electrificación de la ciudad era total y se incorporaron nuevos materiales de construcción como el cemento y el acero, que, junto a los ascensores (Otis, 1853), permitieron una excelente construcción en altura produciendo la fiebre de los rascacielos (1884-1939). Se podría decir que la ciudad de principios de siglo estaba ya 24 horas despierta y la industria tenía libertad de poder situarse donde más le conviniera, sin limitaciones de acceso a la energía o los transportes. Los automóviles empezaron a producirse en serie en 1904 gracias a Henry Ford y permitieron la descentralización de las actividades y residencias humanas, dando un cierto respiro a las congestionadas ciudades. Por otra parte también favoreció la creación de bloques urbanos socialmente homogéneos y separados, produciendo segregación social, un proceso que ya se había iniciado con los ferrocarriles (Burgess, 1925).

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Rockefeller Center y RCA Building desde el 515 de Madison Avenue, Nueva York, por Samuel Gottscho en 1933. Fuente.

Las grandes guerras entre 1914 y 1945 destruyeron gran parte de las ciudades europeas y se vio una oportunidad para poder empezar de cero, reconstruyéndolas mediante un modelo planificado. A partir de 1945 se buscó una ciudad donde primara el desarrollo económico y social, donde no se produjeran las desigualdades heredadas del siglo XIX ni el caos proveniente de la morfología preindustrial.

En conclusión, hemos podido ver como la ciudad del siglo XIX cambió en muy pocas décadas radicalmente, sin tiempo de poder adaptarse adecuadamente. Se modificaron totalmente las estructuras productivas, sociales y culturales sin poder cambiar tan fácilmente la morfología urbana donde tenían lugar. Esto creó problemas de salubridad y tensiones sociales, llegando al conflicto y la negociación para poder mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Ya en el siglo XX las mejoras técnicas permitieron una válvula de escape, se empezó a hablar de planificación urbana, desarrollo y bienestar. Existía una confianza plena en que no había límites a la inventiva humana y su capacidad de poder dar a todo el mundo un cierto nivel de vida. La electricidad, la arquitectura y el planeamiento permitieron organizar la ciudad acorde a modelos idílicos, considerando que la ciudad del siglo XIX no había funcionado debido a la incapacidad de modificar su forma adecuadamente.

En las siguientes entregas podremos ver las diferentes propuestas urbanísticas que han tenido mayor repercusión en el objetivo de mejorar la sociedad y la ciudad en los siglos XIX y XX, en un viaje por fórmulas utópicas y pragmáticas.