Las ciudades en España (IV)

Finales del siglo XX y principios del XXI

Imagen: Mercado de la Encarnación en Sevilla, llamado también Setas de Sevilla, visitado por turistas, todo un cambio respecto a la ciudad franquista. Fotografía de Joan Oger. Fuente.

Entrega final con el análisis de las ciudades españolas, esta vez nos centraremos en la ciudad más próxima en el tiempo, la de finales del siglo XX y principios del XXI.

La ciudad actual

Los años del cambio

Existen factores políticos y sociales que han influido mucho en el desarrollo de la ciudad actual derivados de la Transición Política entre 1975 y 1978, el interregno municipal entre 1975 y 1979 y la crisis económica mundial entre 1973 y 1985.

Primero se produjo una contracción del crecimiento urbano debido a un mercado de trabajo en recesión, se estancó la edificación e incluso se redujo. Se contempló el final de una etapa expansiva con un entorno de crisis política que produjo inseguridad, miedo y cambios en el gobierno del estado. También hubo una crisis industrial y económica, causando directamente la mengua del mercado de trabajo que comentábamos. Las expectativas de mejora de la calidad de vida que se crearon durante el desarrollismo no se vieron cumplidas cuando las instituciones municipales fueron insuficientes para gestionar el cambio y las mejoras a partir de 1979.

Las ciudades fracasaron y el tejido urbano se desindustrializó. Sobre todo afectó a las áreas de industria tradicional proletaria y de productos básicos, como la siderúrgica, la naval, el textil y los electrodomésticos. Normalmente esas industrias utilizaban tecnología obsoleta y debido a la crisis económica hicieron fallida, desplazándose a lugares con menos costes laborales. Ciudades como Sagunto, Bilbao o Terrassa fueron las afligidas por esta dinámica. En Euskadi también se produjo una migración de industrias fuera de su territorio debido a la presión terrorista, lo que afectó a su desarrollo económico.

Las empresas medianas y la existencia de una economía variada permitió a muchas ciudades sobrevivir a la crisis, pero provocando el crecimiento de la economía sumergida, con pagos de salarios y facturas en “negro” para evitar los impuestos y cotizaciones. La tranquilidad que existía fuera de las ciudades, con menor presencia de sindicatos y reivindicaciones, también favoreció la desindustrialización del núcleo urbano hacia la periferia. Las grandes metrópolis como Madrid, Barcelona o Bilbao, ciudades en desarrollo como Sevilla o Zaragoza o áreas industriales especializadas, como Sagunto, permitieron la aparición de grupos críticos con el sistema, arropados por el conglomerado urbano.

El desempleo subió de un 10% a casi un 30%, aumentando el volumen de parados en las grandes ciudades y potenciando la conflictividad social. El conflicto desincentivó la iniciativa empresarial que a su vez se contrajo debido a la caída de demanda de servicios. Menos consumo implicaba reducir costes para mantener los beneficios, lo que hacía aumentar el paro creando un circuito retroalimentado de crisis.

En 1982 el estado intervino cuando el país estaba en una situación crítica. Se estableció una política de reconversión industrial y urbana a partir de las Zonas de Urgente Reindustrialización (ZUR). Se pretendía sanear los sectores en crisis destapando la economía sumergida y potenciando actividades alternativas, nuevas industrias, de poca mano de obra y alta cualificación. Para lograrlo se crearon una serie de estímulos económicos para las nuevas industrias para que se situaran en los núcleos de las antiguas factorías y así recolocar excedentes laborales y potenciar la industria privada. Pero esta política no tuvo mucho éxito, la nueva industria se situó en lugares estratégicos para ella, como las autopistas, con tranquilidad social; mientras que la economía sumergida continuó, por ejemplo con prejubilaciones a los 60 años manteniendo al empleado trabajando en “negro”. Fue un final bastante traumático para el sistema productivo desarrollista, basado en la concentración industrial y urbana.

La ciudad postindustrial

Ya en 1988 con el final de la crisis económica se vivió un marco político y económico diferente, que tendía a la estabilidad, disminuyendo las tensiones políticas y sociales. Uno de los factores que intervino fue la democracia y el estado de las autonomías, que permitía una mayor participación de la sociedad y una intervención en el territorio de una administración más cercana. A partir de 1985 hubo una reactivación económica mundial que afectó no solamente a la industria sino también a otros sectores. Otros factores importantes fueron la integración en 1986 en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE, precedente de la actual Unión Europea), la prosperidad de los servicios superiores y la construcción (ligada en parte al turismo y la especulación) y el final de las migraciones internas y la reducción del crecimiento de la población. Estos dos últimos factores influyeron mucho en la morfología de la ciudad española durante los últimos 30 años; en general la ciudad actual repudia la industria y la visión de la urbe como almacén de personas.

Frente a este nuevo modelo existió el aporte de nuevas industrias, relativamente selectas, que buscaban localizaciones concretas. Se situaban sobre todo en los principales ejes de comunicación buscando rendimiento en la relación distancia-tiempo. Si no existían esos ejes se localizaban en lugares baratos, pero en los que se preveía la aparición de un eje en los siguientes años.

La antigua industria tuvo que reordenarse, tanto la situada en los ensanches como en los lugares más periféricos. Se reutilizaron los edificios y espacios abandonados por la industria creando parques, edificios públicos, escuelas, etc. Las manufacturas huyeron de la ciudad, manteniéndose solamente en algunas zonas periféricas.

Gracias al importante crecimiento de los servicios la ciudad se especializó y se necesitaron más lugares dedicados a esa actividad, con fácil accesibilidad. Aparecen nuevos CBD, prolongando los ya existentes a partir de los ejes viarios o creando nuevos en lugares estratégicos. Debido a que el centro de las ciudades empezaba a estar saturado las ampliaciones de los CBD se expanden por ejes periféricos.

Se crearon también vías que rodeaban las ciudades, las rondas de circunvalación, para comunicar barrios entre ellos y poder conectar la periferia de la ciudad. Las autopistas periurbanas vinieron más tarde para poder desviar el tránsito que no quería pasar por el núcleo urbano y de esta manera descongestionar los distintos ejes radiales de la ciudad, mejorando al mismo tiempo la movilidad del transporte interurbano.

Distanciándose del desarrollismo, los barrios de lujo de la ciudad actual se basan en viviendas adosadas unifamiliares al estilo de los suburbios norteamericanos, lejos de las ciudades. Inicialmente es un suelo más barato que permitía obtener alta rentabilidad con la construcción de este tipo de viviendas y, además, era imposible construir en las ciudades, completamente saturadas de edificación. Se situaron en las autopistas periféricas, apoyados en algunos caso en núcleos rurales.

Una parte de los servicios y el comercio se instaló en la periferia, en los grandes ejes de comunicación o al final de los CBD, creando los servicios periurbanos. Debido a su proximidad a las autopistas y a la incapacidad de las vías de absorber a tantos clientes empezaron a provocar retenciones en el tráfico. Gracias a la influencia de este tipo de servicios y a los barrios de lujo muchos núcleos rurales se urbanizaron. El crecimiento se trasladó del centro a la periferia de las ciudades, normalmente sin actividades de tipo industrial.

Alternativa productiva

A finales del siglo XX se empezaron a aplicar nuevas tecnologías a la industria urbana remodelándola a partir de la informática, nuevos sectores productivos industriales, nuevas formas de comercio y nuevos servicios. Se crearon polígonos industriales, de bajo coste, pero atractivos para las nuevas tecnologías que huían de la masificación del desarrollismo, propiciando una cierta especialización. Para poder atraer estos nuevos tipos de industria se recalificaron terrenos en municipios periféricos a las grandes ciudades. De esta manera se buscaba captar empresas y producir riqueza. Los municipios buscaban industrias específicas, normalmente de alta tecnología, y acabaron formándose los primeros parques tecnológicos, con suelo barato y reducciones fiscales. Las nuevas empresas por su parte requieren de un acceso a la red de universidades, infraestructuras adecuadas, buenas comunicaciones y entornos donde el ocio y el deporte sean viables, con un clima adecuado y un ambiente natural limpio.

La viaja industria por su parte se recuperaba gracias a la capacidad del sector terciario superior de ofrecerle ayuda, apoyo y atractivo para entrar en el nuevo sistema productivo. Este sector permitía aplicar innovación tecnológica mediante la mecanización y la informatización, también mayor comunicación a partir de la publicidad, la mejora de transportes y la difusión del producto y una mejor comercialización dedicándose a vender ellos los productos en lugar de la industria creadora, realizando estudios de mercado y ofertas flexibles.

Grandes operaciones urbanísticas como las Olimpiadas de Barcelona 1992, la Exposición Universal de Sevilla del mismo año o el Fórum de las Culturas, también de Barcelona, en 2004 se realizaron para reconvertir áreas degradadas y rediseñar infraestructuras haciendo comercial la propia ciudad (Barcelona, la millor botiga del món – Barcelona, la mejor tienda del mundo), vendiéndola como un producto más.

Todo lo anterior llevó a un nuevo concepto de ciudad que rompía claramente con el desarrollismo. Si durante el franquismo se vivía en la ciudad, ahora se vive la ciudad, se procura satisfacer las necesidades de la población. Para poder conseguirlo había que suplir la carencia de servicios que provocó el desarrollismo, cuando la ciudad era un almacén de personas y se buscaba un crecimiento rápido de ese almacén.

La ciudad se convirtió en un espacio de consumo social debido a las necesidades de salud y ocio, por ejemplo, con un proceso ya iniciado por grupos clandestinos durante el franquismo. Se buscaba una mejora de la calidad de vida urbana y finalizar con el sistema productivo anterior que veía la ciudad como una máquina productora, una fábrica-almacén donde vivían y trabajaban los obreros. Se trasformó la ciudad de un espacio de producción a uno de consumo, de fábrica a tienda.

Las actuaciones públicas y privadas produjeron una mejora de la calidad residencial; al acabarse las migraciones rurales el problema de la vivienda se terminó. Se crearon muchas viviendas unifamiliares en la periferia de las ciudades y se rehabilitaron otras, destruyendo parte de los centros históricos, expulsando a los habitantes anteriores que no podían volver debido al aumento de los precios y atrayendo a personas de clase más alta, iniciando un proceso de gentrificación.

Los servicios públicos se reestructuraron por categorías tanto en salud como en educación, siendo mucho más frecuente la categoría más baja de servicios básicos, y más rara las de servicios superiores, con una categoría intermedia. Anteriormente ya existían estos servicios pero estaban muy mal distribuidos, con la reestructuración el acceso es mucho mayor por parte de la población. También se procuró crear espacios públicos, como plazas o bibliotecas, y se empezó a conservar el patrimonio cambiando de una postura que rozaba el odio a lo antiguo hasta una que bordeaba la conservación enfermiza de cualquier resto. Se concedieron subvenciones para rehabilitar fachadas y cascos antiguos, además de buscar el apoyo de la UNESCO para declarar determinados lugares patrimonio de la Humanidad.

La ciudad del siglo XXI

Actualmente las ciudades españolas se están polarizando. Los municipios pequeños tienden a tener cada vez menos población, sobre todo en el mundo rural, mientras que los grandes no dejan de crecer. En este último caso no siempre es posible debido a los límites municipales y de densidad, lo que provoca el crecimiento de municipios adyacentes. En todo caso, se produce una concentración urbana en pocas áreas metropolitanas, dejando un espacio “vacío” de carácter rural y casi sin actividades económicas entre ellas.

En esas áreas las actividades tienden a estar situadas lejos de las residencias (cada vez más alejadas del centro), lo que ha hecho aumentar la conmutación y, consecuentemente, un aumento del transporte privado. El centro urbano continúa con las actividades más prestigiosas y el precio del suelo en esa zona cada vez es más alto, expulsando a sus habitantes y a los negocios menos competitivos.

En ese sentido, debido a las reformas en el centro histórico y a las actuaciones de mejora de infraestructuras de los barrios periféricos se ha producido un proceso de gentrificación, donde la población y actividades de un barrio son substituidas por población foránea de clase social más alta con actividades menos necesarias, eliminando el comercio de proximidad y en muchos casos el de alimentación. Esos barrios sufren un cambio acusado en su paisaje y no solamente por el aumento del precio del alquiler y del suelo, sino por la destrucción del tejido social previo, cuyas principales víctimas son la gente mayor.

Relacionado con la gentrificación encontramos el aumento del turismo. El propio turismo y los pisos alquilados para pernoctar pocas noches también provocan un aumento del precio del alquiler y el suelo, expulsando de la misma manera a la población anterior como en el caso de la gentrificación. La población de esos barrios, frecuentemente en el centro urbano, emigra hacia barrios más baratos que a su vez son afectados por estos dos fenómenos a medida que el aumento del precio del suelo se va extendiendo en coronas sucesivas. Poco a poco la población solamente tiene la solución de ir a una corona metropolitana cada vez más lejana del centro para poder tener una vivienda, mientras las actividades económicas de su nueva población no pueden acogerlos, obligándoles a una conmutación cada vez más lejana.

El turismo (junto con otros factores), por otro lado, también provoca una homogeneización del tejido comercial, un aumento de las franquicias y pérdida de identidad. Excepto en algunos pocos hitos urbanos, el aspecto de los centros de las ciudades, al igual que los aeropuertos, empieza a ser cada vez más parecido. Además el aumento de población temporal en la ciudad y los transportes utilizados para llevarla allí provocan un aumento de la contaminación y el uso de recursos, como el agua que estresan el medio ambiente. El transporte privado también ha aumentado y las emisiones de CO₂ no han parado de crecer. ¿Es posible la Integración de la ciudad con el medio ambiente? Normalmente se realiza una actuación por sectores y no hay una visión integral, muy a menudo también se interviene por motivos políticos y no racionales, y las ciudades se han convertido en mamotretos que cuesta mucho gestionar.

Pero el precio de la vivienda también estuvo afectado por una concesión de crédito casi libre para la compra desde 1998 hasta 2007, influida por una Ley del Suelo que liberalizaba su transformación en suelo urbano y, sobre todo, por la necesidad de colocar productos de deuda, como ya hemos comentado en otra entrada. Esto provocó una burbuja especulativa donde muchas familias no compraban para vivir, si no para invertir y el crecimiento de la inmigración extranjera, que buscaba un hogar, potenció aún más este proceso.

¿Qué retos tiene la ciudad actual? Principalmente el acceso a la vivienda, que se ha convertido en un gran problema para los jóvenes y para las nuevas familias. La movilidad es otro de los retos importantes, ligada a la contaminación provocada por los automóviles de motor de combustión. Por otro lado la economía española depende mucho del turismo y de industrias poco competitivas, lo que se ha puesto de manifiesto con la crisis de la COVID-19, así que las actividades de las ciudades tienen también el reto de adaptarse y poder generar empleo que no dependa de las visitas extranjeras. Como hemos visto, cada época ha tenido retos diferentes y se han tomado decisiones con consecuencias positivas y negativas ¿Cuál es vuestra opinión sobre la ciudad actual?

Las ciudades en España (III)

Imagen: mujeres pidiendo viviendas dignas en Carabanchel Bajo, Madrid, durante la transición política hacia la democracia en España (1975-1981). La vivienda precaria, o infravivienda, fue un fenómeno común durante el final del franquismo que tuvo que resolver la sociedad de la transición. Fuente.

Tercera parte del análisis de las ciudades españolas, esta vez nos adentramos más en las características de la ciudad franquista, dentro de los dos periodos de esta época, la autarquía y el desarrollismo.

La autarquía

Hasta 1955 el régimen franquista promovió la autarquía en España. La autarquía es un enfoque económico típico de regímenes autoritarios nacionalistas. Pretende conseguir la autosuficiencia en sectores estratégicos fundamentales, tales como la industria pesada (metalúrgica y química) y la energía, mediante un gobierno muy intervencionista. Este enfoque puede tener éxito en países grandes como los Estados Unidos de América o la antigua Unión Soviética (o incluso en la Rusia actual), pero en España existe una deficiencia muy grande en estos sectores para poder ser autosuficiente, produciendo por tanto una economía de perfil bajo.

La ciudad española había quedado muy deteriorada tras la Guerra Civil y debido a la nueva autarquía se hacía muy complicado desarrollar los sectores industriales y de servicios necesarios. El intervencionismo del estado franquista era total en toda actividad económica, vigilando no solo que se cumplieran las expectativas autárquicas sino que además no se subvirtiera el régimen. La ciudad representaba un peligro para el estado debido a la clase obrera, la presencia de sindicatos y al ser un nexo de culturas e ideas de todo el mundo. Pero a la vez quería transformarla en una urbe que personificara las virtudes del nuevo régimen a través del Plan Nacional de Reconstrucción, que resultó utópico e irrealizable. Por otro lado se promocionó un retorno al campo y una repoblación de zonas abandonadas para poder ejercer un mayor control sobre ellas.

Madrid sería el escaparate del régimen, la ciudad ejemplo de España, para frenar el desarrollo de ciudades como Bilbao o Barcelona. El control estatal de la economía permitió que Madrid fuera el foco de la industria junto a ciudades consideradas “no Rojas” como Cartagena o Cádiz. El Instituto Nacional de Industria se creó en 1941 para promocionar ciudades intermedias que complementaran a la capital, “La Ciudad” de España. Las anteriores ciudades industriales se empezaron a reactivar a pesar de un mercado interior pequeño, pero gracias a la nula competencia externa. No se produjo ningún cambio sustancial en el resto de ciudades durante la autarquía excepto en aquellas que el régimen escogió para ciertas actividades. Se crearon viviendas baratas para acoger a los nuevos inmigrantes, pero fueron insuficientes y consecuentemente empezaron a proliferar las barracas o chabolas.

En 1956 se redactó la Ley del Suelo y Ordenación Urbana, aunque no se llevaría a la práctica en su totalidad. La ley consideraba la ciudad como parte integral del territorio y no un ente aislado y se constituyeron planeamientos a diversas escalas: estatal, provincial, comarcal y municipal. También pretendía, en teoría, facilitar el desarrollo equilibrado del territorio y las ciudades, mediante la prevalencia del interés colectivo verso el individual, pero a su vez permitía la participación privada en todo el proceso de intervención territorial.

El desarrollismo

A partir de entonces y hasta 1975 se produjo un gran crecimiento urbano en contraposición al anterior periodo. La autarquía fue un fracaso y el régimen tuvo que reconvertirse. Tras las derrotas del Eje durante la II Guerra Mundial en 1943 también había ido menguando la influencia del Movimiento Nacional, partido único que aglutinaba a varias facciones de corte fascista o tradicionalista como Falange Española, las JONS y los carlistas. El régimen franquista pivotó hacia la llamada tecnocracia ligada al Opus Dei y a una apertura e integración económica hacia el capitalismo que culminó con el Plan de Estabilización de 1959. El objetivo era la concentración de los medios de producción para mejorar la productividad y la creación de grandes mercados de consumo y trabajo, en otras palabras, grandes ciudades.

El inicio del proceso se realizó mediante la industrialización y urbanización de Madrid, Barcelona y Vizcaya que acabó generando una concentración de más del 40% de la producción estatal ese triángulo. Esto atrajo mano de obra del campo hacia esos polos, ya que no encontraban empleo en las zonas rurales donde se había producido un aumento de la población debido a la bajada de la mortalidad gracias a las mejoras en la dieta. Los inmigrantes encontrarían trabajo en las nuevas fábricas creando ese gran mercado necesario para la dinámica capitalista y a su vez provocando un gran crecimiento urbano.

No obstante la rápida concentración creó des-economías que impidieron aprovechar todas las ventajas que aparecían. Existieron planes de descongestión urbana para diseñar polígonos industriales alrededor de las ciudades o en emplazamientos desiertos mediante subvenciones estatales. La hiper-concentración también provocaba desequilibrios territoriales que se intentaron remediar mediante el desarrollo de polos industriales en regiones que se estaban abandonando, como Zaragoza o Valladolid, intentando evitarlo.

El desarrollo que se promovía preveía un crecimiento urbano equilibrado mientras se buscaba una rentabilidad alta y en poco tiempo. Aun así la teoría del desarrollo implantada y la realizada diferían bastante, llevando a un periodo de grandes contradicciones. El interés económico de industriales y promotores inmobiliarios sobrepasó, mediante los grupos de presión (lobbies), a la legalidad, aunque sí que hubo ocasiones en que ambos coincidieron. La participación ciudadana era nula, excepto a partir de los años 70 cuando hubieron algunos movimientos sociales.

  • Los ensanches de clase media

Se continuó su desarrollo mediante actuaciones puntuales de casas individuales entre 50 y 100 viviendas mediante muchas empresas constructoras que podríamos clasificar como PYME. El capital privado invertido era pequeño y directo, se buscaba la densificación y no se invertía en espacios verdes ni en servicios públicos. En cambio la estructura de la vivienda era de calidad con bastante espacio habitable, entre 80 y 100 metros cuadrados, normalmente.

  • Periferia urbana de clase baja (barrios dormitorio)

Se crearon grandes conjuntos residenciales de más de 1000 viviendas mediante la reconversión del suelo rural. Los promotores eran grandes constructoras y grupos empresariales y se necesitó hacer llegar ejes de transporte a estos nuevos barrios mediante capital público-privado. Los proyectos carecían de espacios urbanizados que contuviesen aceras o iluminado público, por ejemplo, y también disponían de un transporte deficiente, por tanto se generaba un espacio poco densificado. Las viviendas eran de mala calidad, con poco espacio (entre 60 y 70 metros cuadrados, habitualmente) que se agravaba por el comportamiento natal heredado del campo, con muchos hijos. También carecían de saneamiento, agua e incluso de ventanas apropiadas.

Los costes sociales y ambientales de esta política fueron altos, sobre todo por la falta de concienciación medioambiental de esa época. Para el inmigrante rural no repercutía en un cambio sustancial de su modo de vida anterior la ausencia de asfalto, la presencia de malos olores o el dedicar mucho tiempo para llegar al trabajo, pero en la década de los 70 empezaron a ser conscientes de las malas condiciones en las que vivían. Por motivos políticos, para evitar tumultos en las ciudades y presentar una buena imagen, no por motivos sociales, el régimen empezó a solucionar esos problemas.

Durante el desarrollismo el medio ambiente era lo contrario a lo urbano. La contaminación significaba progreso, mejores salarios y más empleo. También se puso más interés en el consumo de recursos por parte de la industria que no por parte de la ciudadanía. Se destruyeron bosques, se produjeron salinizaciones de acuíferos y se hacían vertidos de residuos sin demasiado control. También se acabó destruyendo a la agricultura de proximidad, a pesar de las leyes que la protegían, y no se tenían en cuenta los factores climáticos ni agrícolas para las actuaciones en el territorio, como en la creación de la Autopista del Mediterráneo, por ejemplo. Dentro de las ciudades también se destruyó patrimonio considerándolo “edificios viejos”.

Las áreas metropolitanas

Para poder coordinar todas la actuaciones y servicios (transportes e infraestructuras principalmente) en un entorno urbano de rápido crecimiento se creó la figura del área metropolitana a partir de una urbe dominante entre una serie de áreas periurbanas colindantes.

Las principales áreas metropolitanas fueron Madrid, Barcelona y Bilbao, seguidas en un tamaño inferior por Valencia, Sevilla y Zaragoza. En algunos casos donde había mayor equilibrio se optó por una co-dominancia entre dos ciudades, o más, como fueron Sabadell/Terrassa, La Coruña/Ferrol, San Sebastián/Irún o Cádiz y su entorno.

Urbanismo (II)

Los Pre-urbanistas

Imagen: Estampa con las obras de construcción y urbanización de la madrileña calle Claudio Coello en 1872, actualmente en el barrio de Salamanca. El ensanche de Madrid, realizado mediante el Plan Castro, recogía varias de las ideas higienistas que veremos a continuación. Fuente.

El urbanismo tal y como lo conocemos actualmente proviene del siglo XIX y la Revolución Industrial y etimológicamente procede de la palabra latina Urbs/Urbis que significa ciudad. Por tanto el urbanismo sería la disciplina que estudia las ciudades: su diseño, planificación, construcción, ordenamiento y adaptación. Según Gaston Bardet el término urbanismo surgió alrededor de 1910, aunque podemos encontrar ejemplos de diseño urbano ya en la Edad Antigua.

Sin embargo la diferencia con las artes urbanas anteriores al siglo XVIII radicaba en que la nueva disciplina era reflexiva, crítica y tenía pretensión científica. El nuevo urbanismo pretendía solucionar los problemas de las nuevas ciudades industriales, las ciudades de las máquinas, aspirando a tener un carácter universal, científico y verdadero. La teoría urbanística como tal surgió tras la I Guerra Mundial ligada a los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron y que hicieron de la ciudad un centro para esos cambios, modificándola o creando otras nuevas.

Pero anteriormente, en el siglo XIX, surgieron una serie de pensadores y críticos de la situación de la ciudad europea. Una ciudad que, como hemos visto, tuvo grandes cambios, muchos de ellos no para mejor. Estos pensadores los podemos llamar pre-urbanistas, ya que si bien tenían la ciudad como punto central de su discurso, analizaban toda la sociedad europea en su conjunto y pretendían un cambio social más que una alteración de la morfología urbana. Estos pensadores se ocupaban de las problemáticas de las ciudades sin disociarlas de las cuestiones surgidas en torno a la estructura social. Françoise Choay clasificó a estos intelectuales en tres grupos: Cuantitativistas, Higienistas y Críticos-políticos.

Cuantitativistas

El primer grupo englobaba a aquellos observadores y registradores de los fenómenos urbanos como las epidemias, las condiciones de vida de sus habitantes o el crecimiento demográfico y urbano. Eran principalmente estadísticos, de ahí su nombre, y no ahondaban más allá de señalar los problemas de los ciudadanos. Alfred Legoyt estudió la ciudad de París y la emigración francesa, Pierre Émile Levasseur analizó el comercio y los factores geográficos que lo influyen, Frédéric Le Play observó la vida en los hogares, principalmente de los mineros, y la influencia de los salarios, Adolphe Quetelet aplicó el método estadístico a la sociología y Adna Ferrin Weber, en Estados Unidos, investigó el crecimiento urbano.

Higienistas

El segundo grupo lo componían aquellos preocupados por la mortalidad en las ciudades, interesados en crear leyes que la redujeran, en su mayoría eran sacerdotes y médicos. Según Francesc Nadal la medicina preventiva y las vacunas influyeron para crear métodos de defensa a priori contra la enfermedad en lugar de una medicina curativa basada en remedios a posteriori. También surgieron ideales poblacionistas que aspiraban a prevenir las enfermedades mediante la higiene y la alimentación, así como intereses entre los empleadores para poder tener una mano de obra industrial sana y productiva.

Las ideas higienistas se basaban en evitar la contaminación industrial, aumentar la entrada de luz solar en calles y viviendas, desinfectar las superficies y crear fuentes de proteínas para los obreros, como los prados urbanos para el pasto de ganado. Para lograrlo presionaron para expulsar las fábricas del núcleo urbano, evitar el chabolismo mediante viviendas planificadas, abrir la trama urbana creando ventilación y buscaron dotar a los barrios de equipamientos como hospitales y zonas verdes. El derribo de las murallas también fue una idea higienista ya que impedían el desarrollo del resto de medidas, como constata el proyecto Abajo las murallas (1841) de Pere Felip Monlau.

Críticos-políticos

El grupo más numeroso y heterogéneo es el tercero, compuesto por pensadores que a partir de un diagnóstico global de la sociedad realizaban propuestas para configurar un nuevo orden social en el cual debía existir un nuevo modelo de ciudad. Choay dividió este grupo a su vez en otros tres: Progresistas, Culturalistas y Progresistas sin modelo.

a) Progresistas

Los progresistas eran defensores del progreso técnico y buscaban terminar con las necesidades humanas mediante la ciencia, resolviendo los problemas de la relación humanidad-medio ambiente y entre los seres humanos entre sí gracias al conocimiento científico. El principal problema que identificaron fue la propiedad privada de los medios técnicos que provocaba dominación y explotación de unos seres humanos hacia otros. Su propuesta para solucionarlo era una sociedad imaginaria sin dominación ni propiedad de los medios de producción, en la que se desarrollaría una humanidad perfecta cuyas necesidades universales, deducibles científicamente, estarían plenamente cubiertas.

Su vertiente política era muy cercana al socialismo utópico y se dedicaban a analizar, clasificar y zonificar el espacio urbano teniendo también en cuenta elementos de los higienistas como el acceso al agua corriente o la iluminación. En general tenían bastante aprecio por la austeridad y las figuras geométricas, en contraposición al barroquismo de la burguesía, el modernismo.

Eran críticos con los anteriores grupos de pre-urbanistas acusándoles de ser demasiado pasivos, simplemente descriptivos, entendiendo ellos que es más importante la solución que la crítica. En ese sentido identificaron la ciudad como el elemento vinculante de la sociedad industrial y el capitalismo, donde era más palpable la alienación, la explotación, las desigualdades y los conflictos. Para poder corregir esta situación insostenible crearon sociedades perfectas alternativas al capitalismo a las que había que aspirar y como elemento fundamental se encontraba el modelo urbano perfecto de esa sociedad.

Robert Owen, como socialista primerizo, fundamentó sus teorías en la educación para formar mejores personas, más morales, capaces de dominar la máquina mediante el conocimiento técnico y de esta manera mejorar el rendimiento industrial. Se oponía a la lucha de clases y buscaba el cooperativismo, siendo la escuela el aspecto más determinante de la nueva sociedad a la que aspirar. Escribió A new view of Society (1813), Report to the country of Lanark (1816) y The book of the new moral world (1836).

Charles Fourier fue un autor muy detallista e incisivo, cuyo ambicioso objetivo, tal vez inalcanzable, era la armonía universal. Sus principales críticas iban dirigidas hacia la competencia a la que se ven abocados los trabajadores y la división del trabajo, a las que culpaba de la alienación obrera. Creía que erradicando los principales rasgos del capitalismo se llegaría a un estado definitivo de sociedad perfecta. Su propuesta más concreta fue el falansterio, una unidad habitacional basada en la libre consecución de las necesidades personales, respetando a su vez la libertad personal de todos sus miembros. El falansterio sería la unidad básica de la nueva sociedad, articulado como un palacio y con una distribución ordenada de las funciones urbanas en base a un sistema de pequeños propietarios. Fourier diseñó al detalle tanto la nueva sociedad que imaginaba como los falansterios en sus obras Théorie des quatre mouvements (1808), Traité de l’association domestique (1822) y Le nouveau monde industriel et sociétaire (1829).

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Falansterio y tierras circundantes, diseñado por Fourier en 1822. Fuente.

Pierre-Joseph Proudhon fue un destacado anarquista promotor del cisma con el comunismo. Defendía a ultranza la libertad individual y era muy crítico con lo que llamaba “Ciudad Museo”, una urbe orientada al espectáculo, el turismo y al embellecimiento de calles y edificios históricos. Proudhon exaltaba el papel de la industria en la nueva sociedad que él creía se estaba formando y fomentaba el valor de uso contra la estética, a la que identificaba como patrimonio de la burguesía. Para esta nueva sociedad buscaba garantizar la libertad personal y por tanto era necesario proporcionar viviendas dignas, pleno empleo industrial, buscar el progreso técnico y articular las ciudades en base a casas unifamiliares y jardines.

Étienne Cabet tendía más hacia un comunismo que podríamos llamar utópico. Su pensamiento se basaba en las ideas marxistas de aportación según capacidad y recepción según necesidad. Entró en contacto con Owen con el que llegó a la conclusión de que los problemas sociales tenían origen en las desigualdades, con lo que la solución pasaba por un sistema social comunitario e igualitario. Influido por Tomás Moro y su obra Utopía (1516) escribió Viaje a Icaria (1840) describiendo una sociedad equilibrada, sin propiedad privada, sistemas productivos autosuficientes, tierras comunales y sin ejército ni policía. En Icaria las condiciones laborales se regulaban mediante una organización política asamblearia. El diseño de la ciudad que proponía Cabet era circular, con una rejilla ortogonal que la subdividía en calles, requiriendo un curso de agua central a partir del cual organizaba los sectores residenciales y los puntos comerciales comunales. También recuperaba elementos higienistas, como la situación fuera de la ciudad de fábricas y cementerios, y especializaba las calles por funciones ya fueran de transporte o de ocio, eso sí, eliminando el juego, las tabernas y las loterías. Inició el movimiento icariano que duró hasta 1898.

Los progresistas favorecían los grandes espacios verso a las aglomeraciones urbanas, gustaban de espacios verdes abundantes y ciudades pequeñas y ordenadas en estructuras elegantes. Buscaban el equilibrio funcional dentro de la ciudad con un espacio zonificado y amplio que favoreciera la higiene. Cada uno de ellos, como hemos visto, daba prioridad al factor que consideraba más importante para el cambio social: Owen la educación, Fourier la libertad, Proudhon la propiedad y Cabet la igualdad.

b) Culturalistas

Este grupo lo componían pensadores británicos que analizaban los problemas sociales desde un punto de vista global, no tanto urbano, y aunque detectaban los mismos problemas que veían los progresistas diferían sustancialmente en sus causas y soluciones. La principal causa que identificaban los culturalistas era la mecanización que, según ellos, rompía la unidad  que existía en la sociedad tradicional. La mecanización había eliminado la economía orgánica tradicional en favor una industria que provocaba aislamiento y disgregación a través de máquinas que transformaban a los seres humanos en otras máquinas. Aunque efectivamente la vida fabril producía problemas de alienación, los culturalistas creían en sociedades pasadas idealizadas que no poseían los problemas de la ciudad industrial. En ese sentido buscaban recuperar la espiritualidad, una colectividad unida y unos valores morales que creían perdidos. Respecto a las ciudades querían un entorno urbano bien diseñado, funcional y, muy importante, artístico, para facilitar la cohesión de las personas que la habitaban. La ciudad debía estar bien delimitada respecto al campo, ser de dimensión moderada y adaptada en forma a su territorio, sin utilizar figuras geométricas ideales.

John Ruskin era un profesor de bellas artes y opinaba que el arte reflejaba las virtudes de una sociedad, por tanto la sociedad del siglo XIX era desorganizada e incoherente a raíz del tipo de estética industrial que observaba. Intentó mejorar el aspecto urbano a partir del estudio de las ciudades clásicas, aunque dejaba en manos de la iniciativa privada el realizar las actuaciones concretas. Elogiaba la artesanía y la especificidad de cada obra y oficio, buscando la diversidad en los elementos urbanos, encajándolos entre sí de forma amónica. Los materiales que utilizaba eran orgánicos y comunes en los oficios de la sociedad pre-industrial contra el hierro y el acero de las nuevas edificaciones, en ese sentido buscaba dotar a cada edificio de una identidad única. Sus obras más políticas fueron Unto the Last (1862) y Munera Pulveris (1872).

William Morris fue un alumno de Ruskin que siguió el modelo planteado por su maestro, aunque con algunas diferencias, diseñando una propuesta utópica fundada en valores culturales. El arte debía ser creado por y para el pueblo, alejándose de la creación artística tradicional de la alta cultura enfocada a las clases dirigentes. Reivindicaba la clase obrera y el folklore como una cultura auténtica. Morris criticaba la explotación que observaba en las fábricas, pero no estaba en contra de la mecanización, explicaba ese abuso por la ausencia de valores morales. Como amante del pasado se basaba en una idealizada ciudad medieval como modelo a seguir, una “ciudad-pueblo” de tamaño pequeño, evitando las concentraciones urbanas mayores y las aglomeraciones industriales. Plasmó sus ideas en Hopes and Fears for Art (1881), Signs of change (1887) y Lectures of Socialism (1894).

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La Visión del Santo Grial, tapiz de 1890 diseñado por William Morris y sus colaboradores. Se pude ver el gusto por una Edad media idealizada y la influencia del Pre-rafaelismo. Fuente.

c) Progresistas sin modelo

Los progresistas sin modelo mantenían los ideales progresistas de mejora del futuro y búsqueda de una nueva sociedad igualitaria sin clases, pero se diferenciaban de sus colegas socialistas en que no poseían una visión utópica ideal y planificada de cómo debía ser la sociedad a la que llegar. Eso no quiere decir que no tuvieran propuestas para una ciudad que reflejaba un problema general y cuya morfología debía cambiar, pero tenían un carácter más pragmático. Además de sus críticas al capitalismo abogaban por la lucha de clases como método para cambiar la sociedad y la ciudad, escudándose en el materialismo histórico como explicación de la situación en que se encontraban. Aunque respetaban las ideas progresistas las veían como meras ideas irrealizables y la mejora de las condiciones de vida del presente debía ser la prioridad, no imaginar el futuro. La ciudad era un elemento intrínseco de sus análisis y en muchos aspectos sus obras serían los cimientos de la sociología urbana moderna.

Observaron que históricamente había existido una diferencia acusada entre la ciudad y el campo, siendo la primera la que tomaba las decisiones y la que atraía los flujos de capital mientras que el segundo acataba esas decisiones y producía las materias primas para la urbe. Esta diferencia se veía claramente en la situación de libertad de sus habitantes, estando los campesinos sujetos a la servidumbre mientras que en las ciudades se gozaba de mayor independencia. Según los progresistas sin modelo la ciudad había sido siempre el motor de cambio de la Historia y de las luchas de clases, un espacio liberador y al mismo tiempo alienador. Creían que la situación de explotación que estaban presenciando provocaría un escenario revolucionario que eliminaría el capitalismo e implantaría el comunismo tal y como el capitalismo había eliminado el feudalismo anteriormente.

La clase trabajadora urbana fue analizada a partir de la convivencia con los obreros, donde pudieron ver que las maravillas tecnológicas que se estaban produciendo en el siglo XIX contrastaban con las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Por ejemplo, observaron la indiferencia y falta de empatía que se producía entre ellos al sufrimiento y la pobreza de los demás, las aglomeraciones, el deterioro y la insalubridad dentro de las viviendas, la segregación social, la ocultación de la miseria en bolsas de pobreza urbana, las estrategias de construcción salvajes tales como materiales baratos, obsolescencia programada y aprovechamiento intensivo del suelo para construir cuantas más viviendas posibles (sin importar su minúsculo tamaño). Aunque el acceso a la vivienda siempre había sido un problema, con el capitalismo se agravaban aquellos aspectos que dificultaban su obtención. En general no defendían la tenencia en propiedad de la vivienda por los trabajadores, afirmando que esto provocaría problemas debido a la movilidad de residencia por cambio de lugar de trabajo y a la reducción de los salarios que se produciría, según ellos, si todos fueran propietarios.

Friedrich Engels abordó los problemas de las grandes ciudades a través de una crítica despiadada y el estudio de las condiciones de vida de los obreros. Le preocupaban la miseria de la clase trabajadora y denunciaba las medidas paternalistas de la democracia liberal, así como la caridad, como medio de paliar la pobreza y el acceso a la vivienda. Como hemos visto era un tema complejo y transversal, con el que Engels solamente percibía una posible solución a través de una revolución que permitiera otros modelos de acceso a la vivienda, como la propiedad colectiva. A partir del análisis de ciudades como Liverpool y Manchester quedó convencido de la inadecuación de las grandes aglomeraciones urbanas y como éstas favorecían la acumulación de la miseria y la segregación social. Las dos obras urbanistas de Engels fueron La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) y Contribución al problema de la vivienda (1873).

Karl Marx no fue tan prolífico como su compañero Engels en el análisis de las ciudades, pero afianzó las bases del estudio de los conflictos sociales urbanos a través del materialismo histórico. Este tipo de enfoque se basa en el análisis empírico y observa las relaciones de poder entre los diferentes agentes implicados en la construcción física y social de la ciudad: administración pública, empresas, promotores inmobiliarios, propietarios y ciudadanos. Es Marx quien constata que la ciudad puede ser un espacio liberador del individuo y al mismo tiempo alienador a través del estudio de Londres y su clase obrera.

Pero con el cambio de siglo las tendencias en el urbanismo cambiaron completamente. Las mejoras técnicas hicieron posible solucionar muchos de los problemas identificados por los pre-urbanistas y cambió la figura del urbanista hacia una mucho más técnica y específica alejada del cambio social que patrocinaban los pre-urbanistas. En la siguiente entrega veremos el papel de los urbanistas de principios del siglo XX y sus propuestas para crear una ciudad funcional y armoniosa.