Las ciudades en España (III)

Imagen: mujeres pidiendo viviendas dignas en Carabanchel Bajo, Madrid, durante la transición política hacia la democracia en España (1975-1981). La vivienda precaria, o infravivienda, fue un fenómeno común durante el final del franquismo que tuvo que resolver la sociedad de la transición. Fuente.

Tercera parte del análisis de las ciudades españolas, esta vez nos adentramos más en las características de la ciudad franquista, dentro de los dos periodos de esta época, la autarquía y el desarrollismo.

La autarquía

Hasta 1955 el régimen franquista promovió la autarquía en España. La autarquía es un enfoque económico típico de regímenes autoritarios nacionalistas. Pretende conseguir la autosuficiencia en sectores estratégicos fundamentales, tales como la industria pesada (metalúrgica y química) y la energía, mediante un gobierno muy intervencionista. Este enfoque puede tener éxito en países grandes como los Estados Unidos de América o la antigua Unión Soviética (o incluso en la Rusia actual), pero en España existe una deficiencia muy grande en estos sectores para poder ser autosuficiente, produciendo por tanto una economía de perfil bajo.

La ciudad española había quedado muy deteriorada tras la Guerra Civil y debido a la nueva autarquía se hacía muy complicado desarrollar los sectores industriales y de servicios necesarios. El intervencionismo del estado franquista era total en toda actividad económica, vigilando no solo que se cumplieran las expectativas autárquicas sino que además no se subvirtiera el régimen. La ciudad representaba un peligro para el estado debido a la clase obrera, la presencia de sindicatos y al ser un nexo de culturas e ideas de todo el mundo. Pero a la vez quería transformarla en una urbe que personificara las virtudes del nuevo régimen a través del Plan Nacional de Reconstrucción, que resultó utópico e irrealizable. Por otro lado se promocionó un retorno al campo y una repoblación de zonas abandonadas para poder ejercer un mayor control sobre ellas.

Madrid sería el escaparate del régimen, la ciudad ejemplo de España, para frenar el desarrollo de ciudades como Bilbao o Barcelona. El control estatal de la economía permitió que Madrid fuera el foco de la industria junto a ciudades consideradas “no Rojas” como Cartagena o Cádiz. El Instituto Nacional de Industria se creó en 1941 para promocionar ciudades intermedias que complementaran a la capital, “La Ciudad” de España. Las anteriores ciudades industriales se empezaron a reactivar a pesar de un mercado interior pequeño, pero gracias a la nula competencia externa. No se produjo ningún cambio sustancial en el resto de ciudades durante la autarquía excepto en aquellas que el régimen escogió para ciertas actividades. Se crearon viviendas baratas para acoger a los nuevos inmigrantes, pero fueron insuficientes y consecuentemente empezaron a proliferar las barracas o chabolas.

En 1956 se redactó la Ley del Suelo y Ordenación Urbana, aunque no se llevaría a la práctica en su totalidad. La ley consideraba la ciudad como parte integral del territorio y no un ente aislado y se constituyeron planeamientos a diversas escalas: estatal, provincial, comarcal y municipal. También pretendía, en teoría, facilitar el desarrollo equilibrado del territorio y las ciudades, mediante la prevalencia del interés colectivo verso el individual, pero a su vez permitía la participación privada en todo el proceso de intervención territorial.

El desarrollismo

A partir de entonces y hasta 1975 se produjo un gran crecimiento urbano en contraposición al anterior periodo. La autarquía fue un fracaso y el régimen tuvo que reconvertirse. Tras las derrotas del Eje durante la II Guerra Mundial en 1943 también había ido menguando la influencia del Movimiento Nacional, partido único que aglutinaba a varias facciones de corte fascista o tradicionalista como Falange Española, las JONS y los carlistas. El régimen franquista pivotó hacia la llamada tecnocracia ligada al Opus Dei y a una apertura e integración económica hacia el capitalismo que culminó con el Plan de Estabilización de 1959. El objetivo era la concentración de los medios de producción para mejorar la productividad y la creación de grandes mercados de consumo y trabajo, en otras palabras, grandes ciudades.

El inicio del proceso se realizó mediante la industrialización y urbanización de Madrid, Barcelona y Vizcaya que acabó generando una concentración de más del 40% de la producción estatal ese triángulo. Esto atrajo mano de obra del campo hacia esos polos, ya que no encontraban empleo en las zonas rurales donde se había producido un aumento de la población debido a la bajada de la mortalidad gracias a las mejoras en la dieta. Los inmigrantes encontrarían trabajo en las nuevas fábricas creando ese gran mercado necesario para la dinámica capitalista y a su vez provocando un gran crecimiento urbano.

No obstante la rápida concentración creó des-economías que impidieron aprovechar todas las ventajas que aparecían. Existieron planes de descongestión urbana para diseñar polígonos industriales alrededor de las ciudades o en emplazamientos desiertos mediante subvenciones estatales. La hiper-concentración también provocaba desequilibrios territoriales que se intentaron remediar mediante el desarrollo de polos industriales en regiones que se estaban abandonando, como Zaragoza o Valladolid, intentando evitarlo.

El desarrollo que se promovía preveía un crecimiento urbano equilibrado mientras se buscaba una rentabilidad alta y en poco tiempo. Aun así la teoría del desarrollo implantada y la realizada diferían bastante, llevando a un periodo de grandes contradicciones. El interés económico de industriales y promotores inmobiliarios sobrepasó, mediante los grupos de presión (lobbies), a la legalidad, aunque sí que hubo ocasiones en que ambos coincidieron. La participación ciudadana era nula, excepto a partir de los años 70 cuando hubieron algunos movimientos sociales.

  • Los ensanches de clase media

Se continuó su desarrollo mediante actuaciones puntuales de casas individuales entre 50 y 100 viviendas mediante muchas empresas constructoras que podríamos clasificar como PYME. El capital privado invertido era pequeño y directo, se buscaba la densificación y no se invertía en espacios verdes ni en servicios públicos. En cambio la estructura de la vivienda era de calidad con bastante espacio habitable, entre 80 y 100 metros cuadrados, normalmente.

  • Periferia urbana de clase baja (barrios dormitorio)

Se crearon grandes conjuntos residenciales de más de 1000 viviendas mediante la reconversión del suelo rural. Los promotores eran grandes constructoras y grupos empresariales y se necesitó hacer llegar ejes de transporte a estos nuevos barrios mediante capital público-privado. Los proyectos carecían de espacios urbanizados que contuviesen aceras o iluminado público, por ejemplo, y también disponían de un transporte deficiente, por tanto se generaba un espacio poco densificado. Las viviendas eran de mala calidad, con poco espacio (entre 60 y 70 metros cuadrados, habitualmente) que se agravaba por el comportamiento natal heredado del campo, con muchos hijos. También carecían de saneamiento, agua e incluso de ventanas apropiadas.

Los costes sociales y ambientales de esta política fueron altos, sobre todo por la falta de concienciación medioambiental de esa época. Para el inmigrante rural no repercutía en un cambio sustancial de su modo de vida anterior la ausencia de asfalto, la presencia de malos olores o el dedicar mucho tiempo para llegar al trabajo, pero en la década de los 70 empezaron a ser conscientes de las malas condiciones en las que vivían. Por motivos políticos, para evitar tumultos en las ciudades y presentar una buena imagen, no por motivos sociales, el régimen empezó a solucionar esos problemas.

Durante el desarrollismo el medio ambiente era lo contrario a lo urbano. La contaminación significaba progreso, mejores salarios y más empleo. También se puso más interés en el consumo de recursos por parte de la industria que no por parte de la ciudadanía. Se destruyeron bosques, se produjeron salinizaciones de acuíferos y se hacían vertidos de residuos sin demasiado control. También se acabó destruyendo a la agricultura de proximidad, a pesar de las leyes que la protegían, y no se tenían en cuenta los factores climáticos ni agrícolas para las actuaciones en el territorio, como en la creación de la Autopista del Mediterráneo, por ejemplo. Dentro de las ciudades también se destruyó patrimonio considerándolo “edificios viejos”.

Las áreas metropolitanas

Para poder coordinar todas la actuaciones y servicios (transportes e infraestructuras principalmente) en un entorno urbano de rápido crecimiento se creó la figura del área metropolitana a partir de una urbe dominante entre una serie de áreas periurbanas colindantes.

Las principales áreas metropolitanas fueron Madrid, Barcelona y Bilbao, seguidas en un tamaño inferior por Valencia, Sevilla y Zaragoza. En algunos casos donde había mayor equilibrio se optó por una co-dominancia entre dos ciudades, o más, como fueron Sabadell/Terrassa, La Coruña/Ferrol, San Sebastián/Irún o Cádiz y su entorno.

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