Urbanismo (II)

Los Pre-urbanistas

Imagen: Estampa con las obras de construcción y urbanización de la madrileña calle Claudio Coello en 1872, actualmente en el barrio de Salamanca. El ensanche de Madrid, realizado mediante el Plan Castro, recogía varias de las ideas higienistas que veremos a continuación. Fuente.

El urbanismo tal y como lo conocemos actualmente proviene del siglo XIX y la Revolución Industrial y etimológicamente procede de la palabra latina Urbs/Urbis que significa ciudad. Por tanto el urbanismo sería la disciplina que estudia las ciudades: su diseño, planificación, construcción, ordenamiento y adaptación. Según Gaston Bardet el término urbanismo surgió alrededor de 1910, aunque podemos encontrar ejemplos de diseño urbano ya en la Edad Antigua.

Sin embargo la diferencia con las artes urbanas anteriores al siglo XVIII radicaba en que la nueva disciplina era reflexiva, crítica y tenía pretensión científica. El nuevo urbanismo pretendía solucionar los problemas de las nuevas ciudades industriales, las ciudades de las máquinas, aspirando a tener un carácter universal, científico y verdadero. La teoría urbanística como tal surgió tras la I Guerra Mundial ligada a los cambios políticos, económicos y sociales que se produjeron y que hicieron de la ciudad un centro para esos cambios, modificándola o creando otras nuevas.

Pero anteriormente, en el siglo XIX, surgieron una serie de pensadores y críticos de la situación de la ciudad europea. Una ciudad que, como hemos visto, tuvo grandes cambios, muchos de ellos no para mejor. Estos pensadores los podemos llamar pre-urbanistas, ya que si bien tenían la ciudad como punto central de su discurso, analizaban toda la sociedad europea en su conjunto y pretendían un cambio social más que una alteración de la morfología urbana. Estos pensadores se ocupaban de las problemáticas de las ciudades sin disociarlas de las cuestiones surgidas en torno a la estructura social. Françoise Choay clasificó a estos intelectuales en tres grupos: Cuantitativistas, Higienistas y Críticos-políticos.

Cuantitativistas

El primer grupo englobaba a aquellos observadores y registradores de los fenómenos urbanos como las epidemias, las condiciones de vida de sus habitantes o el crecimiento demográfico y urbano. Eran principalmente estadísticos, de ahí su nombre, y no ahondaban más allá de señalar los problemas de los ciudadanos. Alfred Legoyt estudió la ciudad de París y la emigración francesa, Pierre Émile Levasseur analizó el comercio y los factores geográficos que lo influyen, Frédéric Le Play observó la vida en los hogares, principalmente de los mineros, y la influencia de los salarios, Adolphe Quetelet aplicó el método estadístico a la sociología y Adna Ferrin Weber, en Estados Unidos, investigó el crecimiento urbano.

Higienistas

El segundo grupo lo componían aquellos preocupados por la mortalidad en las ciudades, interesados en crear leyes que la redujeran, en su mayoría eran sacerdotes y médicos. Según Francesc Nadal la medicina preventiva y las vacunas influyeron para crear métodos de defensa a priori contra la enfermedad en lugar de una medicina curativa basada en remedios a posteriori. También surgieron ideales poblacionistas que aspiraban a prevenir las enfermedades mediante la higiene y la alimentación, así como intereses entre los empleadores para poder tener una mano de obra industrial sana y productiva.

Las ideas higienistas se basaban en evitar la contaminación industrial, aumentar la entrada de luz solar en calles y viviendas, desinfectar las superficies y crear fuentes de proteínas para los obreros, como los prados urbanos para el pasto de ganado. Para lograrlo presionaron para expulsar las fábricas del núcleo urbano, evitar el chabolismo mediante viviendas planificadas, abrir la trama urbana creando ventilación y buscaron dotar a los barrios de equipamientos como hospitales y zonas verdes. El derribo de las murallas también fue una idea higienista ya que impedían el desarrollo del resto de medidas, como constata el proyecto Abajo las murallas (1841) de Pere Felip Monlau.

Críticos-políticos

El grupo más numeroso y heterogéneo es el tercero, compuesto por pensadores que a partir de un diagnóstico global de la sociedad realizaban propuestas para configurar un nuevo orden social en el cual debía existir un nuevo modelo de ciudad. Choay dividió este grupo a su vez en otros tres: Progresistas, Culturalistas y Progresistas sin modelo.

a) Progresistas

Los progresistas eran defensores del progreso técnico y buscaban terminar con las necesidades humanas mediante la ciencia, resolviendo los problemas de la relación humanidad-medio ambiente y entre los seres humanos entre sí gracias al conocimiento científico. El principal problema que identificaron fue la propiedad privada de los medios técnicos que provocaba dominación y explotación de unos seres humanos hacia otros. Su propuesta para solucionarlo era una sociedad imaginaria sin dominación ni propiedad de los medios de producción, en la que se desarrollaría una humanidad perfecta cuyas necesidades universales, deducibles científicamente, estarían plenamente cubiertas.

Su vertiente política era muy cercana al socialismo utópico y se dedicaban a analizar, clasificar y zonificar el espacio urbano teniendo también en cuenta elementos de los higienistas como el acceso al agua corriente o la iluminación. En general tenían bastante aprecio por la austeridad y las figuras geométricas, en contraposición al barroquismo de la burguesía, el modernismo.

Eran críticos con los anteriores grupos de pre-urbanistas acusándoles de ser demasiado pasivos, simplemente descriptivos, entendiendo ellos que es más importante la solución que la crítica. En ese sentido identificaron la ciudad como el elemento vinculante de la sociedad industrial y el capitalismo, donde era más palpable la alienación, la explotación, las desigualdades y los conflictos. Para poder corregir esta situación insostenible crearon sociedades perfectas alternativas al capitalismo a las que había que aspirar y como elemento fundamental se encontraba el modelo urbano perfecto de esa sociedad.

Robert Owen, como socialista primerizo, fundamentó sus teorías en la educación para formar mejores personas, más morales, capaces de dominar la máquina mediante el conocimiento técnico y de esta manera mejorar el rendimiento industrial. Se oponía a la lucha de clases y buscaba el cooperativismo, siendo la escuela el aspecto más determinante de la nueva sociedad a la que aspirar. Escribió A new view of Society (1813), Report to the country of Lanark (1816) y The book of the new moral world (1836).

Charles Fourier fue un autor muy detallista e incisivo, cuyo ambicioso objetivo, tal vez inalcanzable, era la armonía universal. Sus principales críticas iban dirigidas hacia la competencia a la que se ven abocados los trabajadores y la división del trabajo, a las que culpaba de la alienación obrera. Creía que erradicando los principales rasgos del capitalismo se llegaría a un estado definitivo de sociedad perfecta. Su propuesta más concreta fue el falansterio, una unidad habitacional basada en la libre consecución de las necesidades personales, respetando a su vez la libertad personal de todos sus miembros. El falansterio sería la unidad básica de la nueva sociedad, articulado como un palacio y con una distribución ordenada de las funciones urbanas en base a un sistema de pequeños propietarios. Fourier diseñó al detalle tanto la nueva sociedad que imaginaba como los falansterios en sus obras Théorie des quatre mouvements (1808), Traité de l’association domestique (1822) y Le nouveau monde industriel et sociétaire (1829).

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Falansterio y tierras circundantes, diseñado por Fourier en 1822. Fuente.

Pierre-Joseph Proudhon fue un destacado anarquista promotor del cisma con el comunismo. Defendía a ultranza la libertad individual y era muy crítico con lo que llamaba “Ciudad Museo”, una urbe orientada al espectáculo, el turismo y al embellecimiento de calles y edificios históricos. Proudhon exaltaba el papel de la industria en la nueva sociedad que él creía se estaba formando y fomentaba el valor de uso contra la estética, a la que identificaba como patrimonio de la burguesía. Para esta nueva sociedad buscaba garantizar la libertad personal y por tanto era necesario proporcionar viviendas dignas, pleno empleo industrial, buscar el progreso técnico y articular las ciudades en base a casas unifamiliares y jardines.

Étienne Cabet tendía más hacia un comunismo que podríamos llamar utópico. Su pensamiento se basaba en las ideas marxistas de aportación según capacidad y recepción según necesidad. Entró en contacto con Owen con el que llegó a la conclusión de que los problemas sociales tenían origen en las desigualdades, con lo que la solución pasaba por un sistema social comunitario e igualitario. Influido por Tomás Moro y su obra Utopía (1516) escribió Viaje a Icaria (1840) describiendo una sociedad equilibrada, sin propiedad privada, sistemas productivos autosuficientes, tierras comunales y sin ejército ni policía. En Icaria las condiciones laborales se regulaban mediante una organización política asamblearia. El diseño de la ciudad que proponía Cabet era circular, con una rejilla ortogonal que la subdividía en calles, requiriendo un curso de agua central a partir del cual organizaba los sectores residenciales y los puntos comerciales comunales. También recuperaba elementos higienistas, como la situación fuera de la ciudad de fábricas y cementerios, y especializaba las calles por funciones ya fueran de transporte o de ocio, eso sí, eliminando el juego, las tabernas y las loterías. Inició el movimiento icariano que duró hasta 1898.

Los progresistas favorecían los grandes espacios verso a las aglomeraciones urbanas, gustaban de espacios verdes abundantes y ciudades pequeñas y ordenadas en estructuras elegantes. Buscaban el equilibrio funcional dentro de la ciudad con un espacio zonificado y amplio que favoreciera la higiene. Cada uno de ellos, como hemos visto, daba prioridad al factor que consideraba más importante para el cambio social: Owen la educación, Fourier la libertad, Proudhon la propiedad y Cabet la igualdad.

b) Culturalistas

Este grupo lo componían pensadores británicos que analizaban los problemas sociales desde un punto de vista global, no tanto urbano, y aunque detectaban los mismos problemas que veían los progresistas diferían sustancialmente en sus causas y soluciones. La principal causa que identificaban los culturalistas era la mecanización que, según ellos, rompía la unidad  que existía en la sociedad tradicional. La mecanización había eliminado la economía orgánica tradicional en favor una industria que provocaba aislamiento y disgregación a través de máquinas que transformaban a los seres humanos en otras máquinas. Aunque efectivamente la vida fabril producía problemas de alienación, los culturalistas creían en sociedades pasadas idealizadas que no poseían los problemas de la ciudad industrial. En ese sentido buscaban recuperar la espiritualidad, una colectividad unida y unos valores morales que creían perdidos. Respecto a las ciudades querían un entorno urbano bien diseñado, funcional y, muy importante, artístico, para facilitar la cohesión de las personas que la habitaban. La ciudad debía estar bien delimitada respecto al campo, ser de dimensión moderada y adaptada en forma a su territorio, sin utilizar figuras geométricas ideales.

John Ruskin era un profesor de bellas artes y opinaba que el arte reflejaba las virtudes de una sociedad, por tanto la sociedad del siglo XIX era desorganizada e incoherente a raíz del tipo de estética industrial que observaba. Intentó mejorar el aspecto urbano a partir del estudio de las ciudades clásicas, aunque dejaba en manos de la iniciativa privada el realizar las actuaciones concretas. Elogiaba la artesanía y la especificidad de cada obra y oficio, buscando la diversidad en los elementos urbanos, encajándolos entre sí de forma amónica. Los materiales que utilizaba eran orgánicos y comunes en los oficios de la sociedad pre-industrial contra el hierro y el acero de las nuevas edificaciones, en ese sentido buscaba dotar a cada edificio de una identidad única. Sus obras más políticas fueron Unto the Last (1862) y Munera Pulveris (1872).

William Morris fue un alumno de Ruskin que siguió el modelo planteado por su maestro, aunque con algunas diferencias, diseñando una propuesta utópica fundada en valores culturales. El arte debía ser creado por y para el pueblo, alejándose de la creación artística tradicional de la alta cultura enfocada a las clases dirigentes. Reivindicaba la clase obrera y el folklore como una cultura auténtica. Morris criticaba la explotación que observaba en las fábricas, pero no estaba en contra de la mecanización, explicaba ese abuso por la ausencia de valores morales. Como amante del pasado se basaba en una idealizada ciudad medieval como modelo a seguir, una “ciudad-pueblo” de tamaño pequeño, evitando las concentraciones urbanas mayores y las aglomeraciones industriales. Plasmó sus ideas en Hopes and Fears for Art (1881), Signs of change (1887) y Lectures of Socialism (1894).

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La Visión del Santo Grial, tapiz de 1890 diseñado por William Morris y sus colaboradores. Se pude ver el gusto por una Edad media idealizada y la influencia del Pre-rafaelismo. Fuente.

c) Progresistas sin modelo

Los progresistas sin modelo mantenían los ideales progresistas de mejora del futuro y búsqueda de una nueva sociedad igualitaria sin clases, pero se diferenciaban de sus colegas socialistas en que no poseían una visión utópica ideal y planificada de cómo debía ser la sociedad a la que llegar. Eso no quiere decir que no tuvieran propuestas para una ciudad que reflejaba un problema general y cuya morfología debía cambiar, pero tenían un carácter más pragmático. Además de sus críticas al capitalismo abogaban por la lucha de clases como método para cambiar la sociedad y la ciudad, escudándose en el materialismo histórico como explicación de la situación en que se encontraban. Aunque respetaban las ideas progresistas las veían como meras ideas irrealizables y la mejora de las condiciones de vida del presente debía ser la prioridad, no imaginar el futuro. La ciudad era un elemento intrínseco de sus análisis y en muchos aspectos sus obras serían los cimientos de la sociología urbana moderna.

Observaron que históricamente había existido una diferencia acusada entre la ciudad y el campo, siendo la primera la que tomaba las decisiones y la que atraía los flujos de capital mientras que el segundo acataba esas decisiones y producía las materias primas para la urbe. Esta diferencia se veía claramente en la situación de libertad de sus habitantes, estando los campesinos sujetos a la servidumbre mientras que en las ciudades se gozaba de mayor independencia. Según los progresistas sin modelo la ciudad había sido siempre el motor de cambio de la Historia y de las luchas de clases, un espacio liberador y al mismo tiempo alienador. Creían que la situación de explotación que estaban presenciando provocaría un escenario revolucionario que eliminaría el capitalismo e implantaría el comunismo tal y como el capitalismo había eliminado el feudalismo anteriormente.

La clase trabajadora urbana fue analizada a partir de la convivencia con los obreros, donde pudieron ver que las maravillas tecnológicas que se estaban produciendo en el siglo XIX contrastaban con las pésimas condiciones de vida de los trabajadores. Por ejemplo, observaron la indiferencia y falta de empatía que se producía entre ellos al sufrimiento y la pobreza de los demás, las aglomeraciones, el deterioro y la insalubridad dentro de las viviendas, la segregación social, la ocultación de la miseria en bolsas de pobreza urbana, las estrategias de construcción salvajes tales como materiales baratos, obsolescencia programada y aprovechamiento intensivo del suelo para construir cuantas más viviendas posibles (sin importar su minúsculo tamaño). Aunque el acceso a la vivienda siempre había sido un problema, con el capitalismo se agravaban aquellos aspectos que dificultaban su obtención. En general no defendían la tenencia en propiedad de la vivienda por los trabajadores, afirmando que esto provocaría problemas debido a la movilidad de residencia por cambio de lugar de trabajo y a la reducción de los salarios que se produciría, según ellos, si todos fueran propietarios.

Friedrich Engels abordó los problemas de las grandes ciudades a través de una crítica despiadada y el estudio de las condiciones de vida de los obreros. Le preocupaban la miseria de la clase trabajadora y denunciaba las medidas paternalistas de la democracia liberal, así como la caridad, como medio de paliar la pobreza y el acceso a la vivienda. Como hemos visto era un tema complejo y transversal, con el que Engels solamente percibía una posible solución a través de una revolución que permitiera otros modelos de acceso a la vivienda, como la propiedad colectiva. A partir del análisis de ciudades como Liverpool y Manchester quedó convencido de la inadecuación de las grandes aglomeraciones urbanas y como éstas favorecían la acumulación de la miseria y la segregación social. Las dos obras urbanistas de Engels fueron La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) y Contribución al problema de la vivienda (1873).

Karl Marx no fue tan prolífico como su compañero Engels en el análisis de las ciudades, pero afianzó las bases del estudio de los conflictos sociales urbanos a través del materialismo histórico. Este tipo de enfoque se basa en el análisis empírico y observa las relaciones de poder entre los diferentes agentes implicados en la construcción física y social de la ciudad: administración pública, empresas, promotores inmobiliarios, propietarios y ciudadanos. Es Marx quien constata que la ciudad puede ser un espacio liberador del individuo y al mismo tiempo alienador a través del estudio de Londres y su clase obrera.

Pero con el cambio de siglo las tendencias en el urbanismo cambiaron completamente. Las mejoras técnicas hicieron posible solucionar muchos de los problemas identificados por los pre-urbanistas y cambió la figura del urbanista hacia una mucho más técnica y específica alejada del cambio social que patrocinaban los pre-urbanistas. En la siguiente entrega veremos el papel de los urbanistas de principios del siglo XX y sus propuestas para crear una ciudad funcional y armoniosa.

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