La primera constitución Española

Imagen: Juramento de las Cortes de Cádiz, obra de José Casado de 1863, expuesta en el Congreso de los Diputados. El cuadro representa la reunión de las Cortes en 1810 durante la Guerra de la Independencia sin la intervención del rey. Fuente.

Antecedentes

España llevaba desde el siglo XVII perdiendo población (malas cosechas y epidemias, pequeña edad de hielo) y siendo un país muy agotado por las guerras contra Francia, que habían mermado las finanzas de la corona y los efectivos militares. La economía española era muy poco productiva, como vimos en una anterior entrada, y tenía altibajos constantes. La situación de la monarquía compuesta española la situaba en una muy mala posición para poder reclutar tropas y recaudar impuestos. No existía un poder centralizado y tenía que lidiar con múltiples legislaciones, cortes y privilegios de origen feudal.

Para eliminar esos privilegios y particularidades que provocaban desajustes sociales y económicos se produjo una dialéctica en toda Europa durante los siglos XVII y XVIII para racionalizar la sociedad entre dos modelos diferentes: el absolutismo, representado por la corona, y la democratización, representada por la ciudadanía.

Tras la muerte del rey Carlos II de España sin hijos en 1700 se inició un conflicto sucesorio entre dos pretendientes a la corona: Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV de Francia e hijo del sobrino de Carlos por parte de su medio-hermana María Teresa, y Carlos Francisco de Habsburgo primo de Carlos por parte de su madre Mariana de Austria. Los motivos de esta disputa son complejos y no vamos a entrar en ellos, baste decir que las diversas coronas europeas favorecían a un candidato u otro según sus intereses y buscando evitar una excesiva concentración de poder.

La Guerra de Sucesión Española (1701-1714) tuvo muchos frentes a lo largo del planeta e involucró a casi todas las potencias europeas. Finalmente el bando borbónico salió victorioso y Felipe V heredó la Corona de Castilla, la Corona de Aragón y las posesiones americanas, perdiendo todos los territorios europeos.

Los Borbones

Con la instauración de una nueva dinastía se inició un periodo de reformas absolutistas en España. El primer paso fue uniformizar las normativas y leyes a partir de la capitanía general y los decretos de nueva planta. El capitán general se convertiría en el máximo representante del rey en las provincias aglutinando el control político y militar de la región mientras que los decretos suponían un nuevo sistema absolutista centralizado del poder que eliminaba las normativas anteriores. Los impuestos también se recaudaron de forma centralizada y mediante las reales audiencias se gobernaría, transmitiendo la voluntad del rey. Se inició un proceso de unificación lingüística, social y económica al servicio de la corona.

Felipe V gobernó hasta 1746 y tuvo como valido a José Patiño hasta 1729 buscando el equilibrio en el exterior y el interior del país. Pero en 1733 se iniciaron los Pactos de Familia entre España y Francia contra Gran Bretaña que culminaron con la entronización del hijo de Felipe, Carlos, como rey de Nápoles y Sicilia. Felipe copió punto por punto la administración absolutista francesa de su abuelo, mejorando y centralizando la recaudación de impuestos y fundando las Reales Academias de estilo francés y de influencia ilustrada racionalista.

A la muerte de Felipe heredó el trono su hijo Fernando VI que gobernó hasta 1759. El valido del monarca fue Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, que modernizó definitivamente la recaudación de impuestos en 1749 a partir de un sistema único para toda España: el catastro. El objetivo del marqués era la modernización económica del país y por tanto se mantuvo en una política de neutralidad internacional, evitando los conflictos.

Siguiendo el modelo ilustrado se persiguió una racionalización de la economía. Además del catastro se creó el Banco Real (futuro Banco de San Carlos) que funcionaba como algo parecido a un banco central, se liberalizó el comercio con América y se modernizó la marina. Estas dos últimas medidas aumentaron la importancia del comercio marítimo, las colonias americanas y las explotaciones, obteniendo la corona cada vez más recursos. También se intentó, sin éxito, conseguir la prerrogativa de nombramiento de obispos.

En general hubo un crecimiento económico en todo el país y se fundaron compañías monopolistas por parte de la corona para potenciar el comercio y el desarrollo industrial. Por ejemplo en 1756 se creó la Compañía de Comercio de Barcelona para facilitar el comercio con América. La compañía permitió cambiar el foco comercial de Cataluña del Mediterráneo al Atlántico y favoreció la aparición de la industria textil.

Plano Topográfco
Plano de Madrid realizado en 1769 por Antonio Espinosa por orden del Conde de Aranda. Pueden verse las reformas llevadas a cabo por Carlos III como el Paseo del Prado y sus fuentes o el Jardín Botánico. Actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional. Fuente.

El siguiente monarca de la Casa de Borbón fue Carlos III, hermano de Fernando, que reinó entre 1760 y 1788. Carlos consolidó las ideas ilustradas dirigidas por el rey a través del Absolutismo Ilustrado. Mediante labores de obra pública y de mejora de la higiene logró aumentar la recaudación de impuestos. El ministro de hacienda encargado de realizar esas y otras reformas de índole económica fue Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache. En 1766 la carestía de pan, debida a la incapacidad del mercado español de soportar la liberalización de la venta de trigo, junto a la subida de impuestos provocó una revuelta popular que culpaba a Esquilache de esos problemas. Las protestas se originaron en Madrid, pero pronto llegaron a muchas ciudades españolas y el rey destituyó a Esquilache en favor de Pedro Pablo Abarca de Bolea, el conde de Aranda.

El nuevo ministro expulsó al año siguiente a la Compañía de Jesús acusándoles de instigar la revuelta y José Moñino, conde de Floridablanca, tuvo que pactar compensaciones con el Vaticano para compensar la acción. Aranda también intentó crear colonias en la costa norte de África a partir de 1775 con la excusa de bases para el control de la piratería marítima, sin éxito. Carlos III vuelve a utilizar los Pactos de Familia para ayudar a Francia en la Guerra de los 7 Años y la Independencia de los Estados Unidos y de esa manera obtener en compensación la isla de Menorca en 1783, pero no pudo obtener Gibraltar. Una institución clave que desarrolló Carlos para el impulso de la Ilustración en España fueron las Asociaciones de Amigos del País.

Durante su reinado se promulgaron liberalizaciones comerciales mayores. Se produjo un crecimiento económico rural muy importante que a su vez incrementó la población gracias a la bajada de la mortalidad. La imposibilidad del mercado de trabajo rural de absorber a la nueva población produjo migraciones hacia América y Europa, pero, sobre todo, hacia la costa y las ciudades españolas. Poco a poco se empezaría a producir una diferencia regional demográfica entre el interior y la costa cada vez más acusada. Las ciudades costeras ofrecían más oportunidades a la mano de obra gracias a la producción manufacturera y el comercio, pero también se convertirían en zonas cada vez más insalubres.

Los nuevos conocimientos científicos, la mayor variedad de alimentos (nuevos cultivos procedentes de América), la rotación cuatrienal y las canalizaciones aumentaron enormemente la producción agraria. Esto provocó un aumento de la renta y la consecuente mayor recaudación de impuestos además de un incremento de la especialización en la producción rural. Un mercado global permitía exportar los productos especializados a Europa y América y obtener materias primas para la creciente producción textil. Los telares empezaron a mecanizarse y emplear a la mano de obra proveniente del campo, con lo que se crearon las primeras fábricas.

Pero el modelo ilustrado no iba a tener más continuidad. Al poco de empezar a reinar Carlos IV en 1788 se inició la Revolución Francesa y en 1793 España declaró la guerra a Francia. Manuel de Godoy, el valido del rey, llega a un pacto con Francia en 1797 a cambio de ayudarles en su guerra contra Gran Bretaña, principal rival marítimo español, pero en 1805 se perdió toda la flota en la Batalla de Trafalgar. Tras este desastre la estrategia cambió hacia un bloqueo continental y en 1807 se permitió la entrada de tropas francesas para ocupar Portugal, aliado británico.

Al año siguiente la ocupación de España por las tropas francesas era evidente (intentando controlar los tres puertos más importantes de la península: Barcelona, Cádiz y Lisboa) y se planea la huida de los monarcas hacia América retirándose inicialmente a Aranjuez. El descontento por la guerra, la falta de mercancías por los bloqueos y la ocupación francesa provocaron un motín contra Godoy y forzaron la abdicación de Carlos a favor de su hijo Fernando. Mientras tanto debido a diversas causas, como la falta de representación política y autonomía económica, los territorios americanos empezaron a independizarse a medida que la inestabilidad crecía en la península. Entre 1808 y 1825 Ecuador, Venezuela, Argentina, Colombia, México, Chile, Uruguay, Paraguay, Perú, Centroamérica, Panamá y Bolivia declararon su independencia de la corona española. Las tropas españolas tuvieron que retirarse hacia la península lo que provocaría un ejército sobredimensionado en las próximas décadas y una influencia sustancial en los acontecimientos del siglo XIX español.

A través de una citación en Bayona para mediar entre Carlos y Fernando, Napoleón tomó el trono de España y se lo cedió a su hermano José Bonaparte, José I, imponiendo a su vez una constitución de corte bastante liberal, los Estatutos de Bayona de 1808, que, aun siendo estrictamente la primera constitución española, al ser impuesta y no elegida no se puede considerar como tal.

La Guerra de la Independencia

El 2 de mayo de 1808 se iniciaron una serie de levantamientos por todo el país contra las tropas francesas. El primero de ellos tuvo lugar en Madrid siguiendo la estela del motín de Aranjuez. Los motivos eran similares, descontento contra las tropas francesas y su consumo de recursos locales, la represión que ejercían las tropas y el miedo de secularización del país como el que se había producido en Francia. Se organizaron juntas populares de defensa dirigidas por notables de cada localidad (aquellos que ya detentaban el poder anteriormente, profesionales liberales y propietarios, junto a algunos nobles y eclesiásticos) que se auto-gestionaban y eran independientes de la voluntad de la corona.

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Los fusilamientos del 3 de mayo, obra de Francisco de Goya de 1814. Muestra la represión francesa contra los alzamientos populares del 2 de mayo de 1808. Fuente.

Esas juntas empezaron a ofrecer resistencia a las tropas francesas impidiendo su paso como en Bruc (Cataluña) y en Valdepeñas (Castilla-La Mancha). La labor de las juntas de Sevilla fue capital en la derrota del ejército francés en Bailén (Jaén) lo que provocó que Andalucía quedara libre de tropas, se obligara a José I a evacuar Madrid y el ejército francés de Portugal se retirara. El conde de Floridablanca coordinaría las diversas juntas en una Junta Suprema Central que funcionaría como un gobierno de carácter más o menos revolucionario, primero desde Aranjuez y luego desde Sevilla. En 1810 la Junta traspasó los poderes a una regencia del soberano Fernando VII que se instaló en Cádiz.

La guerra contra Francia tuvo un carácter de liberación nacional ya que no fue solamente el ejército, adscrito inicialmente a la corona, sino todo el pueblo el que luchó contra la ocupación. Al participar la población civil en la contienda tuvieron mucha importancia dos estilos de lucha, la guerra de guerrillas y la resistencia urbana. Ambas modalidades eran practicadas por los ciudadanos en lugar de las tropas regulares y permitieron decantar la balanza en la contienda. Las tropas francesas eran superiores en número, tenían unos cuadros de mando mejor formados y mejor armamento. Sin embargo la resistencia popular consiguió obligar al ejército francés a realizar asedios en varias ciudades, como Gerona y Zaragoza y a perder numerosas tropas en razias de guerrilla en el campo.

Tras el desastre de Bailén, Napoleón se vio forzado a entrar en el país con un gran ejército (la Grande Armée) que logró reconquistar la mitad norte de España, pero tuvo que desplazar las tropas hacia Austria en 1809, dejando a sus generales el resto de la ocupación. A pesar de haber obtenido una nueva ventaja, Francia solamente podía controlar las ciudades y las principales vías de comunicación, siendo el campo dominado por las guerrillas que cada vez eran más brutales.

Arthur Wellesley, duque de Wellington, dirigió un contingente de tropas británicas que desembarcaron en Lisboa en 1810 y la defendieron del nuevo embate francés. Los ejércitos de españoles, portugueses y británicos se unificaron y finalmente pudieron obtener una victoria decisiva en 1812 en los Arapiles (Salamanca) siguiendo una ruta de persecución de las tropas francesas hasta los Pirineos. En 1813 volvieron a enfrentarse en Vitoria y San Marcial venciendo otra vez el bando dirigido por Wellington y en 1814 se invadió Francia. Casi al mismo tiempo París era ocupado y Napoleón abdicaba como emperador (aunque volvería al poco tiempo, hasta la famosa batalla de Waterloo en 1815). En esas circunstancias nada favorables se firma el cese de hostilidades y se reconoce a Fernando VII como legítimo rey de España.

Mientras sucedían una guerra de liberación y una parte de las Guerras Napoleónicas también se iba orquestando una revolución liberal contra el Antiguo Régimen y a favor de las clases propietarias: profesionales liberales, algunos nobles, intelectuales, industriales y comerciantes. Como comentábamos al principio se buscaba una racionalización de la sociedad, un modelo más eficiente que permitiera un mayor desarrollo económico. Si bien el modelo absolutista había propiciado esas reformas, actualmente no era tan atractivo para las clases medias volver a él, sobre todo tras la Revolución Francesa y el alzamiento popular en el país. Se crearon varias facciones sobre como se tenía que gestionar el nuevo modelo, basado más en la ciudadanía y la democracia burguesas.

Por un lado estaban los afrancesados, pertenecientes a la alta burguesía, la nobleza y el clero que admiraban la labor de Napoleón y buscaban una monarquía autoritaria capaz de realizar las reformas como las que promulgaban los Estatutos de Bayona: supresión de los señoríos y la inquisición, reducción del número de conventos, eliminación de las aduanas internas y las tierras de Mano Muerta. Los jovellanistas (seguidores de Gaspar Melchor de Jovellanos) se oponían a Napoleón y tenían un carácter más moderado que los afrancesados, buscaban reformas, pero respetando la separación de poderes, siguiendo el modelo de Gran Bretaña. Finalmente estaban los liberales, autoproclamados defensores de la libertad, que discrepaban de los jovellanistas en que buscaban una cámara de representantes única y no dividida por estamentos; los miembros de este colectivo eran intelectuales y burgueses de clase media, igual que los jovellanistas, pero estaban mucho más influidos por la Revolución Francesa y el jacobinismo.

Las Cortes de Cádiz

El 22 de mayo de 1809 la Junta Suprema Central convocó las cortes en Cádiz para debatir sobre las problemáticas derivadas de la guerra a través de un sufragio universal masculino. El 27 de septiembre de 1810 se reunieron 308 diputados, de los cuales 97 eran sacerdotes (3 de ellos obispos), 60 abogados, 55 funcionarios, 16 catedráticos, 8 nobles, 37 militares y 35 más que englobaban a médicos, propietarios, escritores y comerciantes. Rápidamente las cortes se transformaron en unas cortes constituyentes que entendían el estado como un ente jurídico y administrativo al servicio de los ciudadanos.

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Representantes de las Cortes de Cádiz por regiones. Fuente.

La reunión no era estamental como sucedía en las cortes del Antiguo Régimen sino que consistía en una única cámara. Se formaron tres partidos: los liberales (que eran mayoría y querían realizar reformas sociales amplias, como hemos visto), los serviles (de carácter conservador e ideas absolutistas) y los jovellanistas (moderados). Los jovellanistas no habían tenido éxito en dividir la cámara por estamentos y los partidarios del absolutismo eran muy pocos, de esta manera las ideas que tuvieron profunda presencia fueron las liberales. Las ideas liberales se basaban en las de Jean Jacques Rousseau y tenían como base la soberanía nacional y el contrato social (defendidas por Diego Muñoz-Torrero) mientras que la minoría defendía una monarquía fuerte y absolutista (defendidas por el Pedro de Quevedo).

El 19 de marzo de 1812 se proclamó la Constitución de Cádiz. Planteaba un modelo liberal del estado, fundamentado en la división de poderes, con la religión católica como la oficial, un amplio poder legislativo para las cortes, el gobierno en manos del rey (que tenía derecho de suspensión de leyes de hasta 2 años), la fuente de la soberanía era el pueblo mediante sufragio masculino indirecto y el rey no podía disolver las cortes, ni suspenderlas, ni imponer impuestos sin ellas.

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Página de la Constitución de 1812, conocida como «la Pepa» por haberse proclamado el 19 de marzo, día de San José. Fuente.

Muchas leyes surgieron de este núcleo constitucional como la libertad de prensa, la libertad de comercio, de industria y de circulación, el derecho de propiedad privada, la expropiación de tierras a conventos, la repartición de las tierras comunales, y la supresión de la inquisición, la tortura jurídica, las pruebas de nobleza, los señoríos jurisdiccionales y el vasallaje.

Sin embargo, aunque la mayoría de las cortes estaba compuesta por los liberales, la gran mayoría del pueblo no conocía o compartía sus ideas. El clero (de tendencia marcadamente absolutista) tenía una gran influencia en la población y ésta además no estaba nada informada de las idea de la Revolución (por falta de alfabetización, escuelas y medios de comunicación). De esta manera la llegada del rey Fernando VII fue aclamada con alegría por un pueblo que era más partidario del absolutismo que de las ideas liberales de las Cortes de Cádiz, marcando una clara ruptura ideológica en la sociedad española. En 1814 se anuló la constitución y se ejerció una dura represión contra los liberales, sin embrago en 1820 un alzamiento militar de Quiroga y Riego obligó a Fernando a aceptarla de nuevo hasta 1823, lo que abriría un siglo XIX que se antojaba lleno de alzamientos (Torrijos, 1831; Guerras Carlistas, 1833, 1846, 1872),  pronunciamientos militares (1843, 1854, 1866, 1874), revoluciones (Liberal de 1835, Gloriosa o de Septiembre de 1868) y cambios de régimen (Primera República y cantonalismo, 1873).

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